Mostrando entradas con la etiqueta Historia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Historia. Mostrar todas las entradas

domingo, 12 de mayo de 2013

¿El 15M eran los padres?

          Antes de comenzar quiero dejar clara una cosa: para mí el 15M no ha sido estéril sino muy productivo, ha sido una rebelión necesaria de evolución (citando a una tradición filosófica que odio) rizomática, por lo que ha dado sensación de dispersión cuando en realidad se ha tratado de una expansión subterránea, algo que ha llegado a impregnar nuestra sociedad en su sustrato. Lo que ha quedado en ese sustrato no siempre ha llegado a aflorar, pero lo hará, espero que para bien, y en ocasiones, con más o menos vigor, ya lo ha hecho (el 15MpaRato es un ejemplo y una flor que me parece especialmente prometedora es el Partido X). En este artículo quiero mostrar mis anhelos frustrados pero eso no significa que abjure del 15M, ni de lo que representó, ni que no me tenga ya por 15M. Siguiendo con la metáfora, me habría gustado que el 15M hubiese germinado en un gran y único árbol del cual hubiesen podido surgir las ramas más variopintas, pues creo que si intentara nacer y crecer ese árbol ahora, dos años después, carecería de la fuerza necesaria, y todas las ramas serían prácticamente idénticas porque las ideologías de las que se nutre el movimiento han tendido a homogeneizarse. Así pues no quiero criticar el espíritu del 15M, siempre lo defenderé y lo llevaré dentro, sino hablar de su materialización, porque ese espíritu era solo ser en potencia, y no ha llegado a ser en acto de tanto pensar cómo debía actualizarse. Defiendo aquí que el 15M ha sido una oportunidad perdida, y por ello hablo de ello en pasado a pesar de que siga existiendo, porque creo que fue una ilusión, en tanto que esperanza pero también en tanto que espejismo. No, España no había madurado tanto como parecía hace dos años. Eso sí, el 15M fue un enorme revulsivo, creo que fue por fin el pistoletazo de salida de la definitiva democratización de nuestro país, el principio del fin de la transición en que llevamos inmersos más de 30 años. El 15M ha dejado muy buenos posos, ya es algo, pudo ser más.
 
 
          ¿Por qué algunos no estamos hoy en Sol y otros sí? ¿Qué ha fallado? Que el 15M nació con un error congénito. Tanto unos como otros, los que siguen y los que ya no estamos, nos equivocamos creyendo que éramos más de los que realmente éramos, porque en realidad muchos no estábamos en lo mismo, estábamos contiguos pero no unidos. Unos se (lo) han quedado, otros nos hemos ido quedando. Unos han tomado el centro y otros hemos aparecido en los suburbios del 15M.
 
 
          Aquellos que queríamos más democracia y aquellos que querían un tipo concreto de democracia, para entendernos: los republicanos y los socialistas (en toda su rica variedad). A pequeña escala el teatro de operaciones de la 2ª República Española: la división entre aquellos que querían república y los que lo que querían era una república popular, esos que siguen pensado que la república es en esencia de izquierdas, cuando en realidad las únicas republicas explícitamente de izquierdas han sido las dictaduras comunistas, o sea, falsas repúblicas.
          Permítanme por favor ahondar en este asunto de la 2ª República que veo, salvadas las enormes distancias, extrapolable a la evolución histórica del 15M porque, por así decirlo, en el 15M inicial cabían los Azaña, Alcalá-Zamora e incluso los Lerroux, pero poco a poco hasta los Prieto fueron puestos bajo sospecha y ya solo se pudo estar a la izquierda de Largo Caballero. Cada vez veo en las manifestaciones más banderas republicanas con una estrella roja en el centro que jamás tuvo la tricolor, es el símbolo que enarbolan aquellos que tienen una imagen de la 2ª República como una república de izquierdas, pero si eso fue así habría que preguntarse por qué hubo una suerte de revolución en 1934, ¿habría tenido sentido en una república de izquierdas? Obviamente no. Alguien dirá, "es que la revolución no era contra la República, sino contra el gobierno de la derecha". O sea, que efectivamente era contra la República, porque las repúblicas, las democracias, tienen esas cosas, que igual puede gobernar la izquierda que la derecha porque existe pluralismo político, y no una ideología de Estado impuesta a todos sus ciudadanos. Al final fracasó aquel intento de acabar con la República y por desgracia triunfó el segundo intento, el golpe de estado franquista. Siempre digo lo mismo, pero el problema de la 2ª República Española es que apenas había republicanos. Algunas actitudes me hacen preguntarme si en esta democracia actual, en forma de monarquía parlamentaria, no ocurrirá también que los demócratas escasean, puesto que muchos anhelan los 40 años de franquismo, y otros tantos sueñan con una república popular.
 
 
          Pues bien, estos acabaron triunfando, son mayoría en el 15M activo presente, muchos intentábamos democratizar este país, perseguíamos estructuras de participación en que cupieran todas las ideologías, no porque no tuviéramos la nuestra, sino porque lo que queríamos era cambiar las reglas del juego para que fuesen más justas. Otros claramente no querían cambiar las reglas del juego, querían ganarlo haciendo las reglas a su medida, porque dan por hecho que la justicia reside en ellos, y no en la forma en que se llega a ganar. Imaginemos un juego para seis jugadores con fichas de seis colores distintos, imaginemos que las reglas del juego impidieran de facto que los verdes ganaran nunca, o que el punto de partida de los rojos y azules fuese claramente ventajoso, o que el jugador amarillo fuese al mismo tiempo jugador y árbitro. En fin, imaginemos que fuera lo que en el argot de los jugadores se llama un "juego roto" (mal diseñado), el 15M nace de la constatación de que nuestra democracia actual es un juego roto en este sentido. El 15M en el que yo creía, en el que yo estaba, a pesar de que la mayor parte de nosotros fuéramos, por ejemplo, verdes y negros, buscaba que las reglas fueran más justas para todos, aún cuando esas nuevas reglas no fueran a garantizar ni mucho menos la victoria de verdes y negros. No se trataba de defender los intereses/ideas de unos u otros, sino unas reglas de juego justas, en que cualquiera pudiera luchar por sus intereses en igualdad de condiciones. En eso, en cambiar las reglas del juego podíamos ponernos de acuerdo todos.
 
 
          Muchos pensamos en un principio que había que alcanzar un consenso de mínimos, para algunos dichos mínimos eran ínfimos porque ellos defendían una postura maximalista, unas políticas concretas, el triunfo de las fichas de su color, y no unas nuevas reglas de juego. Algunos plantearon la conveniencia de crear un partido político, y aquel habría sido el momento de haberlo creado, en que el 15M rezumaba un pluralismo casi ingenuo, casi imposible. Las primeras semanas de la acampada de Sol fueron algo único: todo el mundo acudía, la realidad de las asambleas era absolutamente variopinta, un ágora auténtica. Creo que entonces la oportunidad de algo grande, algo nuevo, se perdió. Algunos están ahora en lo que estábamos muchos hace dos años, y es así porque sencillamente ya todos están de acuerdo no porque las razones les hayan permitido llegar a algún consenso, sino porque ha desaparecido el disidente y ya solo están los que comparten los mismos principios ideológicos, ya son todos de la misma familia, no hace falta casarse con nadie. En fin, ahora ya vale crear un partido 15M porque sería de izquierdas, y no aquello del principio en que cabíamos todos. ¿Para qué ir despacio si se iba a llegar tan lejos como ya querían muchos llegar desde el principio, a un partido? Pues para ir haciendo una limpieza ideológica pasiva (sin purgas efectivas, boicoteando algunas acciones, colmando la paciencia de las minorías). La realidad es que se ha perdido un tiempo valioso, muchos quincemayistas han (hemos) encontrado acomodo en algún otro lugar o se han sumido de nuevo en la desesperanza. O tal vez no se ha perdido el tiempo en absoluto: ya no estamos los que nunca debimos estar, los que estorbábamos, los que no sabíamos que aquello no era algo nuevo sino lo de siempre, los ilusos, los que creíamos que habían venido los Reyes Magos. Mierda, eran los padres.
 
 
          Intuyo que este año habrá menos gente que el anterior y mucha menos que hace dos, y sin embargo hay más motivos que entonces para la indignación. ¿Qué ha fallado? Que muchos creímos que el 15M era una cosa y resultó no serlo, o tal vez si lo era, pero algunos decidieron que no debía serlo. Quienes han capitalizado el movimiento, quienes han suprimido el "no somos de derechas ni de izquierdas" porque efectivamente no son de izquierdas, sino muy de izquerdas, tal vez tenían razón, tal vez siempre la tuvieron y algunos ingenuos participamos de algo que no era lo que creíamos, no era un hito en nuestra historia, no era la ocasión por fin del todos a una. Pero yo creo que sí lo era, y que algunos intolerantes quisieron que no fuera de todos sino solo suyo. Algunos se dedicaron a boicotear acciones y propuestas ajenas, ¿ocurrió eso al revés, boicoteamos los "inclusivistas" acción alguna? ¿Qué actitud demuestra más voluntad democrática, la de aquelllos que admiten propuestas aunque no las compartan, o la de aquellos que dedicidamente boicotean las propuestas que no comparten? Unos han quedado, otros ya no estamos, no sé si el 15M fue una ilusión de la cual soy culpable o no, tal vez nunca fue lo que yo creía, tal vez sí pero no supe luchar porque siguiera siéndolo. El 15M para mí suponía un movimiento que trataba de generar unas nuevas condiciones de posibilidad para la política, y no un movimiento de una política concreta, el 15M era una revolución de la forma, no del contenido. Eso creí yo, veamos este segundo aniversario si había muchos como yo o fuimos unos pocos ingenuos, porque hace dos años fuimos muchos, hace uno algunos menos. Y sin embargo, no por eso el 15M se perderá como lágrimas en la lluvia, ha calado dentro, en los huesos, ya está en el tuétano de muchos de nosotros y ya no consentiremos nunca más la impunidad, el fatalismo con que tratan de silenciar nuestra voluntad, nuestra responsabilidad como ciudadanos.
 
 
          Algunos ya no militamos en el 15M, pero ya nunca podremos volver a la autoculpable minoría de edad de la que nos hizo salir, sabemos que no estamos solos, sabemos que sí se puede, ya no volveremos a nuestro letargo, algo ha cambiado, nosotros, ya nada es invisible, ya nada es imposible, ya no renunciamos a ir lejos, aunque lleguemos todos por caminos muy distintos.

viernes, 10 de febrero de 2012

Qué es y qué no es la memoria histórica

          En 1994, tras la victoria electoral en Sudáfrica del Congreso Nacional Africano de Nelson Mandela, se crea la Comisión para la Verdad y la Reconciliación cuyo lema es "Sin perdón no hay futuro, pero sin confesión no puede haber perdón". La idea general de dicha comisión, como la de aquellas que tendrán lugar más tarde en América Latina, es que es necesario purgar la violencia pasada mediante el reconocimiento público del daño sufrido por las víctimas, otorgándole así a estas una reparación moral al hacer oficial su estatuto de víctimas de violaciones de derechos humanos, sin por ello hacer valer el principio fiat iustitia pereat mundus que impediría la reconciliación nacional. Se trata de condenar desde la democracia los ataques a la democracia misma personalizados en las agresiones concretas a las víctimas, y así restaurar la confianza en unas instituciones que de lo contrario estarían siempre bajo sospecha de amparar o justificar las violaciones de derechos humanos.
          Con este mismo fin, la construcción de una cultura democrática que ponga término al rencor y el revanchismo, además de medidas como las citadas comisiones de verdad, dentro del ejercicio de la memoria histórica, esto es, de la visibilización de un daño opaco o no reconocido oficialmente hasta ese momento, caerían también la eliminación de elementos que hagan apología de principios o personajes responsables de la violencia y el rescate de rastros materiales del daño perpetrado en el pasado mediante, por ejemplo, la restauración y exhibición desde un punto de vista crítico de campos de concentración u otros escenarios de crímenes contra la Humanidad. He aquí un ejemplo, el campo de concentración de Sachsenhausen, especialmente interesante en tanto rememora el terror de Hitler y de Stalin.
          Estas son pues las dos patas principales de la memoria histórica: el reconocimiento público del daño de las víctimas y su reparación, y la condena oficial de las instituciones o los principios que generaron ese daño. Y de hecho en eso consiste la mal llamada "ley para la memoria histórica" española, cuyo nombre real reza así: Ley por la que se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas en favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la Guerra Civil y la Dictadura. Pero si de eso se trata, ¿qué no es entonces la memoria histórica?

          El reconocimiento de las víctimas del franquismo no es una revancha, porque las víctimas no piden el enjuiciamiento y penas para sus verdugos más allá de la confesión pública de sus crímenes y el reconocimiento del daño causado. Los familiares de víctimas de la Guerra Civil y de la represión franquista no piden enterrar a los asesinos en las fosas comunes en que yacen los cuerpos de sus víctimas, sino el reconocimiento oficial de dichas víctimas como tales (y no como "desaparecidos" o "delincuentes"), la condena del daño que sufrieron y la recuperación, si posible, de los cuerpos. Se trata de que haya un relato público de los hechos y del daño sufrido reconocido como tal daño, esto es, injustificado, indignante, contrario a los principios que animan la democracia. Recuerdo y condena, hacer visible lo invisible.
          "¡Pero hubo víctimas en los dos bandos que se enfrentaron en la Guerra Civil!", se afanan en destacar algunos. Cierto, y todas ellas merecen reconocimiento y reparación, pero hasta ahora solo a las víctimas del bando republicano les han sido negados pues en los años posteriores a la guerra el régimen franquista ya llevó a cabo esa tarea de reconocimiento y reparación de sus propias víctimas en la Causa General instruida por el Ministerio Fiscal sobre la dominación roja en España. Por cierto que el resultado de la Causa General sí fue la persecución, encarcelamiento y fusilamiento de quienes fueron hallados culpables, y por ello no puede considerarse un proceso cuyo fin fuera la reconciliación. Aquello sí fue la institucionalización de la revancha, y por ello sufrieron penas de cárcel personas como Melchor Rodríguez, culpable de ser anarquista y defender la República pero sin crimen alguno en su haber (muy al contrario, se enfrentó durante la guerra a quienes estaban llevando a cabo las "sacas" de prisioneros de la cárceles de Madrid  para su fusilamiento, llegando a amenazar con armar a los reclusos para que se defendieran, un acto de valentía y humanidad que llevó a los franquistas a apodarle "el ángel rojo"). No fue pues la Causa General una comisión de verdad al uso, sino que fue más allá, y por eso no tiene sentido insistir en la reparación de las víctimas de los crímenes que cometió el bando republicano, pues esta ya tuvo lugar con creces, salvo en el caso de aquellas víctimas cuyo daño no fuera reconocido en el proceso de la Causa General (y seguro que las hubo y merecen su reconocimiento hoy tanto como las víctimas del franquismo).

          La eliminación o alteración de símbolos y monumentos franquistas no es borrar la historia, porque esta existe en los libros, manuales y artículos de historia de los cuales nada se va a borrar, los monumentos no son en sí mismos hechos históricos susceptibles de ser borrados, sino celebraciones de acontecimientos históricos. Una estatua, una placa conmemorativa, el nombre de una calle, un arco de triunfo no son historia, sino el soporte físico de una opinión, la materialización de un juicio de valor (laudatorio) acerca de un hecho histórico. Por muchas estatuas ecuestres de Franco que se eliminen de las plazas de las ciudades españolas Franco no desaparecerá de los libros de historia. Los monumentos ensalzan, no así la historia, que debe usar el método científico dentro de sus limitaciones como ciencia del espíritu, y cuyos profesionales son los historiadores y no políticos, periodistas, ideólogos o apologetas (lo siento por revisionistas panfletarios como Pío Moa o César Vidal, dejen la historia a los historiadores). La erección de un monumento es un acto artístico y político, no así la investigación historiográfica. ¿Deben pues eliminarse todos los monumentos en pos de la asepsis científica? No, solo aquellos que por ensalzar valores antidemocráticos supongan denigrar a las víctimas cuyo daño la democracia trata de reparar, y esto excluye los monumentos a las propias víctimas como, por ejemplo, el de Calvo Sotelo, cuya figura conviene recordar como acto simbólico de condena a su asesinato y por ende al resto de asesinatos por motivos políticos. Muy diferente es el caso de arcos del triunfo como el llamado Arco de la Victoria o el nombre de calles de genocidas como Queipo de Llano o Juan Yagüe. Si se trata de construir democracia, ¿qué sentido tiene celebrar figuras y valores antidemocráticos? Para no repetir la historia, para aprender de sus atrocidades, basta con la propia historia y es contraproducente mantener símbolos que justifiquen o incluso celebren dichas atrocidades, en todo caso sí convendría elaborar centros de la memoria a imagen y semejanza de los que existen en Alemania, o añadir a las listas de caídos de muchos cementerios e iglesias a aquellos que no figuran en ellas por haber pertenecido al bando de los vencidos.

          Todo cuanto he dicho hasta ahora no conlleva una defensa de los excesos de ninguno de los dos bandos de la Guerra Civil, tan condenables son las checas y la matanza de Paracuellos como los paseos y la masacre de Badajoz. Pero esto no supone una equidistancia entre la 2ª República y el franquismo, no hay simetría entre ambos regímenes como la que pudiera haber entre el totalitarismo nazi y el de los jemeres rojos de Pol Pot, y con esto voy ya más allá de la mera memoria histórica y paso a tratar de hacer un poco de justicia histórica por higiene democrática.
          Consideremos por un momento lo que supondría nombrar a una plaza "14 de Abril", "18 de Julio" o "1º de Abril". En el primer caso, ¿qué conmemora la fecha? Las consecuencias de un triunfo electoral. Precisamente uno de los rasgos que definen una democracia, las elecciones. Ciertamente la 2ª República funcionó como una democracia muy imperfecta, pero no porque sus valores no fueran auténticamente democráticos, sino porque la gran mayoría de sus actores no lo eran, ni en la izquierda ni en la derecha. Pero que los anhelos totalitaristas amenazasen la 2ª República a diestra y siniestra no la convierte en un regimen antidemocrático, convierte en antidemócratas a sus habitantes. Pensemos ahora en las otras dos fechas, una conmemora un golpe de Estado y la otra la victoria de una parte de los españoles sobre la otra parte. ¿Son estos hechos que puedan ayudar a construir una democracia, presumen las democracias de basarse en guerras civiles y golpes de Estado, es acaso democrática la imposición violenta, son esos los cimientos de una sociedad democrática? No. No es posible establecer simetría alguna entre la 2ª Republica y el franquismo, aquella no es el reverso rojo del segundo, nuestra Constitución podría beber (y de hecho bebe) de los valores de la Constitución de la 2ª República, pero no podría hacerlo de los valores del franquismo, o al hacerlo debería renunciar a los valores democráticos, esto es, a ser una auténtica constitución.
          Y ahora iré un paso más allá, no se trata solo de que el orden republicano fuese legítimo y no así el del regimen franquista, o que la 2ª República fuese una democracia (trufada por desgracia de actos antidemocráticos) y el franquismo una dictadura, sino que las atrocidades cometidas durante la Guerra Civil por uno y otro bando tienen, en gran parte que no en su totalidad, un carácter distinto: las que tenían lugar en suelo republicano se hacían contra la ley, contra el orden republicano, las que tenían lugar en suelo franquista conforme a la ley. Las sacas de la Modelo y otras cárceles madrileñas que acabaron con la vida de miles de presos políticos seguramente fueron orquestadas por parte de la Junta de Defensa de Madrid, con lo que tenían como mínimo un carácter semi-oficial, pero fue la propia República quien les puso fin y no el absoluto exterminio del contrario. En el bando franquista en cambio la consigna oficial era la aniquilación del adversario. No hubo voces del lado franquista que condenaran como sí lo hace Julián Zugazagoitia, diputado socialista en la 2ª República, los crímenes del bando propio. No es posible encontrar un testimonio tan crítico con los desmanes propios como Guerra y vicisitudes de los españoles entre los partidarios de Franco.
          Conocemos estos hechos y podemos sacar estas conclusiones porque no es cierto que haya habido, como suele afirmarse muy a la ligera, un "pacto de silencio". Desde el inicio de la democracia la investigación historiográfica en torno a la Guerra Civil y el franquismo no ha sido refrenada en absoluto sino todo lo contrario, el acuerdo que tiene lugar en la Transición no es el de sumir en el olvido la Guerra Civil sino, como le oí decir en una conferencia a Javier Rodrigo, autor de Los campos de concentración franquistas: entre la historia y la memoria, el de no instrumentalizar políticamente ni el franquismo ni la Guerra Civil, pacto que se ha roto ya al llegar al poder una generación de políticos que no participó en la Transición. Entiendo que se les acuse de romper unilateralmente aquel pacto tácito, pero aquellos que más fieramente acusan a estos políticos de abrir viejas heridas son quienes les echan sal para que no cicatricen por no condenar firmemente el golpe de Estado del 36 y la dictadura franquista. ¿Si de verdad se quiere olvidar aquello, entonces por qué resistirse a eliminar del callejero aquello que lo recuerda constantemente? El argumento del olvido restañador de heridas es hipócrita mientras siga habiendo monumentos y calles que no hagan otra cosa que recordar continuamente a aquellos que causaron ese daño que ahora es necesario reparar. Todos aspiramos al cierre definitivo de las heridas de la Guerra Civil, pero cada vez que veo una "Avenida del 18 de Julio" en alguna ciudad de España me resulta imposible no pensar en mi abuelo encarcelado durante la guerra por el simple hecho de ser maestro y de ser republicano, pero no por haber hecho jamás ningún mal a nadie. Cuando ya no haya en todo el país nombres de calles que recuerden injusticias como esa se habrá consumado, por fin, la ansiada reconciliación.

          "Pero es obligación moral, sobre todo de los que padecen la guerra, cuando se acabe como nosotros queremos que se acabe, sacar de la lección y de la musa del escarmiento el mayor bien posible, y cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones, que se acordaran, si alguna vez sienten que les hierve la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelve a enfurecerse con la intolerancia y con el odio y con el apetito de destrucción, que piensen en los muertos y que escuchen su lección: [...] Paz, Piedad y Perdón." Manuel Azaña, Discurso en el Ayuntamiento de Barcelona (18 de julio de 1938).


lunes, 24 de octubre de 2011

Por qué soy antinacionalista

          El título de esta nueva entrada puede dar pie a multitud de equívocos, así que voy a dedicarle unas líneas a deshacer aquellos que puedo anticipar.
          La primera aclaración que he de hacer se refiere al sujeto elíptico de esa oración, "yo". ¿Por qué iban a interesarle a nadie mis motivos personales para criticar a los nacionalismos? Seguramente no hay razón alguna para ello, y de ahí que no vaya a rastrear en mi biografía para descubrir las causas que me llevaron a rechazar el nacionalismo (aunque las haya, como que mi abuelo fuera represaliado por el franquismo) sino que vaya a exponer, entre las muchas razones posibles para hacerlo, aquellas que me parecen más significativas. Y personalizo la cuestión porque es la única forma a mi alcance de abarcarla con la brevedad que requiere un artículo. No es el origen de mis ideas lo que importa, sino sus fundamentos, pues a diferencia de aquel estos pueden ser compartidos.
          Una segunda aclaración tiene que ver con el término "antinacionalista". ¿Qué quiere decir eso? ¿Acaso que rechazo la legitimidad de uno o algunos nacionalismos, pero no en cambio de otros? Pues no. Hablo de un genuino antinacionalismo igual que podría hablar del ateísmo. Ser ateo no significa que uno rechaze una determinada confesión pero en cambio apruebe otra, no, se trata de un auténtico estado escéptico respecto de todas las confesiones posibles (y eso no quiere decir que no se respete a quienes las profesan). Así, en lo tocante al nacionalismo, soy ateo.
          Por fin, la tercera y última aclaración. ¿Qué es nacionalismo? En España el debate del nacionalismo está tan intoxicado que un gran sector de la población considera que solo son nacionalistas los movimientos independentistas como el vasco o el catalán. Y no es así, el nacionalismo mayoritario en el país es el español. Mi crítica se extiende a todos por igual. ¿Qué los une? Diría que se basan en un sentimiento identitario según el cual la pertenencia a una nación depende de poseer ciertos rasgos sustanciales que según ellos constituyen la esencia de dicha nación. O por recurrir a una definición más científica: "el nacionalismo es un principio político que sostiene que debe haber congruencia entre la unidad nacional y la política". (E. Gellner, Naciones y nacionalismo) ¿Qué es "unidad nacional"? Esto es, ¿qué es "nación"? La respuesta a esta pregunta constituye mi primera razón para ser antinacionalista.

          1º - Porque no creo en las naciones, y no puedo por tanto defender la congruencia entre la unidad política y algo que no existe. El concepto de nación surgió en América, acuñado no por los indígenas, sino por los colonos ansiosos de dejar de pagar impuestos a la metrópoli de la que eran hijos. Y dicho concepto se convirtió en la herramienta que permitiría a los revolucionarios de EEUU y de Francia distinguir entre un pueblo soberano y uno de súbditos, la nación se empieza a definir históricamente por oposición al tirano o al monarca. Y el modelo de Estado-nación es el resultado de la sustanciación de esa soberanía popular, pero en un Estado una nación es equivalente a sus ciudadanos, no hay otro criterio que permita aunar eficazmente el contenido de "nación". Si recurrimos al criterio territorio, ¿qué hay de una autodenominada nación como la gitana, que es nómada, o es que hay que admitir que la orografía define a los seres humanos? Si recurrimos al criterio lengua, ¿es que entonces lo peruanos hispanohablantes son españoles, o un valenciano catalanoparlante no lo es, aunque se considere a sí mismo como tal? Si recurrimos al criterio de la unidad histórica, ¿es que la nación se basa en la extensión de los dominios de un determinado monarca, en sus éxitos en las batallas? Si se trata del sentimiento identitario, ¿es que yo soy elenista, porque yo a quien me siento pertenecer, mi patria, es a mi mujer? No existe ningún criterio objetivo que permita aislar a una nación, salvo los criterios jurídicos, pero en ese caso no tiene sentido el principio de la congruencia entre identidad nacional y política, pues serían equivalentes. Y en cuanto a los criterios subjetivos, como los sentimientos, por definición no son un criterio objetivable, y podría haber tantas naciones como sujetos.

          2º - Porque soy nietzscheano, y no puedo por tanto defender ningún tipo de transmundo. Las naciones como un más allá inalcanzable, o como un más acá intangible, son entidades generadoras de nihilismo, negación de la vida, en tanto subordinan el ahora, aunque imperfecto, a un futuro perfecto, esto es, subornidan el mundo real a un mundo ideal. El nacionalismo es un platonismo, y por tanto no es un sí a la vida sin condiciones, y eso es lo que hace que quepa matar o morir por ello, porque la nación está por encima de los vivientes, la "auténtica realidad" por encima de la realidad mundana, que sin embargo es la única que hay. "Y así también yo proyecté en otro tiempo mi ilusión más allá del hombre, lo mismo que todos los transmundanos. ¿Más allá del hombre en verdad? / ¡Ay, hermanos, ese dios que yo creé era obra humana y demencia humana, como todos los dioses! / Hombre era, y nada más que un pobre fragmento de hombre y de yo: de mi propia ceniza y de mi propia brasa surgió ese fantasma, y ¡en verdad! ¡no vino a mí desde el más allá! [...] / Sufrimiento sería ahora para mí, y tormento para el curado, creer en tales fantasmas: sufrimiento sería ahora para mí, y humillación. Así hablo yo a los transmundanos." (F. Nietzsche, Así habló Zaratustra)

          3º - Porque considero incoherente la idea de un derecho histórico, y no puedo por tanto defender una ideología que basa sus reivindicaciones en la existencia de dichos derechos. De ser históricos los derechos serían contingentes y locales, y no absolutos y universales, pero un derecho contingente es lo contrario mismo de un derecho. Es autocontradictorio defender que el derecho surge en un momento concreto, los derechos son innegociables e irrenunciables, una concesión histórica no lo es. Lo que surge en algún punto de la historia es el reconocimiento de un derecho preexistente, y por tanto ahistórico, atemporal, que si no es universalizable no es un derecho absoluto, sino relativo a ciertas circunstancias (concretamente a las circunstancias de ese momento histórico, y por tanto una vez desaparecidas dichas circunstancias, desaparece el presunto derecho). Si admitiésemos que la historia genera derechos habría que aceptar engendros tales como la hidalguía universal de los vizcaínos, los derechos dinásticos, los derechos de conquista o el derecho de pernada.

          Estas tres razones tienen dos corolarios: primero que los Estados (unidad política) se basan en contratos, en un pacto libre entre los ciudadanos y nada más; y segundo que ha de defenderse la diversidad cultural, pues no hay identidades privilegiadas, dado que son todas contingentes, y hay que favorecer la convivencia y no la asimilación, pues eso hace más rico a cualquier Estado (excluyendo aquellos rasgos culturales que entrañen violaciones de derechos humanos, y sean por tanto una amenaza para la posibilidad misma de la convivencia).

          Para terminar volveré al principio de la entrada, donde comparaba el ateísmo y el antinacionalismo. Vistos mis argumentos contra el segundo se verá que efectivamente entiendo el concepto de nación como el trasunto político de Dios (esta reflexión no es original, constituye la base de la obra Comunidades imaginadas de B. Anderson). No obstante hay una diferencia que hace que no pueda equipararlos completamente: las consecuencias perniciosas de ambos sistemas de creencias. Pienso, con Hume, que las religiones positivas, aún habiendo deparado en ocasiones cierto alivio a los más desafortunados, en general han hecho de este mundo un lugar peor. No pienso exactamente lo mismo del nacionalismo. Así ha sido en la inmensa mayoría de los casos: una gran parte de los totalitarismos del siglo XX es hija del nacionalismo (incluso totalitarismos a priori antinacionalistas como el soviético, acabaron impulsándolo). No obstante, el nacionalismo jugó un papel importante como idea fuerza en la descolonización (por desgracia eso revitalizó el nacionalismo en Europa, y creó la ilusión de que es posible un nacionalismo de izquierdas). Es el único resquicio que le concedo al nacionalismo, haber contribuido a liberar a aquellos pueblos que efectivamente habían sido conquistados por el imperialismo europeo (esto y no otra cosa llevó a recoger el derecho de libre determinación de los pueblos en el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos de las Naciones Unidas, el amparar jurídicamente el fin de la era colonial). Pero esto no invalida mis argumentos anteriores, porque si hay un ejemplo de que las naciones no existen, sino que se trata de creaciones absolutamente contingentes, ese es el de los países descolonizados, cuyas fronteras son absolutamente arbitrarias, pues se asientan en cómo pasaron el cuchillo en su día las metrópolis europeas cuando se repartieron el pastel. Una vez superada la fase de descolonización (aunque en el engranaje de la mundialización existan formas más sofisticadas de imperialismo), el nacionalismo como ideología emancipadora es tan caduco como la monarquía absolutista una vez superada la fase de las guerras entre señoríos, y sus constructos históricos tan acordes a la realidad como el ciclo artúrico.

          P.S. Si alguien está de verdad interesado en comprender el nacionalismo, debería ir más allá de estas brevísimas consideraciones. Me permito recomendar tres obras absolutamente fundamentales que suelen tenerse por estudios de referencia acerca de la cuestión nacionalista: Comunidades imaginadas (1983) de Benedict Anderson, Naciones y nacionalismo (1983) de Ernest Gellner y Naciones y nacionalismo desde 1870 (1990) de Eric Hobsbawm.

Licencia de Creative Commons
El niño que juega a los dados is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported License.