miércoles, 27 de julio de 2011

Sobre la tolerancia II

          ¿Debe ser tolerado el intolerante? La respuesta de John Locke a este interrogante en su Carta sobre la tolerancia es "no". El Estado según Locke deberá respetar todas las creencias religiosas, pero deberá actuar contra aquel que trate de imponer las suyas violentamente, así como contra aquel que carezca de creencias. En efecto Locke, hijo de su época, considera que el ateo, como el intolerante, no debe ser tolerado. El razonamiento en que se basa esta idea es el siguiente: el Estado democrático existe por un pacto que nos compromete a todos, el ateo es incapaz de asumir compromiso alguno porque no puede jurar, por lo tanto el ateo es incapaz de suscribir el pacto en que descansa el Estado democrático. En este caso la conclusión es falsa porque lo es la segunda premisa, desmentida por la experiencia: son muchos los creyentes que no respetan la palabra dada, y muchos los ateos que sí lo hacen, aunque prometan y no juren. El juicio de Locke, obviamente, descansa en una concepción todavía arcaica del Estado según la cual los derechos son naturales por estar regidos por la ley divina, y quien rechaza dicha ley difícilmente podrá aceptar dichos derechos.
            Una vez salvado este escollo preguntémonos si Locke tiene razón al negar que deba ser tolerado el intolerante. ¿Qué quiere decir esto? No se refiere al hecho obvio de que deba perseguirse a aquel que ejerce físicamente la violencia. Y tampoco se trata tan solo de perseguir actos concretos de intolerancia, sino al propio intolerante. ¿Cómo es eso posible? ¿No convertiría eso a ciertas personas en ilegales dentro de la democracia, negando así un pluralismo que debería ser su esencia misma? En realidad no, porque lo que la democracia no puede ni debe tolerar son atentados contra ese mismo pluralismo, y dichos atentados no son solo acciones terribles como los crímenes de ETA o del asesino de Oslo, sino también esos atentados indirectos como son la apología del terrorismo, el racismo, la xenofobia o el fascismo. Ahora, defender esto último no implica que no se deba tolerar al intolerante, sino que debe ampliarse el concepto de "acción violenta" y comprender que expresarse en términos racistas, por ejemplo, es en sí mismo un acto racista. Expresar una opinión también es llevar a cabo una acción.

            Por ello considero más acertada la forma de entender la tolerancia en un Estado democrático que tiene John Rawls que la de John Locke. El Estado democrático debe tolerar incluso al intolerante, pero debe ser inflexible con los actos intolerantes, aunque dichos actos sean palabras. Ante la duda, ¿cómo debería actuar el Estado? Debería abstenerse de actuar salvo cuando haya constancia de una acción inminente resultado de ciertas posturas. Para la salud de la propia democracia es mejor dejar escapar a un culpable que castigar a un inocente. Hay medios de la derecha que a raíz de las reacciones al atentado de Oslo advierten del peligro de criminalizar las ideas, pero es que hay ideas que son criminales, cuya expresión misma daña. Esos mismos medios así lo reconocen cuando se trata de ideas que amparan el terrorismo de ETA. Consideran que quienes manifiestan su apoyo, explícitamente o por omisión, a los crímenes de ETA son en parte responsables de dichos crímenes, y estoy de acuerdo. ¿Pero por qué no extender dicho juicio a quienes apoyan los crímenes racistas, xenófobos y fascistas? ¿Qué hace mejor a un líder de la ultraderecha noruega que a un líder de Batasuna? ¿No anima a ambos la misma xenofobia? No es coherente quien condena la apología del terrorismo y no del racismo y viceversa. Si unos partidos deben ser ilegalizados porque algunas de sus ideas y principios son esencialmente antidemocráticos, así debería ocurrir con todos.

            No es criminal decir, por ejemplo, que hay que controlar la inmigración (aunque el Artículo 13.1 de la Declaración Universal de Derechos Humanos dice que "Toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado"), es criminal defender que tienen más derechos los "autóctonos" (españoles, vascos o noruegos) que los extranjeros, porque los derechos son absolutos, independientes de cualquier "origen nacional" (Art. 2.1), y por tanto priorizar los derechos de unos frente a los de otros es negar los de aquellos que se dejan en segundo lugar. Y negar derechos es un crimen, es un ejercicio activo de violencia, luego sí, la expresión pública de ciertas ideas es en sí misma un crimen. Hay ideas que son en sí mismas agresiones porque apuntan a la línea de flotación de la libertad, porque son la negación de la libertad de algunos y por tanto la negación de las condiciones mismas de posibilidad de la vida en común. Quien defiende que no hay ideas ilegales no entiende esto, y se basa una vez más en el error muy extendido (que ya critiqué en una entrada anterior "Sobre la tolerancia") de que todas las opiniones valen lo mismo, que toda opinión merece respeto, cuando son las personas y no las opiniones quienes merecen universalmente respeto. Y por ello mismo considero, contra Locke, que debe tolerarse al intolerante, pero no debe dejar de perseguirse ninguna expresión de la intolerancia. La democracia debe respetar la libertad de conciencia, siempre, y debe respetar la libertad de expresión, salvo cuando el ejercicio de esta vulnere los derechos de otros ciudadanos, del mismo modo que se respeta la libertad de acción salvo cuando vulnera dichos derechos.

            ¿Quiere esto decir que sea legítimo emplear la violencia en respuesta a actos intolerantes? No, salvo aquella que entra dentro del uso legítimo que de ella puede hacer el Estado, esto es, aquella que es conforme a la ley. Porque lo que ha de hacerse con el intolerante es aquello que él no hace: incluir dentro de la legalidad a aquel cuyas ideas resultan repulsivas. Se aplica la ley a quien considera que está fuera de la ley o que hay otros que no merecen ser amparados por la ley. El Estado democrático ha de decirle al intolerante: "lo que tú no le reconoces a tus víctimas, el Estado no obstante te lo reconoce a ti". Por ello los criminales de guerra nazis tuvieron derecho a un juicio en Nuremberg, aunque ellos no habían concedido dicho derecho a sus víctimas, porque la democracia reconoce derechos incluso a quienes los niegan y pisotean. Pero eso no quiere decir que la democracia renuncie a perseguirlos, juzgarlos y condenarlos, porque precisamente lo que está en juego es la existencia misma de la democracia.

sábado, 16 de julio de 2011

Lo llaman neoliberalismo y no lo es

            La frase de Roosevelt que aparece en su monumento de Washington D. C. se refiere a los totalitarismos que asolaron Europa, pero cabe replantearla aplicándola al neoliberalismo: "Quienes persiguen un sistema financiero basado en la absoluta desregularización de toda actividad de los mercados llaman a eso 'neoliberalismo'. Ni es nuevo, ni es liberalismo."
            En realidad aquello a lo que llaman "neoliberalismo" es la vieja ley de la selva, pues consiste en desregular los mercados financieros para hacer posible que el hombre sea un lobo para el hombre. La democracia, el Estado, la libertad, se basan en la existencia de leyes. ¿Con qué derecho se abre un hueco en esa democracia basada en leyes y se hace una excepción respecto al poder económico? ¿Por qué algunas entidades estarían libres del contrato que nos ata a todos para garantizar el bien común? Más que al contrato liberal de J. Locke, el neoliberalismo recuerda al pacto absolutista hobbesiano según el cual el contrato solo obliga a una de las partes, a los súbditos, pero no al monarca que queda por encima de la ley, aunque en este caso el tirano no es el monarca absoluto, sino aquellos que controlan el sistema financiero.
            El contrato liberal por el contrario obliga a todas las partes, porque se considera que en sociedad la libertad no consiste en no estar sometido a ninguna autoridad, sino en no estar sometido a más poder que a aquel elegido de común acuerdo, un poder que se compromete a salvaguardar los derechos de los ciudadanos y ante el cual estos no están indefensos: si el gobierno no cumple su parte del contrato, el pueblo tiene derecho a la desobediencia civil. Hay una frase que gusta mucho a los defensores del neoliberalismo: "No hay que confundir la libertad con el libertinaje." El caso es que el neoliberalismo no es más libertad, es mayor libertinaje, porque la libertad es posible gracias al imperio de la ley, que nos permite actuar a voluntad dentro de unos límites, y dichos límites garantizan precisamente que nuestra voluntad no se verá tiranizada por otras voluntades que posean más fuerza, porque la ley del más fuerte no es ley, la sociedad de lobos no es sociedad, porque no puede hablarse de neoliberalismo sino en todo caso de neolibertinismo.
            ¿Y si el neoliberalismo no es liberal, qué es? De ser algo esa desregularización de los mercados financieros sería "neocapitalismo", pero tampoco, porque tampoco es nuevo, pues no promueve más que la recuperación de un capitalismo de mano invisible. Y este capitalismo tuvo su momento histórico cuando la mano invisible de Adam Smith era la mejor opción frente a la mano del monarca y sus ministros mercantilistas. Pero ahora estamos muy lejos de esa situación. El neoliberalismo es la vuelta a un capitalismo de hace dos siglos y medio, cuando ha existido un modelo capitalista, la llamada economía mixta, que se ha mostrado muy superior a la hora de maximizar la felicidad de los ciudadanos al resolver con un término medio la disyuntiva tradicional entre libertad e igualdad. Eso sí era un liberalismo nuevo.
            Terminando como empezamos, el neoliberalismo ni es nuevo ni es liberal, es un neoconservadurismo, el asalto de un quinto poder, el económico, al mejor modelo de Estado hasta la fecha, la democracia social. Sobre la Europa ilustrada triunfa la anti-Europa, se derrumba un modelo de Estado que enorgullecía a una UE que ahora agacha la cabeza y se vende sin pudor no a lo nuevo, sino a lo viejo, al Antiguo Régimen, al Leviatán.

viernes, 1 de julio de 2011

La revolución será global o no será

          El 15M es un movimiento heterogéneo y plural. Sus miembros compartimos un estado de ánimo, la indignación, y un anhelo, el de un mundo en que los ciudadanos seamos los auténticos dueños de nuestro destino.
          En lo que respecta a nuestro estado de ánimo, el 15M podrá desembocar o no en una mejora de nuestra vida política, pero es ya un éxito como revolución ética, y es que la indignación, a diferencia de otros sentimientos como la ira, el resentimiento o la vergüenza, es específicamente moral. La indignación es transferible y justificable. Hay cosas que son en sí mismas indignantes, mientras que solo serán amables, vergonzosas o repulsivas para algunos y no para otros, y esto es así porque la indignación surge ante la injusticia, y la justicia es un bien objetivo. Por ello uno no solo se indigna por un daño sufrido en carne propia, sino que puede, y debe, hacerlo por un mal ajeno, la indignación busca, incluso exige, ser compartida.
          En cuanto a aquello que el 15M persigue, insisto en que es heterogéneo, lo cual no significa que no haya propuestas concretas, ni que una gran mayoría de miembros del 15M no compartamos unas cuantas de esas propuestas, sino que obviamente no hay unanimidad. Sí creo que la hay respecto al anhelo antes mencionado, que considero está resumido en el lema que presidió la manifestación del 15M: "Democracia real ya: no somos mercancía en manos de políticos y banqueros". Ciertamente este lema puede ser interpretado de diversas formas, pero subraya en cualquier caso la necesidad de que los ciudadanos sean autónomos, se den a sí mismos la ley, y no heterónomos y por tanto sean fuerzas externas quienes decidan por ellos.  Dicho lema no supone necesariamente, y en mi lectura personal no lo hace en absoluto, una enmienda a la democracia representativa en su totalidad, sino al estado actual de la democracia representativa, en que la participación ciudadana es tan limitada que en ocasiones los ciudadanos llegamos a sentirnos más bien súbditos pero con un mínimo derecho a la pataleta.

          Bien, ese lema que considero el pegamento del 15M es un gran eslógan porque aúna muchas sensibilidades diferentes, pero tiene una indefinición esencial que lo hace muy ambiguo: ¿A quién se refiere ese "somos"? ¿A los ciudadanos españoles, europeos o a los ciudadanos del mundo?
          En Islandia su revolución claramente se centró en el plano local, las medidas tomadas son de carácter más bien autárquico. En la revuelta del 15M, en cambio, se mezclan lo local y lo global, y mi hipótesis es que gran parte de las tensiones internas del movimiento se deben a esta ambigüedad de partida. Uno de los rifirrafes recurrentes del 15M es el que se da entre aquellos que defienden un consenso de mínimos y quienes consideran que dicho consenso lo es más bien de ínfimos. Estas diferencias resultaron, por ejemplo, en la creación en la acampada de Sol de dos comisiones de política: corto plazo y largo plazo. No obstante creo que en todas estas divisiones hay un error categorial: no se trata de mínimos frente a máximos, ni de corto frente a largo plazo, sino de medidas locales y de medidas globales.
          Echemos un vistazo a las propuestas recurrentes de mínimos: reforma de la ley electoral, reforma del Senado, separación de poderes, leyes de transparencia y regeneración democrática. Dichas medidas claramente se refieren a la democracia española.
          Por otra parte, algunas de las medidas mal llamadas (según vengo defendiendo aquí) "a largo plazo" se refieren a la democracia global: eliminación de los paraísos fiscales, implantación de una tasa Tobin a las transacciones financieras, independencia del poder político nacional respecto a organismos internacionales como el FMI... Es inútil exigirle estas reformas al gobierno de España, pues se trata de medidas que solo pueden ser adoptadas por organismos internacionales.

          No sé si influido por uno de los lemas de la generación X, que considero la mía, "piensa globalmente, actúa localmente", o porque parece más fácil que se implanten dichas medidas, considero que tal vez en un primer momento (y esto haría relevante la división categorial corto/largo plazo) habría que centrarse en las medidas locales. Pero tanto las medidas locales como las globales son igualmente mínimas porque se trata de medidas formales y no de contenido, se refieren a las condiciones de posibilidad de una auténtica democracia y no a concreciones particulares acerca de la mejor forma de gobernar dicha democracia. Se trata de medidas destinadas a separar los poderes, pero no los tres poderes tradicionales, sino a estos frente a un cuarto poder, el económico. Las cosas han cambiado desde Locke y Montesquieu, y no hay auténtica democracia sin independencia de los gobiernos respecto al poder económico, tanto a nivel local como global. Debido a la mundialización no existe la soberanía nacional plena, los Estados han perdido su autonomía. Los países del tercer mundo llevan sufriendo este fenómeno desde el principio, ahora le ha tocado a los países del primer mundo.
          De este modo, si de lo que se trata es de recuperar plenamente nuestra autonomía ciudadana, las medidas locales son condición necesaria para ello pero no suficiente, y otro tanto puede decirse de las medidas globales y por eso la revolución será global o no será.

domingo, 26 de junio de 2011

Sobre la tolerancia

          No estoy de acuerdo con lo que me dices, pero lucharé hasta el final para que puedas decirlo. Voltaire

          La tolerancia es un concepto relativamente reciente, al menos en su forma actual. Se trata de un concepto hijo del liberalismo y de la Ilustración, que encuentra sus mejores versiones en la Carta sobre la tolerancia de John Locke y el Tratado sobre la tolerancia de Voltaire.
          El origen de la tolerancia está, paradójicamente, en la intolerancia, concretamente en la que provocó el fanatismo religioso que desembocó en la Guerra de los Treinta Años. Fueron los miles de asesinatos perpetrados en Europa en nombre de la religión lo que inspiró a Locke la necesidad de defender la libertad religiosa, y con ella la libertad de conciencia en general.
          ¿Qué es la tolerancia? No es, como muchos creen, respetar las opiniones ajenas, por mucho que tertulianos y opinadores en general empleen con profusión la muletilla "es mi opinión, y la tienes que respetar". La tolerancia no se aplica a palabras u objetos, porque palabras u objetos no son merecedores de respeto porque no detentan por sí mismos dignidad alguna. No merecen pues respeto las opiniones porque al ser criticadas no ven menoscaba una dignidad que no tienen, pueden estar fundadas o infundadas, ser verdaderas o falsas, argumentadas o arbitrarias, pero no son dignas ni indignas. La dignidad es una cualidad de los seres humanos, o mejor dicho, es aquello que nos hace ser humanos.
          Así, si el respeto se basa en la dignidad, y ésta es privativa de los seres humanos, esto quiere decir que la tolerancia solo se aplica a ellos. La tolerancia tiene pues que ver con respetar a otros seres humanos, ¿a cuáles? Pues no a todos como se suele creer. Todos los seres humanos poseen dignidad, y por tanto todos son merecedores de respeto, pero eso no quiere decir que toleremos a todos los seres humanos. ¿Quiénes requieren ser tolerados por mí? Aquellos que tienen unos valores contrarios a los míos. Solo se puede ser tolerante frente a lo que es molesto o se juzga negativo, ¿o es que acaso yo tolero a mis amigos o a mis compañeros de partido o de confesión? A quien tolero es a quien no soporto, a aquel cuyas ideas me parecen equivocadas o cuyos valores juzgo repulsivos. ¿Qué habría de tolerarle a aquel con quien todo lo comparto, con quien estoy perfectamente de acuerdo? No, la tolerancia se ejerce sobre aquel que no me gusta, tolerar es esforzarse por respetar.
          Por esta razón no solo no tiene sentido defender que toda opinión ha de ser tolerada, sino que dicha idea es de hecho contraria a la tolerancia, porque quiere decir que las ideas intolerantes son tan válidas como las tolerantes, que las afirmaciones falsas lo son tanto como las verdaderas. En fin, si llegásemos a asumir efectivamente que las opiniones son merecedores de respeto y objeto de tolerancia, tendríamos que poner fin a todo debate, porque ello implicaría la renuncia a justificar las opiniones, dado que opine yo lo que opine todas las opiniones valen lo mismo. El nivel de las tertulias de nuestro país es buena prueba de las consecuencias de asumir dicho principio.
          Pero no, la tolerancia se ejerce sobre las personas, y reconoce el derecho de dichas personas a estar equivocadas o ser inmorales (desde mi punto de vista) y no ser discriminadas o violentadas por ello. Sus ideas y valores podrán ser criticados hasta la saciedad, pero no se les podrá hacer renegar de ellos mediante violencia porque, entre otras cosas, como dice Locke "la fuerza no persuade". Y aquí es donde cobra algo de sentido la idea de respetar las opiniones, cuando lo que significa es no descalificar a quien las sostiene por el mero hecho de hacerlo. La tolerancia conlleva que aquel que no piensa como yo podrá defender sus ideas y yo no recurriré a la descalificación personal a la hora de juzgar dichas ideas. Juzgar las ideas y no a las personas, eso es tolerancia. Persuadir mediante la argumentación no es imponer mis ideas, sino hacerlo mediante la coacción o la violencia. Yo tengo no solo el derecho, sino probablemente el deber de persuadir al racista de que su idea de que hay razas superiores e inferiores es inmoral y además científicamente falsa, y no por ello estaré siendo intolerante, lo seré si en lugar de persuadirle con la fuerza de la razón le convenzo con la fuerza de mis músculos o mis armas.

          El 15M se afirma pacífico, y lo es, y la mayoría de sus miembros lo son. ¿Es tolerante? No se puede ser pacífico sin ser tolerante, luego lo es. ¿Lo son la mayoría de sus miembros? Lo son, pero me temo que no todos. Algunos miembros del 15M han demostrado no ser siempre tolerantes con sus correligionarios. Se trata de casos aislados y minoritarios, pero debemos tratar de evita resta intolerancia porque recordemos que la revolución será plural o no será. No podemos entrar en descalificaciones personales debido a nuestras diferencias como las que han proliferado los dos últimos días en twitter. Ni debe permitirse abucheos como los que escuché en alguna de la últimas asambleas de Sol cuando alguno de los asamblearios declaró haber votado al PP. Oigamos lo que cada uno tiene que decir y no pensemos en el origen de aquello que se dice.
          La tolerancia no implica la renuncia a mis propias ideas, sino el respeto hacia aquel que no las comparte. Sin tolerancia no hay convivencia posible más que mediante la purga sistemática del disidente, pues solo así podré convivir con aquellos que piensan como yo y que por tanto no requieren de mi tolerancia. Si hay un valor que hace posible la democracia ése es la tolerancia, porque sin ella no hay pluralismo, y sin pluralismo no hay libertad.
          Por otra parte internet, cuna del 15M, es una fantástica escuela de tolerancia. En la realidad nuestras pintas nos delatan, pequeños códigos de etiqueta nos permiten adivinar más o menos los colores ideológicos del auditorio y sucumbir al fenómeno de la conformidad. En internet no hay apariencias (aunque es cierto que hay nicks muy explícitos), no sabemos de qué pie cojea cada uno, y ello nos enseña a hablar para todos, con respeto, y eso es practicar la tolerancia. Nada peor para la tolerancia que hablar solo con aquellos que piensan igual que yo, y nada peor también para el progreso y la razón. En internet hablamos con cualquiera, pero esto no debería llevarnos a tratar a los demás "como a un cualquiera", sino lograr encauzar nuestras ideas y sentimientos de forma no ofensiva, lo cual no supone renuncia alguna a expresar y defender dichas ideas y sentimientos.
          Me ha costado aprender esta lección, pero es aquello por lo que más agradecido le estoy a la red, por enseñarme a hablar para todos y a escuchar a todos. Recordaré aquí unas palabras de Alex de la Iglesia: "He aprendido que dialogar con personas que te llevan la contraria es mucho más interesante. Puede resultar incómodo al principio, (...)." Pero es que el verdadero diálogo solo puede llevarse a cabo con quien no piensa como yo, lo contrario es un monólogo con distintas voces. Dialogar supone estar dispuesto a cambiar mi punto de vista si me dan una buena razón para hacerlo, y renunciar a todo aquello que no sea la razón para defender dicho punto de vista. Internet es una escuela de diálogo, es el único medio ya en el que existe, no lo perdamos. Me parece una lástima llevar los malos modos de la discusión televisiva o radiofónica a la red, intentemos evitarlo.

viernes, 24 de junio de 2011

El referéndum del 15O y el movimiento 15M

          Esta tarde se reunen en el Patio Maravillas a las 19:00 horas Democracia Real Ya y los organizadores del controvertido Referendum del 15 de Octubre, muchos esperamos que dicha reunion arroje cierta luz sobre esa controversia, pero al margen de lo que allí ocurra pueden juzgarse ya algunos de sus elementos.
            Lo primero que hay que preguntarse es "¿es una buena idea ese referendum?", y personalmente tengo mis dudas. Primero por la fecha en que se ha convocado, pues ya hay convocada una manifestación global para ese día por parte de DRY. Segundo por el hecho mismo, ¿por qué iba a entregar mis datos personales a unos desconocidos? Tercero porque es improbable que sea un éxito, pues entiendo que no serán pocas las reticencias a la hora de confiar el DNI a quien no se conoce, y el 15M necesita acciones masivas (en cierto sentido, nuestro número sustituye como arma a la violencia). Y por último las formas, porque ciertamente no hay un poder ejecutivo en el 15M, pero hay organizaciones que representan a mucha gente como las asambleas, acampadas, DRY, Juventud Sin Futuro o #Nolesvotes, y no costaba nada informarles de la iniciativa del referendum antes que a la prensa (especialmente deberían haber informado a DRY que ya tiene convocado un acto para el 15 de Octubre), y además me consta que hay al menos una persona que se ha dirigido a los promotores del referendum pidiendo información y se ha sentido insultada y maltratada con la respuesta que obtuvo.
          Lo segundo que hay que preguntarse es "¿tienen derecho a convocar dicho referendum?", y creo que sin duda. No creo que haya nadie con autoridad para expedir carnets de "legítimo 15M". La fuerza del movimiento 15M es su pluralidad y su falta de mando único, cualquier iniciativa cuyas propuestas coincidan con parte de lo que viene reivindicando el 15M tiene perfecto derecho a ser impulsada. Me temo que he leído algún blog y visto algunas reacciones a la convocatoria del referendum un poco estalinistas: cuestionando la procedencia de alguno de los impulsores del referendum (pero deberíamos criticar las propuestas, no quien las hace) y extendiendo el bulo de que un partido político (concretamente UPyD) estaba detrás. El 15M se juntó gente de muy diversas ideologías, y entre otras cosas eso hizo grande al 15M, andar ahora juzgando las ideologías de cada cual sí que me parece muy contrario al movimiento 15M. Además, sencillamente es imposible ser antidemócrata y proponer algo en el espíritu del 15M, porque precisamente si hay algo que suscita el consenso unánime de los miembros del movimiento es la defensa de la democracia. ¿Cómo se repara el mal de una acusación infundada? El bulo de que se trata o bien de fascistas o bien de marionetas de UPyD (que están muy lejos de ser fascistas, por cierto) ya ha corrido y seguirá corriendo, el daño está hecho. Sencillamente prefiero que se me escape un culpable a acusar injustamente a un inocente, y no querría que el movimiento 15M empiece a generar purgas, rechazo a la disidencia y sospechas continuas de boicoteo.
          Lo tercero que hay que preguntarse es "¿beneficia al movimiento?", y de momento, tal y como se han llevado a cabo las cosas, no lo parece, aunque es cierto que ha tenido mucho éxito en la prensa. Ha generado reticencias y algunas personas se han sentido manipuladas, lo cual ha llevado a verlo como una iniciativa oportunista y secesionista. Y lo sea o no, generar esa paranoia, cuyo origen es un miedo con cierto fundamento debido a la fragilidad del movimiento fruto de su pluralidad, es una consecuencia muy negativa de la iniciativa. Probablemente se trata de un daño colateral... pero era previsible y por ello debería haberse tenido en cuenta y haberse prevenido.
          En fin, espero que estas reflexiones ayuden en parte a calmar los ánimos, pues no es otro su objetivo, pero he escrito esta entrada algo precipitadamente y espero no estar haciendo aquello que les reprocho a los organizadores del referendum a cuyo contenido, por cierto, tal vez me refiera en futuras entradas del blog, aunque casi podría remitir a la primera de todas #consensodeminimos.

martes, 21 de junio de 2011

Las falacias del poder

          La pregunta que, por desgracia, más me hacen mis alumnos de Filosofía es: "¿Y esto para qué sirve?" La respuesta es bien sencilla: "Para nada." Ni sirve para construir puentes, ni para detectar adenocarcinomas, ni para describir el movimiento de las placas tectónicas. La filosofía no sirve para nada concreto porque no tiene una función propia, un objetivo determinado, un producto final específico. ¿Por qué estudiarla entonces? Porque la filosofía no sirve para nada porque sirve para todo. Es una asignatura instrumental como la lengua y las matemáticas, porque toda disciplina requiere del pensamiento y la filosofía trata de enseñar a pensar. Todos sabemos pensar, claro está, pero de igual modo todos sabemos correr, y eso no quita que entrenando logremos correr mejor, más rápido y mayores distancias. La filosofía es ese entrenamiento intelectual que nos enseña a pensar mejor.
            Nótese que la filosofía no enseña qué pensar, sino cómo pensar. Enseñar filosofía no es, o no debería ser, adoctrinar. Cada uno dotará de contenido a su pensamiento mediante su propia experiencia, la filosofía es tan solo el instrumento que engarza racionalmente ese contenido. Y entre las distintas ramas de la filosofía hay una que es el instrumento por excelencia del pensamiento. Tanto es así que Aristóteles la bautizó como "órganon", que en griego significa precisamente "herramienta" o "método". Esta herramienta es la lógica, y entre su muchas utilidades "no productivas" está la de servir para denunciar las falacias, es decir, aquellos argumentos que, aun aparentando ser correctos (y por ello resultan convincentes y se recurre a ellas), sin embargo no lo son, esto es, su conclusión no se sigue lógicamente de las premisas.
            Voy a desgranar aquí algunas de las que se han venido empleando contra el movimiento 15M, deduciendo falsamente de ellas que los indignados no tienen razón al plantear sus demandas. Esta es mi clase particular de lógica para políticos y tertulianos.

            Falacia ad hominem (contra el hombre): "Los del 15M son perroflautas (o sediciosos, antisistema, totalitarios, mastuerzos...)." Esta falacia consiste en ignorar el razonamiento y tratar de desautorizar a aquel que lo lleva a cabo, pero Hitler no tendría menos razón por el hecho de serlo al decir que dos y dos son cuatro. Incluso aunque fuera cierta la afirmación de que todos los indignados somos perroflautas, de ello no se seguiría lógicamente la incorrección de nuestras reivindicaciones.

            Falacia ex pópulo (desde el pueblo): "22.971.350 votantes el 22-M, 125.000 manifestantes el 19-J" (Titular del diario La Razón del 20 de junio de 2011) Esta falacia consiste en deducir que la opinión contraria es falsa por el hecho de ser minoritaria, pero en el año 1500 una amplia mayoría creía que la Tierra estaba inmóvil y a su alrededor giraban el resto de los astros, pero el que fuera una creencia mayoritaria no la hacía verdadera. El número de personas que defiende una idea no implica lógicamente la verdad o falsedad de dicha idea.
            Por cierto, que de admitirse el argumento (y el muy discutible dato del número de manifestantes) de La Razón, habríamos de concluir también que la mayor parte de los españoles está a favor del terrorismo, dado que en ninguna manifestación contra el terrorismo el número de asistentes ha sido mayor que el de aquellos que no se manifestaron. Por otra parte habría que añadir que La Razón incurre aquí también en una falacia categorial pues la categoría de los manifestantes y la de los votantes son inconmensurables a efectos lógicos, ¿o acaso es lógicamente imposible que, por ejemplo, un votante en las elecciones del 22 de mayo se manifestase anteayer, o que alguien que defienda las ideas del 15M, votara el 22 pero no se manifestase el 19 de junio? De hecho las encuestas que se han hecho al respecto mostraban un apoyo del 73% de los encuestados al movimiento 15M, de lo que se deduce que muchos que apoyan al 15M se quedaron en sus casas el 19 de junio, y superan con creces al 22% del censo electoral, que es el apoyo que recibió el partido que resultó vencedor de las últimas elecciones (sí, un apoyo del 22% del total de los votantes se considera "la mayoría de los votantes").

            Falacia de asociación: "Ir en contra de los partidos es lo que hacían los nazis... No ser ni de izquierdas ni de derechas es lo que defiende la ultraderecha... Las democracias con adjetivos históricamente no han sido auténticas democracias..." Esta falacia consiste en relacionar dos cualidades no esenciales de dos conjuntos para deducir que ambos conjuntos son equivalentes: dado que los indignados rechazan los partidos (en realidad solo dos o tres) y los nazis rechazaban los partidos (salvo el propio), entonces los indignados son nazis. O del mismo modo, dado que considero que Wagner es un gran compositor y los nazis consideraban que Wagner era un gran compositor, entonces soy un nazi. Pero el caso es que no existe una relación necesaria entre rechazar los partidos políticos (suponiendo que eso fuera lo que hacemos los partidarios del 15M) o disfrutar con la música de Wagner, y el nazismo.
            Habrá quien considere que sí es un rasgo definitorio del nazismo su oposición a los partidos, pero el caso es que todos los totalitarismos han consistido en el gobierno de un único partido (el nacionalsocialista, el fascista, el comunista...), luego a lo que se oponen los totalitarismos no es a los partidos, sino al pluralismo político. ¿Se opone el 15M al pluralismo político? Todo lo contrario, considera que el bipartidismo imperante limita el pluralismo. Lo que ocurre es que los miembros y voceras del PPSOE tienen tan interiorizado que el voto les pertenece, que son los únicos partidos votables, que entienden toda crítica contra sus partidos como una enmienda a la totalidad (de ahí que confundan "no les votes" con "no votes"). Para terminar adviértase que en los casos citados (oídos de tertulianos del programa Alto y claro de Telemadrid, y de la propia Presidenta de la Comunidad de Madrid) se combina la falacia de asociación con una falacia ad hominem, pues lo que se hace es deslizar la idea de que los indignados son totalitaristas y por tanto sus ideas son equivocadas. Y en este punto he de pedir al lector que repase lo ya dicho respecto a la falacia ad hominem.

            Falacia de generalización indebida: "Ha habido incidentes violentos luego el movimiento 15m es violento." Esta falacia consiste en, a partir de un número limitado de casos, inferir una conclusión general en que se afirma que dichos casos representan la totalidad de los hechos. Del mismo modo, yo podría deducir del hecho de que todos los habitantes de Rentería que conozco son del Atlético de Madrid, que todos los habitantes de Rentería son del Atlético de Madrid (el problema es que solo conozco un habitante de Rentería). Esta falacia se ve sujeta al problema general de la inducción, y en particular supone una violación del método científico y de las reglas de la lógica en tanto que "algunos" y "todos" no delimitan conjuntos equivalentes.

            ¿Y cuál es la idea que todas estas falacias son incapaces de falsar? ¿Qué defiende globalmente, dentro de su heterogeneidad, el 15M?
            Que una democracia en la que no existe separación efectiva entre poder ejecutivo, legislativo y judicial; una democracia en que la soberanía popular se ejerce solo cada cuatro años; en que los representantes de dicha soberanía no tienen capacidad de gobierno frente a fuerzas externas y por tanto no son ellos sino otros, que no se representan más que a sí mismos, quienes realmente gobiernan; una democracia en que los representantes de dicha soberanía popular no consultan al pueblo antes de tomar decisiones fundamentales, con lo cual dichas decisiones son percibidas como ajenas a la soberanía popular; una democracia en que los representantes de la soberanía popular son inmunes a sus errores y solo se hacen responsables de sus aciertos; una democracia en que miles de votantes no se ven representados porque los votos no valen lo mismo en todas partes; pues bien, una democracia así, con estas carencias, no es una democracia plena.
            Y me atrevo a afirmar que aquellos que están en contra del 15M no tienen más remedio que recurrir a sofismas porque sencillamente es muy difícil ser demócrata y no estar indignado ante los defectos de nuestra democracia.

martes, 14 de junio de 2011

La liga PPSOE I

            Existen más parecidos de los que todos querríamos entre la Liga BBVA (antes llamada Primera División) y nuestra vida política.
            La primera de estas semejanzas es que en ambos casos solo hay dos auténticos candidatos al título y el resto de participantes son meros comparsas que se disputan las sobras, y como mucho pueden aspirar a darle la victoria a los unos más bien que a los otros si en sus enfrentamientos directos hacen un buen partido.
            Otra similitud más entre liga de fútbol y política es que el equipo que pierde es incapaz de asumir su derrota, y culpa de ella al resto de equipos de la tabla por haberle vencido, como si no fuera la obligación del Athletic de Bilbao, del Sporting de Gijón, de UPyD o de IU tratar de ganar todos los partidos y lograr el mayor número posible de puntos, sino contribuir o no a la victoria de los dos equipos que aspiran al título.
            Por fin, en ambos casos también, los dos principales equipos cuentan con más posibles y mayor poder mediático que el resto, poseyendo un par de medios de prensa a su servicio, lo cual genera un círculo vicioso que perpetúa esa situación privilegiada.
            Pero la semejanza más preocupante es la que se refiere no a los propios equipos, sino a sus seguidores, a los motivos por los cuales se apoya a un equipo o a otro, y es especialmente preocupante porque en principio la política debería tener que ver con la razón y el fútbol con el sentimiento, pero no, la adhesión al PP o al PSOE de muchos de sus votantes a menudo parece más bien cuestión de entrañas que de meninges.
            No hace falta decirlo: hay de todo. Pero una inquietante masa de votantes de los dos principales partidos son, como los intransigentes del fútbol, ciegos a las faltas que comete su equipo, a los malos modos de sus integrantes, a los errores arbitrales a su favor y a los méritos del rival. Hay una clara confusión entre lo que es bueno para el fútbol, esto es, para España, y lo que es bueno para mi equipo, para mi partido.
            De este modo reina en la política un maniqueísmo de una ingenuidad culpable e indignante: los míos son los buenos y los otros son los malos, los míos quieren lo mejor para el país y los otros robar, aprovecharse o enriquecerse, los míos y sus medios afines son sinceros y los del otro ruines y deshonestos. Y a esta forma de leer la realidad sigue un corolario temible: los votantes (seguidores) de mi partido (equipo) son buenas personas, y buscan lo mejor para todos, y los del otro son malvados y persiguen fines espurios. Y esto aunque los votantes de mi partido, como yo, voten a un político corrupto, porque los casos de corrupción de los jugadores de mi equipo, perdón, las sucias entradas de los miembros de mi partido, no son reales, son calumnias debidas a la maledicencia del rival, que él sí que es corrupto.
            Parece pues que lo de apoyar al PSOE o al PP y creer en su honestidad es mera cuestión de fe y no de conocimiento, tan solo depende de a qué profetas esté uno dispuesto a seguir y cuál sea el libro sagrado que lea cada uno. Y por ello se está en la obligación de comprar el pack completo: si criticas algunos aspectos, le haces el juego al rival, fuera la disidencia. O eres amigo o enemigo, o estás conmigo o estás contra mí.
            Pues bien, si en fútbol resulta grotesca la pretensión de que un equipo encarna el bien frente al mal, que uno es el equipo del gobierno y el otro de la oposición, es más, que uno es el equipo del establishment mientras que el otro es el rebelde adalid de la libertad cuando... ¡ambos equipos son el poder y ninguno! Esto es, si la politización del fútbol es ridícula, la futbolización de la política es lamentable, porque el fútbol es un juego nada más, y la fidelidad a unos colores tienen que ver con un sentimiento nostálgico, con amor a los recuerdos, a lo vivido con tu equipo, en realidad con la fidelidad a uno mismo, al niño que en su día se hizo de ese equipo. Y a ese niño es al que traicionaríamos cambiando y por eso no se puede cambiar de equipo en fútbol, aunque se odie al presidente, al entrenador, a los jugadores y al patrocinador, porque es absurdo racionalizar el deporte y buscar causas ideológicas para ser de uno u otro equipo.
            ¡Pero con la política debería ser al contrario! Y sin embargo parece que el ser del equipo PSOE o PP es inamovible, una convicción irrenunciable. Da igual lo que hagan unos u otros el apoyo es incondicional, porque siempre existirá la excusa ad hoc de la "buena intención" de los míos y los "intereses particulares" de los otros.
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