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domingo, 23 de octubre de 2016

El PSOE y las golosinas

          Todo apunta  que el PSOE, en breve, se convertirá en el partido más odiado por sus propios votantes. El lamentable espectáculo que han dado sus luchas intestinas lo justifica, aunque cada sector de los votantes del PSOE busca su propia explicación: para unos pocos el PSOE se ha "podemizado", para una mayoría el PSOE no es suficientemente de izquierdas.
          A mí no me ha alejado del PSOE que no sea suficientemente de izquierdas, sino que no sea suficientemente nada. El PSOE se ha convertido en un partido fofo. Fofo en lo ideológico, en lo institucional y en lo orgánico. La prueba de su fofez ideológica es que el único argumento contra los que hablábamos de PPSOE era decir que su odio al PP era más intenso que el de los demás (supongo que así se firmó el pacto Ribbentrop-Molotóv, nos odiamos mucho pero nos repartimos Polonia). Respecto a su fofez institucional está esa esquizofrenia con que el PSOE va de garante de las instituciones en que se han plasmado las democracias española y europea, pero por otra parte se siente llamado por los vientos del populismo que claman que no hay más ley legítima que la acordada en un plebiscito. Y por fin está su fofez orgánica, visible en el hecho de que no ha sabido diseñar un mecanismo de promoción interna en que llegasen a los puestos importantes personas con talento sino profesionales del apparatchik (véase Susana Díaz) o títeres (que a veces salen díscolos y quieren cortar sus hilos, véase Pedro Sánchez). La mejor prueba de esa fofez es el desastre que estamos viviendo, la fofez viene de lejos pero el trombo se ha formado ahora y ha habido infarto.
          ¿Y qué puede hacer ahora el PSOE? Creo que poca cosa, pero por lo pronto darse tiempo, uno no se recupera de un infarto así como así. Si el recambio es el puro apparatchick susanista la cosa pinta muy mal, si la alternativa es querer hacer la jugada de ser Podemos cuando ni siquiera IU fue capaz y lo tenía mucho más fácil, pues tampoco la perspectiva parece buena. El PSOE deberá hacer un esfuerzo ímprobo para recuperarse y está por ver que tenga arreglo. Yo deseo de corazón que lo tenga.
          Pero insisto en que eso requerirá tiempo, así que si se me pregunta qué ha de hacer el PSOE durante la investidura del infausto Mariano Rajoy, creo que le conviene abstenerse, pues sería la única forma de ganar tiempo. Creo que esto era lo que más le convenía incluso antes de dar el lamentable espectáculo que ha dado, y que de haberlo hecho en su momento le habría pasado menos factura de lo que lo hará ahora.
          ¡Pero entonces se está dando el gobierno al PP, que está corrupto hasta el tuétano! Cierto. El PP a día de hoy es repugnante, no solo por lo que ha hecho, sino porque no se le ha oído un atisbo de arrepentimiento, de propósito de enmienda. El PP no es solo un partido corrupto, es sobretodo un partido que no da la impresión de querer dejar de serlo.
          ¡Ni los votantes, sigue teniendo mayoría! Esto dicen muchos, pero he de disentir. Hace ahora casi un año, en las elecciones del 20 de Diciembre de 2015 el PP perdió tres millones y medio de votos (63 escaños, réstenselos a cualquier otra formación política y verán qué risas). A mí aquel parlamento me encantaba y el PSOE no estaría pasando por este mal trago si hubiera logrado que Ciudadanos y Podemos no se vetaran mutuamente (renunciaran a sus respectivos "no es no"). Recordemos, por cierto, que la responsabilidad de formar gobierno recayó sobre el PSOE porque el PP renunció a ello. El PP recibió un castigo por la corrupción que ni siquiera el PSOE de los años noventa había sufrido, no puede pretenderse que "castigo de los votantes" signifique "extinción del partido". ¿Los votantes refrendan la corrupción? Eso quiere hacernos creer el PP, pero los ciudadanos la condenan, lo que ocurre es que sopesan más de un factor a la hora de votar y el de la corrupción puede verse compensado por otros (por cierto, que tampoco parece que Susana Díaz y el PSOE andaluz puedan presentarse como adalides de la lucha contra la corrupción).
          En fin, el PP perdió la mayoría absoluta por mucho y hubo una oportunidad de que hubiera un gobierno alternativo, pero no pudo ser.
         En las elecciones del 26 de Junio de 2016 el PP aumentó su mayoría, pero siguió quedando lejos de la mayoría absoluta, el problema era y es que un gobierno alternativo al del PP ya carecería de sentido (dado que Ciudadanos y Podemos siguen en su "no es no") pues ¿qué legitimidad tendría un Presidente que no alcanzaría la mayoría absoluta de escaños en el Congreso ni aún multiplicando por dos sus diputados como habría ocurrido con Pedro Sánchez? Las opciones serían pues gobierno del PP en minoría (esto último es fundamental) o terceras elecciones. Supongo que desde la perspectiva de Podemos o Ciudadanos unas terceras elecciones no suenan tan mal, pues podrían repartirse los despojos del PSOE, pero para el PSOE...
          No obstante el problema permanece: el PP es un partido corrupto, co-causante con el PSOE de la crisis en que estamos sumidos, y que además no muestra signo alguno de arrepentimiento ni de renovación. Y aquí es donde entran en juego las golosinas.
          En los años 60 del pasado siglo Walter Mischel, psicólogo americano de la Universidad de Standford, diseñó un experimento para estudiar la capacidad de autocontrol de un grupo de niños. El experimento era sencillo: llevaban a un niño a una sala donde había una golosina y le daban la instrucción de que si resistía la tentación durante 15 minutos en que permanecería solo en la sala podría comerse 2 golosinas. El seguimiento posterior de esos niños señaló  que en general, aquellos niños que habían logrado contener sus impulsos de comerse la golosina, fueron a lo largo de su vida más capaces de perseverar en conseguir sus objetivos profesionales, menos proclives a caer en la depresión, y llevaron vidas más estables con relaciones más duraderas.
          El PSOE se enfrenta ahora a un test similar, pero en lugar de tener enfrente un refuerzo positivo tiene ante sí un estímulo aversivo: abstenerse en la investidura de un presidente infumable. Pero ese estímulo aversivo podría doblarse si se postpone, pues todas las encuestas apuntan al derrumbamiento definitivo del PSOE en unas terceras elecciones y una victoria del PP. El PSOE se enfrenta al test de la quinina: puede tomarse una pastilla de quinina ahora o dos pastillas más adelante.
          Venimos de cuatro años de mayoría absoluta del PP (Ley mordaza, LOMCE, recortes), y si alguien me preguntara "¿preferirías que el PP tuviera que gobernar en minoría?" respondería "sí, sin duda". Habría preferido un gobierno fruto de un Congreso de los Diputados con un PP con 120 escaños, pero no pudo ser, y aún así un gobierno con un PP de 137 escaños me parecería una enorme mejoría dado de dónde venimos... y creo (y las encuestas me dan la razón) que si seguimos insistiendo con las elecciones corremos muy seriamente el riesgo de volver a la casilla de salida (y nos comemos enteritas la Ley mordaza, la LOMCE y los recortes). Creo sinceramente que un gobierno del PP en minoría es lo menos malo que podría lograrse y que sería por tanto lo más conveniente para el PSOE. Hay quien se niega a verlo porque cree que existe una tercera opción, pero me temo que son aquellos que no pasarían el test de las golosinas en su versión quinina, y por tanto acabarían obligándonos a todos a consumir la doble ración de amargor. Lo último que quiero es una mayoría absoluta o muy dominante del PP, y la única certeza que existe a día de hoy es que ahora mismo el PP no la tiene, ¿quién sabe que podría ocurrir en unas nuevas elecciones?
          Todo conduce a pensar, pues, que el PSOE debería permitir el gobierno de este, el peor presidente de la historia de la democracia española, pero no a cualquier precio. ¿La corrupción del PP podría contaminar a quienes se abstengan? Bien, que condicionen su abstención a una declaración pública de condena a la corrupción propia, unas disculpas públicas y un compromiso de colaboración con la justicia así como de una legislación más estricta con los mecanismos de financiación de los partidos. Esa abstención condicionada vuelve a dejar la pelota en el tejado del PP: ¿Quiere usted gobernar? Pues pida perdón por lo que ha hecho, muestre arrepentimiento y comprométase a evitarlo en el futuro. Si no lo hace, no hay abstención, si no cumple su compromiso, habrá moción de censura. De esta forma el PP, Mariano Rajoy, por fin tendría que hacer algo en lugar de sentarse a esperar a que los demás se despellejen y el PSOE podría justificar su abstención. Se puede tratar con corruptos si se arrepienten, si van a hacer algo por hacer desaparecer la corrupción en el futuro, lo que es insoportable es que pretendan que aquí no ha pasado nada, eso es intolerable.
          En fin, el PSOE podría haber negociado mejor hace un mes, realmente es una lástima que Podemos y Ciudadanos se vetaran mutuamente, porque eso reducía las opciones a estas tres (como apunta mi amigo Javier Franzé en este artículo en que defiende que la abstención del PSOE es la peor de las tres): un gobierno del PSOE con Podemos y los partidos nacionalistas (incluida una derecha corrupta equivalente al PP, la catalana), un gobierno del PP con la abstención del PSOE y terceras elecciones. Las tres tienen algo en común, serían nefastas para el PSOE y buenas para PP y Podemos. Después de la implosión socialista juraría que la primera de estas opciones ya no es una alternativa real, y quedan pues las dos que dibuja el test de las golosinas en su versión quinina, pero dado que el PSOE necesita tiempo... juraría que realmente no tiene opción.

sábado, 23 de enero de 2016

Parlamentarismo

          El día llegó, por fin es obvio que España es un sistema parlamentarista y no presidencialista. Por fin será fácil distinguir entre poder ejecutivo y poder legislativo. Por fin cuando explique la diferencia entre sistemas presidencialistas y parlamentaristas y diga que España pertenece a lo segundos, mis alumnos en clase de Educación Ético-Cívica entenderán algo. ¿Qué es eso de que el Congreso de los Diputados puede rechazar una ley propuesta por el gobierno? ¿Qué, que gobierno y partido con mayoría en el Congreso no son sinónimos?
          Toca formar gobierno con un Congreso de los Diputados fragmentado, tras más de treinta y cinco años de existencia el parlamento español se somete a una prueba que demuestre que ya puede salir de su autoculpable minoría de edad, que no somos aquel país que necesitaba mayorías amplias en el Congreso porque veníamos de una dictadura precedida por una guerra civil y no sabíamos de qué iba esto de ceder y votar leyes que no había diseñado uno mismo. La duda es, ¿realmente han madurado nuestros políticos, somos capaces de superar la prueba? Por lo escuchado estos últimos días, lo dudo.
         El Presidente en funciones ha renunciado a buscar una mayoría para gobernar (no es tan grave, prácticamente ha gobernado renunciando a gobernar), el programa de gobierno de Pedro Sánchez parece agotarse en ser Presidente y a la izquierda del PSOE cada célula parece hacer la guerra por su cuenta y no pide, exige. Apenas hay países europeos en que no hayan existido gobiernos de coalición. España es una anomalía, y es fácil entender por qué, aquí los partidos entienden la política en sentido schmittiano: el otro es el enemigo y el pluralismo del parlamento es solo una ficción útil, no hay acuerdo posible entre izquierda y derecha. Nada. Nuestros políticos no saben lo que es un parlamento, así de simple. Pero vivimos un momento esperanzador porque los resultados de las últimas elecciones les obligan a aprender lo que es. A la fuerza ahorcan.
         Y aún así, diríase que se resisten a asumirlo, y unos y otros aún aspiran a imponer de forma hegemónica y unilateral medidas a la otra mitad del parlamento siguiendo con el argumento de "vosotros tuvisteis vuestra oportunidad, ahora nos toca". No habrá canovismo de partidos ya, pero sigue habiéndolo de ideologías: la democracia no es pluralismo político parecen pensar, solo alternancia entre monopolios ideológicos que son compartimentos estanco. ¿Discutir, ceder, acordar? ¡No diga tonterías por favor! ¡Esto es un parlamento, ni que fuese una junta de vecinos! Cada partido cree que solo su fórmula es útil, ¡que le den a los hechos!, lo que hace buena mi fórmula es precisamente que es mía, yo soy gente y los otros gentuza. Sí, Carl Schmitt estaría orgulloso de España.
         Somos muchos los que creemos que lo que se ha venido haciendo en este país con las distintas leyes de educación es un desastre, y que dicho desastre habría podido evitarse tal vez con un Congreso de los Diputados que hubiese obligado, contra su voluntad, a llegar a un consenso a partidos sin mayoría absoluta y sin posibilidad de formar gobierno estable con muleta nacionalista. Imaginémonos dicha situación y valoremos las virtudes del parlamentarismo de las que hasta ahora no hemos podido disfrutar y a las que aún nos resistimos. Recordemos que en la primero tan ensalzada y ahora tan denostada Transición le fue posible entenderse mediante un afán aristotélico por el bien común a personas no solo de ideologías opuestas, sino que se tenían mutuamente por asesinos. Que ahora muchos de nuestros representantes sean electoralistas y partidistas, o incluso niñatos que parecen no entender bien el momento crítico en que se encuentra el país (o lo entienden demasiado bien y lo que desean es llevarlo a su colapso final), no parece una barrera insuperable para el entendimiento.
          ¿Y qué decir de reformar la Constitución? La ausencia de mayorías absolutas podría hacerlo posible (y yo creo que es necesario), ahora, lo que hace falta es un acuerdo si no absoluto, casi. Ya hay algunos que andan calculando que bastaría con tener dos tercios de la cámara. ¿Bastaría para qué? ¿De verdad cambiaríamos una Constitución, con todos sus defectos, con la aprobación de la inmensa mayoría del Congreso en su día, y de la ciudadanía, por otra aprobada pírricamente por la mayoría suficiente del Congreso? Por poner un ejemplo: personalmente quiero vivir en una república, pero solo si va a ser una república de todos (o de la inmensa mayoría), si va a ser la república de las fuerzas de izquierda entonces no es mi república, no puede no contarse con la mitad de la población para definir la Constitución del país. Así, hay muchos que lamentan la imposibilidad de reformar la Constitución dada la mayoría del PP en el Senado, que pondría freno a cualquier reforma aprobada por el Congreso de los Diputados. Pero eso no es que haga imposible la reforma, es que la hace indeseable, ¿cómo puede plantearse la posibilidad siquiera de cambiar la Constitución sin la derecha, sin la participación del partido más votado? Insisto: parlamentarismo, se llama parlamentarismo, y exige llegar a acuerdos y por lo tanto ceder (también, o tal vez sobretodo, al partido más votado).
          ¿Qué tipo de acuerdos? No sé, ¿qué criterio podría haber que sirviera de base contra maximalismos ideológicos? A ver... ¿el bien común? Volvamos al ejemplo de las leyes educativas. La LOMCE nació sin consenso y por eso estaba condenada. Lo mismo las leyes anteriores (aunque quiero recordar que hubo un Ministro de Educación, Ángel Gabilondo, que buscó el consenso y estuvo dispuesto a ceder en aspectos importantes, y el electoralismo del PP, que ya se veía gobernando, hizo fracasar dicho consenso). Por otra parte, cada ley educativa se ha venido basando en una gran idea fuerza como prejuicio pedagógico-ideológico que hiciera de principio rector de toda la ley. Así, oímos eslóganes baratos como "educación comprensiva", "educación y no instrucción", "cultura del esfuerzo", "cultura del emprendimiento" y demás ocurrencias. Lo que hay que hacer, no obstante, es evidente, pero hay otra cosa que falta en el parlamento español: cultura científica. Basta estudiar los hechos: qué se ha hecho aquí, qué resultados ha dado, qué se ha hecho en otros países, qué resultados ha dado, cuál es nuestro punto de partida, cuál fue el de otros países. En fin, es el método experimental, y basta ya de experimentar en carne propia, observemos los experimentos llevados a cabo en otros lugares, indaguemos en las causas que los hicieron fracasar o triunfar, adaptémolos a nuestro medio (porque no olvidemos que no somos esos países). En fin, así funciona la ciencia, a base de hechos y razones, y así debería funcionar un parlamento que funcionara, a base de hechos y razones. Pero no, como pensaba Ortega aquí se discute con las entrañas. El problema de nuestro parlamentarismo podría ser el tradicional problema de España: falta de ciencia.
          Ha llegado el momento de que los muchos partidos que componen el parlamento español se entiendan entre sí, y pongan en primer lugar los intereses de los españoles y no los del partido, que entiendan que da igual lo seguros que estén de que solo lo que ellos llevan en el programa es justo y eficaz, deberán renunciar a parte de ello y asumir lo que otros proponen. Lo que los españoles han votado es tan diverso como la propia España. Los españoles somos capaces de convivir, convivan pues ustedes señorías, que son menos y tienen una responsabilidad mayor. Por fin, tras muchos años es posible que se aprueben leyes que perduren y que miren más allá de una o dos legislaturas porque sean fruto de muchos y no solo de algunos. Muchos lo celebramos, señores Diputados no hagan que nos traguemos nuestras palabras con la intransigencia en la que han demostrado estar instalados estos días.


jueves, 3 de diciembre de 2015

Contra la cultura del esfuerzo

          Quiero volver hoy sobre un tema que ya traté tangencialmente en una entrada anterior (El problema de España): el análisis del eslogan "cultura del esfuerzo". A todos los que somos críticos con  los principios de la LOGSE nos quieren colar de rondón una explicación mágica de sus males simplificando el problema con un leitmotiv que se repite desde hace tanto que cabe preguntarse cuándo, si es que lo hizo en algún momento, existió esa "cultura del esfuerzo" perdida o si se trata más bien de una suerte de primer motor inmóvil. "El sistema educativo español falla porque falta cultura del esfuerzo". Problema resuelto. Cuando los estudiantes entiendan que el esfuerzo es necesario y valioso el sistema educativo finlandés nos envidiará.
          ¿Pero en qué consiste el esfuerzo? ¿Por qué sería el esfuerzo valioso? Si el esfuerzo significa trabajo, producción de energía, entonces el esfuerzo no es un fin en sí mismo, trabajamos para producir un bien ulterior. El esfuerzo, en principio, no es bueno per se, sino en función de sus resultados. ¿O no es así? Para los voceros de la cultura del esfuerzo no, para ellos nuestra autorrealización pasa por el hecho de que haya una cierta cantidad de sufrimiento en el proceso de obtención del resultado deseado. Según ellos la consecuencia de vivir en una cultura en que el esfuerzo no se considera un bien es vivir en una cultura de la pereza, de la holgazanería, de ser premiado sin razón. Vivir sin cultura del esfuerzo convertiría a nuestros alumnos en personas reacias a cumplir con sus deberes, a estudiar, a hacerse acreedores de los bienes que reciben.
          A mí, en cambio, mi corazoncito nietzscheano me dicta que la cultura del esfuerzo no es sino un valor ascético, y que en ella se esconde agazapado el nihilismo. Yo juraría que quienes ensalzan la cultura del esfuerzo en el fondo lo que reclaman es una moral del sacrificio. Queremos alumnos inteligentes y aplicados, que aprendan y saquen buenas notas, ¿si pudieran lograrlo sin esfuerzo sería menos valioso que si no fuera así? La cultura del esfuerzo sugeriría que sí, es más, la mayor parte de los alumnos diría que sí, que tiene más mérito el aprobado de alguien a quien le cuesta mucho que el sobresaliente de aquel a quien le cuesta poco. Esto sugiere que a nuestros alumnos no les falta cultura del esfuerzo, dicha cultura es su cultura, de hecho les sobra. Parece que de lo que se trata es de que las cosas salgan bien con sacrificio, y si no con mala conciencia, lo de que salgan bien es secundario, el caso es que tiene que haber sufrimiento. Son muchos los alumnos que reclaman en la ESO (e incluso en Bachillerato) aprobar o que se les puntúe más alto "porque me he esforzado". Ejem, si eso no es cultura del esfuerzo... Yo diría más, es adoración, idolatría del esfuerzo.
          No, la cultura del esfuerzo resulta de la torpe identificación de mérito y esfuerzo, confunde medios (el esfuerzo) con fines (el producto del esfuerzo), y dicha confusión sí que es uno de los grandes males morales de nuestra educación: pensar que el sufrimiento es valioso (y por tanto un fin en sí mismo). Lo contrario a la cultura del esfuerzo no sería la cultura de la pereza, sino la cultura del resultado, aquella que defiende que lo fundamental es el producto y no la cantidad de trabajo requerida como pretenden los que alaban el esfuerzo. Mi nariz nietzscheana huele aquí el tufo de una moral de buenas intenciones frente a una moral de buenas acciones: "la cagué pero me esforcé" es a la cultura del esfuerzo lo que el "le jodí pero mi intención era buena" es al voluntarismo cristiano.
          No obstante no quiero reivindicar aquí esa cultura del resultado que se opondría a la cultura del esfuerzo, sino defender una cultura de la responsabilidad (o del mérito), que sí que vendría muy bien (y no solo a los estudiantes, sino a los ciudadanos españoles en general). Quiero revindicar el ideal kantiano de autonomía frente al cristiano de bondad pero también frente al consecuencialismo del utilitarista. Lo que es necesario es que los estudiantes se hagan acreedores de sus acciones, que se hagan responsables de sus aciertos y fracasos, en lugar de exculparse sistemáticamente responsabilizando a factores que escapan a su control ("el profe me tiene manía", "esta asignatura es demasiado difícil", "este centro es muy exigente"). Y otro tanto para los ciudadanos, pues hemos de entender que el que la vida en sociedad sea agradable es responsabilidad nuestra, que hacer de nuestras ciudades un lugar hospitalario está sobre todo en nuestra mano. Vivir sin ruido y suciedad depende de que no hagamos ruido y no ensuciemos y de que no consintamos que otros lo hagan, no de que nos quejemos en voz alta diciendo "joder es que no limpian", "joder es que no hay papeleras", "joder es que no hay baños". Que tantos empleen las calles como baños públicos no es falta de cultura del esfuerzo, es falta de responsabilidad, de rendición de cuentas por lo que uno hace. Que haya tantos corruptos no es falta de cultura del esfuerzo, es falta de responsabilidad, de rendición de cuentas, porque la gente consiente con su voto al corrupto su corrupción. Vivimos en una sociedad esforzada pero impune e irresponsable.
          La responsabilidad consiste en aceptar los conceptos de mérito y demérito, esto es, hacerse cargo de aquellas cosas que dependen de uno, para bien y para mal. No abandonarse por no tener el control absoluto de nuestras vidas, sino asumir la parte de la carga que es nuestra sin empequeñecerla hasta límites irrisorios cargándosela a los demás. A base de fuerza de voluntad no se logra el éxito (como reza el estúpido eslogan también muy popular de "si te lo propones puedes conseguirlo todo"), pero sin ella es imposible, por lo que asumir que debemos rendir cuentas por nuestra debilidad en la acción en lugar de autoengañarnos buscando chivos expiatorios es hacerse cargo de la propia vida, ser responsables, y esa es la cultura necesaria, porque mérito y esfuerzo no son sinónimos, como tampoco lo son responsabilidad y culpa. Dejemos el esfuerzo y la culpa para los catecismos y eduquemos en la valentía de asumirse cada uno como su propio destino. Tiempo habrá de entender qué cosas no dependen de nosotros, porque si partiéramos de ellas podríamos concluir que nada está en nuestra mano, y si nosotros mismos estamos dispuestos a tenernos por marionetas no podemos esperar que los demás no nos traten como tales.

viernes, 3 de agosto de 2012

El problema de España

          "La decadencia española consiste pura y simplemente en falta de ciencia, en privación de teoría" sentenciaba Ortega hace poco menos de un siglo, y me temo que esto no es menos cierto ahora. Para Ortega, España en sí misma era un problema filosófico pues, a diferencia de Europa que representaría la actitud científica, nuestro país trataba de construir el conocimiento sobre los cimientos de un subjetivismo visceral. Frente al rigor, la precisión y el método del objetivismo europeo que garantiza una discusión racional como camino hacia la verdad, en España "alabamos o contradecimos con los nervios" sobre cuestiones no definidas previamente, confusas, tratadas sin método alguno y sin acuerdo sobre los criterios que permitirían a una de las partes en liza ceder ante los argumentos de la otra parte. El objetivismo europeo permite la construcción de teorías, de las que se compone la ciencia, mientras que el voluntarismo español no genera sino ideales (ni siquiera ideas), que nunca logran constituir un saber en tanto son puramente subjetivos, y por tanto inconmensurables.
          Es cierto que Ortega abandonó esta primera etapa objetivista dando paso al perspectivismo, y que la posmodernidad en que vivimos representa el fin de los grandes relatos, pero cabe entender ambos hechos no como el fin absoluto de la objetividad y de los metarelatos históricos, sino del dogmatismo objetivista y teleológico de la modernidad, esto es, la asunción de que nuestra fe en la razón y la historia debe cohabitar con una cierta distancia irónica (algo así como las reservas con que Sócrates trataba el conocimiento aun estando dispuesto a defenderlo con su vida). Creo que el diagnóstico de Ortega es acertado, "España es el problema y Europa es la solución". No, obviamente, por el inminente rescate, sino desde el punto de vista de la actitud respecto del conocimiento, del método, del rigor, del esfuerzo y el trabajo incluso. España (y el resto de países rescatados o en vías de rescate) está aún a medio europeizar, y quiero tentar aquí un pequeño relato indagando sobre las causas de este atraso que dura ya siglos y que ingenuamente creímos haber enterrado, pero que la realidad se ha ocupado de sacar de nuevo a la superficie de forma brutal.
          Mi metarelato no es muy original, es también bastante clásico: la culpa la tiene la Iglesia. Pero no la institución, sino los valores que esa institución representa y que han ido calando hasta el tuétano de los españoles, incluso de aquellos que ahora no reconocen autoridad alguna a la Iglesia sino todo lo contrario (porque aquí, la izquierda, es tan católica en su izquierdismo como la derecha en su derechismo, de ahí esas frases manidas, tontorronas y en el fondo ultraconservadoras de "Jesús era de izquierdas" que con cierta autocomplacencia recitan como una letanía algunos pseudoateos de la pseudoizquierda). Y creo que concretamente atenaza el progreso de España un valor, o una idea: esfuerzo equivale a sacrificio.
          A poco weberiano que se ponga uno, creo que es difícil no atribuir parte de nuestro desastre a la cultura del catolicismo frente a la del protestantismo, de ahí la gravedad de la crisis en Portugal, Irlanda, Italia, España y en la ortodoxa Grecia. La del catolicismo es una cultura del pelotazo espiritual que se aplica a la vida en general, un arrepentimiento de última hora permite obtener el máximo premio, que en el caso del protestantismo es incierto. Basta la extrema unción y por arte de birlibirloque una vida de latrocinio es purgada y el paraíso queda asegurado. La tan cacareada cultura del esfuerzo de la derecha española es irreal porque en la cultura católica el esfuerzo se entiende como sacrificio, no como trabajo. En España el sufrimiento es un fin en sí mismo, es nihilismo puro, es el dolor por sí solo lo que acerca a Dios y no la prosperidad que resulta del mérito. La desgracia es lo que garantiza el Cielo, la prosperidad no es un indicio, como en el protestantismo, del amor de Dios, pues se sobreentiende que dicha prosperidad no tiene que ver con el trabajo sino con la buena familia, el apellido, la nación, las creencias... o en general con estar en el bando de los buenos. Lo importante es pertenecer a la ecclesia, a la comunidad (adecuada, auténtica, pura). Así que de cultura del mérito y el esfuerzo, nada, vivimos en una especie de aristocracia salvífica.
          Un elemento que los países de la Europa mediterránea tienen en común (y diría que no es sino un corolario del catolicismo) es el machismo, que es lo que hace, entre otras cosas que la productividad no se mida en objetivos cumplidos, sino en tiempo. Esos machotes que parecen odiar a su familia y entienden el trabajo como pasar el día en la oficina sin llegar a casa más que cuando los hijos están dormidos, o como mucho listos para un besito de buenas noches, conducen a esa demencial jornada laboral del sector privado que empieza tarde y acaba más tarde aún, con una enorme pausa para comer. Una vez más el esfuerzo se entiende como sacrificio y no como trabajo: hay que sacrificar la familia, o las vacaciones, o los hobbies, o, ¿por qué no?, la felicidad. En España lo que mide el esfuerzo realizado es el tiempo dedicado a la labor que sea y no los resultados obtenidos, se paga la hora extra, no el contenido de dicha hora, se entiende que trabaja mucho quien pasa muchas horas en el trabajo. A parte de porque pone el acento no ya en el trabajador sino en el empleador, el cambio de nombre del Ministerio de Trabajo por el de Ministerio de Empleo es significativo, pues un empleo se define en el fondo por la pertenencia a una plantilla (una vez más no importa el hacer, sino el ser, el pertenecer) pero el trabajo consiste en la labor realizada, en la tarea, en la producción. Las agencias de empleo son agencias de colocación, precisamente lo que hacen al emplear es colocar a alguien en un lugar, ubicarle. Nótese la diferencia entre "he conseguido trabajo" y "he conseguido un empleo", ambas expresiones no son equivalentes, en la primera se sobreentiende que uno ha encontrado una labor que realizar (remunerada por supuesto), en la segunda una colocación, una fuente de ingresos (sea la labor que sea). La diferencia es sutil, pero por eso puede encontrarse "trabajo" pero no "empleo" sino "un empleo", esto es, una forma de ser empleado, una utilidad para alguien. De los escalones que distingue Hanna Arendt, no es que no alcancemos el nivel de la vita activa, es que ni siquiera alcanzamos el de homo faber, somos meros animal laborans. No se valora otro fruto del trabajo que el que sea medio de subsistencia, porque en eso consiste precisamente el sacrificio (esto es, según nuestra cultura, el esfuerzo) en renunciar a disfrutar la vida por sí misma, incluso en la acción productiva, el trabajo será mera ocupación, el premio está más allá de la vida. Y así es imposible generar un sistema productivo competitivo, dado que no creemos en esa competición, sino en la remuneración del tiempo de sufrimiento, que es lo que entendemos por trabajo, y por ello nuestro sector privado en gran parte no participa del liberalismo, sino de una cultura de la subvención (por poner un ejemplo, la mayor parte de colegios privados no busca clientes para su servicio, busca el concierto, esto es, que el Estado subvencione su servicio).
          En fin, deberíamos entender el trabajo como praxis, como acción transformadora, pero no, es mero "sudor de la frente" con que ganar el pan, aunque eso no debería preocuparnos porque, ya se sabe, frente a nuestra desidia y desdicha, Dios (el Estado, la nación, el partido, papá...) proveerá.
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