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jueves, 14 de junio de 2018

No soy un aliado, no estoy haciendo mansplaining y esto no son male tears

AVISO: absténgase machirulos, son el enemigo, esta entrada no les da la razón

Soy feminista. Mis creencias, deseos y acciones lo demuestran. Nadie puede decirme que no lo soy salvo que constate que mis creencias, mis deseos y mis acciones demuestren que no lo soy. Soy un varón en un sistema patriarcal, nadie puede dudarlo, así que posiblemente tendré creencias y deseos sexistas, y puede que cometa actos sexistas también, contra mi voluntad, contras mis creencias y deseos fundamentales, como excepción al patrón normal de mis acciones. Sí, lo sé, no es imposible que de cuando en cuando tenga comportamientos machistas. Son la excepción luego no me definen. Lo que hago ahora no es mansplaining (salvo que se pretenda que lo hago necesariamente solo por ser un varón explicando algo, lo cual es un ad hominem inaceptable), pero tiendo (o he tendido, pues me esfuerzo por cambiar) a hacerlo. Creo que es un comportamiento machista y que no debo tenerlo, me resisto a hacer mansplaining (me cuesta, pues tengo tendencia al “explaining” en general, soy profesor, es deformación profesional). Pero no, cada vez que un varón habla de feminismo con una mujer no es forzosamente un caso de mansplaining, es una discusión entre feministas de distinto sexo, nada más.
 Soy feminista porque defiendo la igualdad efectiva entre hombres y mujeres, ejerzo dicha igualdad en mi vida diaria, denuncio los prejuicios sexistas, conozco el pensamiento feminista y coincido con sus supuestos fundamentales (muy breve y concisamente: la existencia de un sistema patriarcal que atribuye unos determinados roles de género a cada sexo otorgando al género femenino, y así a las mujeres, un papel de subordinación al varón). También, trato de divulgar el feminismo desde este blog: https://elninoquejuegaalosdados.blogspot.com.es/search/label/Feminismo
¿Qué no soy? No soy una mujer, así que no puedo decir #MeToo, no soy víctima, pertenezco al bando de los opresores (pero eso no me convierte en opresor), no lucho por mis derechos (aunque el sistema patriarcal imponga un rol de género a los varones que no me guste, no deja de ser el rol que conlleva privilegios) sino por derechos ajenos, no puedo ni debo liderar esa lucha, no puedo tener voz como mujer, pues no lo soy. Convengo en que soy un aliado en la lucha por la igualdad, en el movimiento de las mujeres por la igualdad, pero no soy un aliado feminista. Soy feminista a secas, y varón.
No, cuando critico la teoría (o el artículo, o la ponencia) de una mujer dentro del feminismo no hago mansplaining. No cuando hablo de feminismo no hago mansplaining. Soy el profesor de la asignatura de Valores Éticos de mi instituto, es mi obligación hablar de feminismo a los alumnos. Tengo cromosomas y caracteres sexuales masculinos, pero he estudiado pensamiento feminista en la carrera, participé en la fundación de un grupo de estudios feministas en la facultad, acudo a manifestaciones del 8 de Marzo desde hace ya hace veinte años (os aseguro que entonces éramos bastante menos que ahora), y he leído y estudiado con devoción a Mary Wollstonecraft, Simone de Beauvoir, Betty Friedan y tantas otras pensadoras fundamentales (eso tampoco me convierte en autoridad, no es mi especialidad en el campo de la filosofía). También he leído (y escuchado) a grandes feministas españolas como Amelia Valcárcel y Celia Amorós. De esta última asumo la crítica a algunas posturas feministas desde otras posturas feministas, porque si critico el feminismo de la diferencia (o algunos aspectos del mismo) no es desde el machismo, es desde el feminismo de la igualdad. Si disiento del invento postmoderno del “falogocentrismo” es porque creo que precisamente el logocentrismo es nuestra única oportunidad para acabar con el falocentrismo. Critico ciertas ideas de la tercera ola porque beben de filósofos postmodernos a los que ataco fuera del feminismo por sus ideas en general. Parte de la teoría queer bebe de Derrida, difícilmente podré comulgar con dicha parte si critico en general la deconstrucción. A su vez, si critico aspectos del marxismo es lógico que critique el feminismo marxista, pero dicha crítica no viene desde el machismo, sino desde el feminismo liberal. Y no, no todo feminismo es necesariamente anticapitalista o tendríamos que expulsar del feminismo a una gran parte de sus teóricas fundamentales (aunque de hecho a algunas teóricas feministas se les acaba la sororidad cuando se trata de mujeres de derechas); y no, no todo liberalismo es neoliberalismo o liberalismo económico, Olympe de Gouges y Mary Wollstonecraft eran fundamentalmente liberales.
Tal vez soy un fósil de la segunda ola arrollado por la tercera, o algo peor, un partidario del feminismo de corte ilustrado. Pero creo que mi tarea es resistirme a que dentro del pensamiento feminista (otra cosa es dentro del activismo) pese otra cosa que los argumentos, pese quién los esgrime y sus cromosomas sexuales. Y no, esto no son male tears, sencillamente como feminista no me resigno a “callar y escuchar” como me recetó en su día la dueña del feminismo en Twitter, precisamente porque no soy capaz de permitir que el feminismo deje de ser un pensamiento vivo, una filosofía activa, una teoría crítica y se convierta en el dogma de algunas personas solo para unas pocas personas. Cuantos más seamos, más cerca estará la igualdad, y eso es lo que queremos, en nuestros hogares, en nuestros trabajos, en nuestros gobiernos, en nuestras calles.


miércoles, 9 de noviembre de 2016

Trumposos

          Un fantasma recorre el mundo, el fantasma del populismo. En Estados Unidos ese fantasma se ha materializado convirtiéndose ni más ni menos que en Presidente.
          No soy amigo de ninguna forma de populismo, pero sí distingo entre populismos de izquierdas y de derechas (véase la entrada Populismos), y puestos a elegir me quedo con el de izquierdas por un rasgo diferencial de los populismos diestros que para mí es crucial: la xenofobia. Todos los populismos actuales, dentro de todo el espectro ideológico, contienen un neonacionalismo en forma de defensa de la autarquía nacional disfrazado de rechazo a la globalización (Trump quiere añadir tasas a la importación, multar a empresas que deslocalicen, limitar el mercado internacional), también comparten el rechazo a una élite política y económica a la que no obstante en muchas ocasiones pertenecen los propios líderes de los movimientos populistas (Trump es millonario), pero el rechazo al extranjero es patrimonio de los populismos de derechas.
          Nacionalismo (frente a la pérdida de soberanía ante el FMI o la Comisión Europea) y rechazo a la democracia representativa (que enmascararía la oligarquía dicen) son temibles, pero lo que hace que esta década empiece a recordar peligrosamente a los años treinta del pasado siglo es añadirle a estos factores el racismo y la xenofobia del Frente Nacional, el UKIP, el Freiheitliche Partei Österreichs.... y ahora Trump.
          Se le puede reprochar a los populismos en general su demagogia, pero los populismos xenófobos son especialmente tramposos. Porque hay mucho de cierto en el relato de que una élite económica ha salido indemne de la crisis mientras que los demás hemos pagado sus desmanes, en que los partidos viejos son responsables de dicha crisis y que solo parecen perseguir perpetuarse en el poder y no el bien común, pero es de todo punto falso que los culpables de la crisis (del desempleo, de los bajos salarios, de la pérdida de derechos laborales) sean los emigrantes.
          El populismo se nutre de la vanidad de los electores que están deseando que alguien les diga que nada de lo malo que les ocurre tiene que ver con ellos, el chivo expiatorio por antonomasia son los inmigrantes, los extranjeros, los judíos, los gitanos... sí, la trampa de estos trumposos es vieja, pero parece que muchos siguen dispuestos a caer en ella. Y yo empiezo a temer que caigamos en horrores del pasado, entre otros el de creer cosas como "se moderará", "cuando llegue al poder no hará exactamente todo lo que dice", "las instituciones no pueden caer"... confundiendo deseos con realidad. Recuerdo ahora lo que se dice a sí mismo el padre de Wladyslaw Szpilman en la película El pianista de Roman Polanski cuando oye relatos terribles de lo que están haciendo los alemanes a los judíos, insistiendose en que no es posible que tengan lugar esas atrocidades. Nos autoengañamos pensando que no puede ser, y sí puede.
         "Nunca más" dijimos hace cincuenta años, pero se ve que cada generación solo es capaz de escarmentar en carne propia. Hijos de puta, juegan con las cartas marcadas y aún así ganan elecciones.

domingo, 3 de enero de 2016

Populismos

         Si populismo y demagogia son, como creo, prácticamente sinónimos, el populista es el enemigo acérrimo del filósofo, pues el populismo entrañaría tanto el uso recurrente de falacias (argumentos ad populum o sofismas patéticos) como escaso amor por la verdad y lo bueno (el demagogo amaría por contra lo verosímil y lo agradable, la opinión común aún a costa de lo cierto y lo justo). El populismo sería el gobierno del sentimiento y la intuición frente al de la razón y la argumentación. 
          En contra de esta idea se viene defendiendo recientemente que existe un populismo chachi que bebe de la obra del teórico postmaxista Ernesto Laclau. A mí el constructo teórico de Laclau de la “razón populista” (un oxímoron según lo dicho en el párrafo anterior) me parece neolengua, pero aquí lo voy a comprar. Pongamos que es adecuado distinguir entre un populismo (el bueno) donde el “populum” hace referencia al pueblo, al demos, y sus necesidades y demandas insatisfechas, variopintas y plurales agregadas hasta sumar una mayoría y que se oponen a las de una oligarquía que, en este sentido, estaría excluida del pueblo (por haber excluido previamente a este de las instituciones); y otro populismo (el malo) en que los ciudadanos son reducidos a un colectivo borroso a base de difuminar su individualidad y exaltar rasgos identitarios (esto es, son convertidos en lo que Ortega llamaba “hombre masa”) y sus sentimientos son instrumentalizados para crear un poder omnímodo que se erigiría en auténtico y único representante del auténtico pueblo (formado por aquellos que compartan los rasgos comunes exaltados). Por mor de la simplicidad llamemos a estos populismos “populismo de izquierdas” y "populismo de derechas” respectivamente.
          ¿Qué pinta tiene un discurso populista de izquierdas? Creo que este es un discurso que aplaudirían si no los dirigentes de un populismo de izquierdas, sí muchos de sus votantes: 
"Y, por último, el Estado liberal vino a depararnos la esclavitud económica, porque a los obreros, con trágico sarcasmo, se les decía: "Sois libres de trabajar lo que queráis; nadie puede compeleros a que aceptéis unas u otras condiciones; ahora bien: como nosotros somos los ricos, os ofrecemos las condiciones que nos parecen; vosotros, ciudadanos libres, si no queréis, no estáis obligados a aceptarlas; pero vosotros, ciudadanos pobres, si no aceptáis las condiciones que nosotros os impongamos, moriréis de hambre, rodeados de la máxima dignidad liberal"."
          Es obvio que el populismo es un antiliberalismo, y tiende a defender una forma superior de democracia frente a la liberal pues, como reza el texto anterior, el liberalismo entraña una falsa libertad en lo que se refiere a la clase obrera (en la dicotomía clásica, en el marco postmarxista hablaríamos del 99%, de “los de abajo”, de “la gente”) dado que no hay libertad sin los medios para ejercerla de forma efectiva. De hecho, en la teoría de Laclau, el populismo es caracterizado como un “discurso que trata de dirigirse a los excluidos por fuera de los canales de institucionalización”, esto es, a todos aquellos cuyas demandas son insatisfechas y que perciben dicha insatisfacción como exclusión del sistema (de las instituciones). La suma de los insatisfechos es un ente colectivo, “la pluralización de las demandas”, y por ello el populismo sería un antiliberalismo, pues el liberalismo en principio sería individualista (los sujetos de demandas, incluso agregadas, seguirían siendo los individuos, no un ente colectivo). 
          El fragmento anterior, no obstante, no pertenece a un todo que suela considerarse de izquierdas (como saben ya quienes hayan leído en mi blog “El 15M y los discursos para lelos”), pertenece a un discurso populista muy extendido en los años treinta en Europa: el fascismo. En concreto la cita anterior pertenece al manifiesto fundacional de la Falange. ¿Estoy diciendo que todo populismo es fascismo? No, lo reconozco, he hecho trampas, el discurso es más largo, no quiero caer en una falacia de falsa analogía. He aquí otro fragmento del mismo discurso:
“La Patria es una unidad total, en que se integran todos los individuos y todas las clases; la Patria no puede estar en manos de la clase más fuerte ni del partido mejor organizado. La Patria es una síntesis trascendente, una síntesis indivisible, con fines propios que cumplir; y nosotros lo que queremos es que el movimiento de este día, y el Estado que cree, sea el instrumento eficaz, autoritario, al servicio de una unidad indiscutible, de esa unidad permanente, de esa unidad irrevocable que se llama Patria.” 
          Este segundo fragmento hace ya perfectamente reconocible el populismo de derechas, esto es, el fascismo, porque el contenido de este segundo fragmento, el nacionalismo, es un ingrediente indispensable para hablar de fascismo, el componente antiliberal del primer fragmento no basta, es condición necesaria pero no suficiente, y pretender lo contrario sería una falacia de falsa analogía. El populismo de izquierdas sostiene un discurso antiliberal sin componentes xenófobos (de ahí la fallida participación de Jorge Vestrynge en Podemos, pues no se acomodaba a esta separación, y por eso muchos de los participantes en los círculos de Podemos no querían, con razón, la ansiada hegemonía a costa de integrar a sujetos como Vestrynge y su discurso contra la inmigración, por eso este no cabía en Podemos, porque quería el pack completo de antiliberalismo y xenofobia, porque Vestrynge obviamente nunca dejó de ser lo que había venido siendo toda su vida, un fascista que ha llevado su fascismo allí donde ha militado). 
          Para mí esta es una diferencia crucial entre el populismo de izquierdas y el de derechas, y si bien no soy populista, para mí es claramente peor el segundo, que no es otra cosa que el fascismo: un antiliberalismo xenófobo, un colectivismo identitario, un populismo nacionalista. Es una fórmula fácil de aprender: colectivismo + nacionalismo = fascismo.
          De esta forma, suponiendo que el populismo no fuera malo en sí mismo, sin duda el componente nacionalista lo pudre. Tal vez exista un nacionalismo no fascista, pero si el nacionalismo convive con el populismo entonces lo que tenemos es falangismo puro y duro. Así que el populismo haría muy bien en no hacerle el juego a discursos identitarios, porque todo discurso identitario es sencillamente xenófobo, porque la identidad propia se define por oposición al otro, al extranjero. El populismo no puede (o no debe) agregar cualquier demanda insatisfecha, sino solo las legítimas (¿qué habría de la demanda insatisfecha de vengarse por su cuenta, por ejemplo, de muchos familiares de víctimas de violaciones o asesinato?), esto es, aquellas que se refieran a derechos menoscabados en mayor o menor medida y que puedan ser satisfechas entro de la ley (aunque está por ver que un populismo que discriminase entre demandas insatisfechas pudiera tenerse por populismo en sentido laclauliano). No hay derechos menoscabados de los ciudadanos catalanes que defender (desafío a cualquier nacionalista a que sea capaz de citarme un solo derecho, uno solo, del cuál él carezca respecto a mí, madrileño, por el hecho de ser catalán), luego la defensa de la excepción para Cataluña es necesariamente la defensa de privilegios, esto es, de la superioridad de unos presuntos poseedores de la identidad catalana. No es compatible la izquierda con el nacionalismo, no es posible el populismo que confraterniza con el nacionalismo sin ser fascistoide. Y añado: con cualquier nacionalismo, porque soy radicalmente antinacionalista, a mi antinacionalismo no le añado ninguna coletilla como “catalán”, para mí no hay nacionalismos buenos o justificados (aunque no todos sean totalitaristas). Mi postura es camusiana, la del resistente. Defender que no se puede ser antinacionalista a secas, que siempre se es nacionalista respecto a una nación es tan falso como decir que solo hay tipos de fascismo, pero que no se puede ser genuinamente antifascista. Sí se puede.

viernes, 3 de julio de 2015

Este no es otro artículo para explicar qué está pasando en Grecia

          Vaya por delante que este no es otro artículo más para explicar qué está ocurriendo en Grecia. Carezco de elementos para elaborar una explicación profunda y dar una interpretación formada de los hechos. Por una parte mis conocimientos de economía se reducen a nociones muy rudimentarias y unos pocos fundamentos de teoría de juegos, tampoco soy experto en relaciones internacionales ni en la legislación de la Unión Europea y no me creo que por haber leído un buen número de artículos acerca de la situación en Grecia realmente pueda hacerme una idea exacta (y puede que ni tan siquiera aproximada) de dicha situación. Por otra parte no soy tifosi de Syriza ni de ningún otro partido político griego (aunque tengo a Nueva Democracia y al PASOK por culpables de la crisis griega, por lo que irían los últimos en mi lista de no ser porque ese lugar es para el infame partido neonazi Amanecer Dorado). Yo diría que el ser supermegafan de Syriza o todo lo contrario ha contribuido a sustentar la mayoría de las opiniones que estamos leyendo estos días acerca del caso griego, y juraría que, a diferencia de las opiniones vertidas por expertos en política internacional o en economía, aquellas son irrelevantes. Y por eso puede que, aunque mi artículo no pueda explicar nada sobre lo que ahora está pasando en Grecia desde el punto de vista técnico, sí pueda beneficiarse de una visión apartidista.
         Esa visión apartidista no es en absoluto neutral: siento un especial cariño por Grecia y sus gentes, siento esperanza (aunque sin mucha fe) con el proyecto de la Unión Europea a pesar de todos sus defectos y siento una profunda desconfianza hacia el FMI.
          Soy filósofo y siento Grecia como mi patria intelectual, he viajado a dicho país en dos ocasiones y son viajes que recuerdo con especial cariño (son, de hecho, los mejores viajes de mi vida), adoro la cultura griega y a los propios griegos (salvo conduciendo, en la carretera me acojonan) y me parece sencillamente terrible lo que están sufriendo.
          Respecto a la Unión Europea anhelo una política fiscal común y una Europa de las gentes, no soy ciego a los múltiples defectos de esta Unión Europea, pero quiero recordar siempre su origen, y que un pacto económico sirvió para hacer de tal manera codependientes a Francia y Alemania como para garantizar la paz, y este y no otro es el fin último de la Unión Europea. Así, frente a la ola generalizada de euroescepticismo (o antieuropeísmo) yo sigo creyendo en el proyecto de la Unión Europea, y quiero que paulatinamente desaparezcan las patrias bajo la Novena de Beethoven.
          Por fin, el FMI y el Banco Mundial tienen un mandato que es combatir la pobreza, pero en este caso veo un abismo mucho más grande que en el caso de la Unión Europea entre sus fines y sus actos. Es más, me parece increíble que a estas alturas nadie pueda confiar en un organismo que tuvo como presidente a alguien como Rodrigo Rato, estafador profesional.

          Más allá de mis simpatías y antipatías hay que abordar (en la medida de mis posibilidades) los hechos: el origen de la crisis de deuda griega es la corrupción generalizada de su sistema político y más concretamente de los dos principales partidos Nueva Democracia y el PASOK. La entrada en el en el euro en 2001 cumpliendo aparentemente con los criterios del tratado de Maastricht fue un espejismo, y Nueva Democracia, con ayuda de Goldman Sachs, presentó durante años cuentas falsas en años posteriores. Debido a esto la gran recesión de 2008 originada en los Estados Unidos golpeó con especial severidad a Grecia de tal forma que la agencias de calificación rebajaron la deuda del país heleno a la categoría de "bono basura". En 2010, ante la inminencia de la bancarrota del estado heleno el gobierno solicitó un primer rescate a la Comisión Europea, el BCE y el FMI por valor de 110.000 millones de euros y fue concedido a cambio de la implantación de medidas de austeridad, reformas estructurales y la privatización de empresas públicas. En 2012 hubo un segundo rescate por valor de 130.000 millones de euros. Desde el punto de vista social los años de crisis en Grecia han tenido como consecuencias una merma significativa de los niveles de salud y disminución de la esperanza de vida, emigración forzosa, deterioro de los servicios públicos y en general aumento de la pobreza y la desigualdad. Obviamente esta relatoría de hechos es demasiado sintética, pero es cuando puedo permitirme aquí.
          El presente, como todos sabemos, es que el pasado domingo 28 vencía el plazo para la concesión de un tercer rescate y que el próximo domingo 5 se celebrará un referéndum en Grecia para aprobar o no los términos de dicho rescate propuestos por la Comisión Europea, el BCE y el FMI. La papeleta de voto reza "¿Debe ser aceptado el acuerdo propuesto, que fue presentado por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional en el Eurogrupo del 25/06/2015 y que consiste en dos partes, las cuales constituyen su propuesta unificada?" y a continuación se especifican los títulos de los documentos en cuestión y se ofrecen dos simples opciones: "sí" o "no". Los puntos centrales de la propuesta son una ampliación de la base del IVA y una reducción drástica del número de personas que pueden optar a un retiro anticipado, así como más acciones para reducir la evasión fiscal y acabar con la corrupción. Para el gobierno de Tsipras básicamente se trata de un nuevo memorándum de la troika que supone continuar con las políticas de austeridad sin visos de mejora.

          Son tres al menos los Premio Nobel de Economía que han escrito sobre el inminente referéndum convocado por el Primer Ministro heleno Alexis Tsipras: Joseph Stiglitz y Paul Krugman defienden (como el gobierno griego) el "no", y el griego Christopher Pissarides pide el "sí". Aspectos respecto a los que hay relativo consenso son: a) la deuda helena es impagable (al menos en un futuro próximo) por lo que es necesaria una nueva quita, b) los dos primeros rescates fueron íntegros para pagar a acreedores por lo que Grecia no pudo realmente disponer de ellos y c) las políticas de austeridad llevadas hasta ahora no permiten resolver la crisis griega. Ninguna de estas tres cosas implica que haya que abrazar necesariamente el neokeynesianismo de Stigliz o Krugman, pero sí señala que es necesario otro rumbo (o al menos otra cadencia) en las reformas que debe asumir Grecia y sugiere una reestructuración de la deuda.
          También hay que tener en cuenta que, si bien el FMI es una entidad conformada por presuntos expertos tecnócratas, y por tanto presuntamente independiente políticamente, un think tank elegido de espaldas a la ciudadanía, no así la Comisión Europea, en el que están presentes ministros de economía de los distintos países de la Unión Europea y que por lo tanto actúan como representantes de sus diversos estados (esto lo preciso porque una forma de simplificar el debate es "soberanía griega versus dictadura europea", cuando lo que hay, al menos en parte, es un conflicto internacional entre distintos estados soberanos lo cual, todo sea dicho, no es sino un síntoma más de que la Unión Europea no funciona mejor que nuestro triste estado de las autonomías en que en lugar de una política común hay una pugna por satisfacer intereses regionales).

          Y ahora por fin, con las cartas sobre la mesa (pido disculpas por mi manía de escribir entradas que consisten en un larguísimo preámbulo seguido de una conclusión) abordemos el asunto del referéndum que para unos es una grave irresponsabilidad y para otros la cima de la democracia occidental (y vaya por delante que no voy a defender ni el "sí" ni el "no", atreverse a pronunciarse sobre ello sin vivir en Grecia y sin conocer los pormenores del pacto propuesto por el Eurogrupo, las alternativas y las consecuencias del mismo me parece obsceno).
          El asunto del referéndum se está abordando de forma harto tramposa, pues hay quienes argumentan a favor de este referéndum defendiendo la necesidad de referendums en general, pero una cosa es la teoría política abstracta y otra el ejercicio práctico de la política. Que los referendums sean un instrumento necesario de participación directa en democracia no implica necesariamente que todo referéndum sea bueno para la democracia y ahonde en la misma (por poner un ejemplo, un referéndum acerca de si instaurar la pena de muerte o no a mí me parecería terrible para nuestra democracia). Por lo tanto es necesario medir la pertinencia de este referéndum (no su legitimidad, que no está en absoluto en entredicho), así como su forma y contenido.
         En política las medidas son pertinentes si son oportunas, y eso hace que haya que plantearse si el referéndum ha sido convocado adecuadamente en tiempo y forma. Desde mi punto de vista este referéndum es inoportuno y satisface intereses puramente partidistas. Por una parte es precipitado, se hace referencia en la papeleta de voto a un documento técnico de varias páginas cuya firma o no arrastra importantes consecuencias que son difíciles de imaginar para el (como yo) ciudadano medio (por lo que de hecho el referéndum se usa como plebiscito sobre el gobierno mismo de Grecia "¿A quién queréis más, a mamá Syriza o a la madrastra UE?", lo cual es una simplificación rastrera). Por otra es inútil, pues se vota la aprobación de un acuerdo cuyo plazo expiró el domingo pasado y que por tanto no es válido (podemos votar ahora acerca de si firmar o no el tratado de Tordesillas con Portugal, pero nada cambiará el hecho de que ya fue firmado, y nada cambiará el hecho de que el acuerdo que menciona la papeleta del referéndum ya no ha sido firmado).
          ¿Por qué digo que es partidista el referéndum? Porque Tsipras ya había aceptado el acuerdo o se mostraba dispuesto a aceptarlo, pero parte de su partido no iba a hacerlo, esto es, probablemente el Parlamento griego no iba a aceptarlo. ¿Qué hacer? ¿Quedar como el Primer Ministro que promete el fin de la austeridad y luego cede, y al que deben sacar los colores sus correligionarios convirtiéndolo en un traidor? Tsipras no ha querido ser Papandreu, ha querido salvarse y ha huido.
          La decisión a tomar es difícil, el acuerdo es complejo, entender las líneas principales del documento y sobretodo conocer sus consecuencias (así como el punto de partida: ¿cuánto dinero hay en la hucha, hasta cuándo se va a poder pagar las pensiones, el subsidio de desempleo, los salarios de los funcionarios públicos?) no están al alcance de cualquiera. Este tipo de decisiones son el fundamento de la democracia representativa y Tsipras ha rehuido su responsabilidad como representante delegando en el pueblo una responsabilidad que este no está en condiciones de asumir. ¿Cómo, estoy sugiriendo que el pueblo no es soberano, que no debe dejarse que decida? No, digo que si se considera que los acuerdos con la UE, la solicitud de un rescate, son algo que debe ser aprobado en referéndum, si realmente Tsipras considera que no tiene autoridad para firmar tal acuerdo, si ama los referendums como instrumento democrático, entonces debería haberlo convocado antes. Muchos ahora consideran que los votos de los griegos están "secuestrados": se votará con miedo o con el bolsillo dicen algunos, yo añado que se votará también borrachos de nacionalismo, ideología y revanchismo. El voto no está secuestrado, pero no es más que formalmente libre, porque ante la urgencia es difícil tomar la distancia necesaria para evaluar sensatamente las opciones, un referéndum a empujones no es precisamente el ideal de la democracia.
          ¿Por qué no se convocó el referéndum hace un mes? La réplica parece obvia: no había propuesta concreta a evaluar. La contraréplica me resulta igual de obvia: tampoco ahora la hay, dicha propuesta ya no está vigente, y además, según Tsipras y Varoufakis no se trata realmente de votar ese documento sino en contra o a favor de las políticas de austeridad, o a favor o en contra de reestructurar la deuda, o a favor o en contra de seguir negociando o romper con la UE, o a favor o en contra de seguir en el euro o recuperar la soberanía monetaria (la única soberanía que ha sido realmente cedida por los estados miembros de la UE, además de aceptar someterse a una legislación común). En fin, si realmente el referéndum esconde una debate mayor, sin duda podía haberse planteado hace meses. Es más, creo que, si realmente Tsipras considera que su respaldo electoral no es suficiente para firmar rescates y es necesario un referéndum, debería haber convocado dicho referéndum al principio de su mandato para tomarlo como hoja de ruta (aunque lo que hizo era lo sensato, tomar como hoja de ruta su programa electoral, pues ahí están los principios que votaron los ciudadanos griegos en las últimas elecciones generales).
          Por otra parte la política es (ha de ser) ventajista (respetando ciertas líneas rojas como los Derechos Humanos), basada en las consecuencias y el mayor bien para la mayoría (una vez más, respetando ciertas líneas rojas). Desde este punto de vista solo el futuro podrá decirnos realmente si este referéndum ha sido útil o no: si permite al pueblo Griego vivir mejor sí, de lo contrario no; si no debilita a la Unión europea sí, de lo contrario no (esto último muchos lo ven al revés, pero yo me declaro europeísta apátrida, y anhelo que la UE vaya a más y a mejor). A priori sabemos que si esta catarsis no consigue reencauzar la gestión de la crisis griega solo habrá servido para encarecer el rescate, pero tal vez haya servido para poner sobre la mesa las dimensiones del problema y permitir una nueva quita (sí, ya ha habido quitas de la deuda griega) y una reestructuración de la deuda. Desde mi punto de vista esto no cambiaría mi idea de que Tsipras ha obrado cobardemente, pero igual que las buenas intenciones en ocasiones conducen a grandes desastres, a veces intenciones espurias son motores del progreso. Sin ir más lejos el propio FMI acaba de reconocer que la deuda es impagable, luego este referéndum chapucero tal vez no sea sino un capítulo de la astucia de la razón hegeliana.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

La ficción dialéctica y el neobipartidismo de Podemos



          Si hay algo que me desconcierta ya desde segundo de filosofía, es la facilidad con que se está dispuesto a creer, incluso en nuestra presuntamente postmoderna sociedad, en una estructura dialéctica del devenir y de la realidad. Me llena de estupor por qué se concede ese privilegio al dos, cuando la tendencia más natural parece que debería llevarnos a oponer como opciones alternativas monismo y pluralismo, y no monismo y dualismo, pues tan opuesto al uno es el dos como el tres o el cuatrocientos treinta y seis. Pero parece que la cuerda de un arquetipo ancestral fuera pulsada en nuestra psique cada vez que se nos ofrece un esquema dialéctico con que asumir nuestra posición en el mundo, y así cayéramos rendidos en los brazos de cualquier relato de lucha y superación de opuestos.


          La dialéctica es hija del logocentrismo defiende Derrida, pues si el pensamiento racional se centra en la verdad y esta es entendida como aletheia, desvelamiento, es que hay algo que la vela, que la oculta, por ello todo discurso privilegia algo entendido como originario, el logos, lo Uno, y esto conlleva necesariamente la presunción de un parásito que de él se deriva, pura alteridad, lo Otro, y que trata de ocultarlo. Así es como se permite resumir un no derridiano una de las claves del pensamiento del máximo artífice de la deconstrucción (no gastronómica). Lo fundamental es que todo "sí", toda afirmación, todo intento por asumir una identidad, genera un no-yo, y así todo discurso fundacional genera una ficción dialéctica, conduce irremisiblemente a una reducción dicotómica del ser a dos realidades siendo una auténtica o superior, y otra bastarda. Y así, hasta Nietzsche, se estira la historia del pensamiento occidental, asumiendo la dialéctica como algo consustancial al espíritu o a la materia, a la Historia, a la Razón.


          Yo diría que si hay algo de razón en estas profundidades metalingüísticas de Derrida, aparece sobretodo a nivel psicopolítico. Triunfa el dualismo en las mentes y en las sociedades. Donde no hay un monismo impuesto (una dictadura), el pluralismo supuesto de la democracia es efímero y tiende a consolidar bipartidismos más o menos imperfectos. Pablo Iglesias parece haber entendido esta tendencia, este instinto de la mente humana, ese filtro que las pulsiones de Eros y Thanatos imponen a nuestra mirada política (si no tomamos precauciones, y se ve que no las tomamos) generando inevitablemente un "nosotros" que deseamos y un "ellos" que ansiamos aniquilar. Es la política de tercio excluso. De este instinto, de esta ficción dialéctica que se ve que estructura nuestra visión política, la amansa, la simplifica, la conforma en todos los sentidos de la palabra, de ella beben los ismos políticos más poderosos de los últimos siglos: el comunismo y el nacionalismo. Son las teorías políticas epítome del pensar dialéctico del XIX, hijas de la misma ilusión reduccionista: solo hay clase dominada y clase dominante (ojo, en la sociedad en la que escribe Marx esto no es una completa ilusión, sí convertirla en esquema aplicable a toda sociedad pasada y futura) o solo hay autóctonos y extranjeros.


          Pablo Iglesias ya no habla de clases, suena viejuno y desde luego no responde a la realidad (los mejores pensadores marxistas como Erik Olin Wright hablan de una sociedad en que pervive la explotación pero entre múltiples clases), y el nacionalismo es el corazón del fascismo (aunque algunos ciegos quieran creer que los nacionalismos sin Estado no lo son). Pablo Iglesias habla de "casta". Sencillo, directo, fácil, ya tenemos el "ellos", y el "nosotros" es sencillamente Podemos o cualquiera que se diga "no casta" (¿y quién querría decir de sí mismo que lo es?). Es tan vago y general que es una verdad absoluta, infalsable. ¿Qué es casta? Pablo Iglesias no señala con el dedo, responde con eslóganes (let’s the show begin). ¿Un diputado honesto es casta? No se sabe, en el fondo dependerá de si “le ajuntamos” o no, de nuestra voluntad de incluirle en el “nosotros” o en el “ellos”, porque no existen los diputados honestos y deshonestos, ni los partidos, toda responsabilidad personal queda difuminada en un colectivo borroso (no se nos vaya a colar el pluralismo en el invento y realmente acabemos con el bipartidismo), solo existe “la casta”, perpetuamente redefinible ad hoc.


Pablo Iglesias ha dicho directamente que aspira a sustituir al PSOE (se entiende que a lo que el PSOE fue, no a este PSOE tumefacto), o sea, Pablo Iglesias aspira literalmente al bipartidismo y por eso su discurso es de una dialéctica tan simple como el "y tú más" del bipartidismo agonizante, y el PP acoge con alborozo ese juego de invisibilización de terceros (y cuartos y quintos). “O yo o el caos” consagra al PP como la otra pieza fundamental del binomio del que participe Pablo Iglesias, y por eso los populares hablan de Podemos más que de sí mismos. No hay corruptos, no hay partidos, no hay PP, por no haber no hay ni gobierno, solo "casta", el mal, el otro, el adversario que me define como lo que soy porque de hecho soy meramente "no casta". Pablo Iglesias solo dice con lo que va a acabar, no lo que va a crear, y por eso valen fórmulas tan generales, tan simples. No necesita más para apelar al dualismo atávico del ser humano que enmascara un monismo totalizador (susurra Derrida) y que impregna Podemos desde su logo-tipo mismo, un círculo, la bienredonda pelota de lo Uno parmenídeo, la Verdad. Hay que ser iluso para creer en una democracia de múltiples partidos o sin partidos piensa para sus adentros Pablo Iglesias: o eres la escupidera de uno de los dos grandes o eres el que escupe. El bipartidismo ha muerto, viva el bipartidismo. No necesitáis conciencia de clase, ni de nación, esas entelequias huelen a formol, escojamos una nueva: somos los que sí que pueden, y ellos, la casta. ¡Bienaventurado el pensamiento dicotómico, pues él os hará ganar elecciones!



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