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miércoles, 9 de noviembre de 2016

Trumposos

          Un fantasma recorre el mundo, el fantasma del populismo. En Estados Unidos ese fantasma se ha materializado convirtiéndose ni más ni menos que en Presidente.
          No soy amigo de ninguna forma de populismo, pero sí distingo entre populismos de izquierdas y de derechas (véase la entrada Populismos), y puestos a elegir me quedo con el de izquierdas por un rasgo diferencial de los populismos diestros que para mí es crucial: la xenofobia. Todos los populismos actuales, dentro de todo el espectro ideológico, contienen un neonacionalismo en forma de defensa de la autarquía nacional disfrazado de rechazo a la globalización (Trump quiere añadir tasas a la importación, multar a empresas que deslocalicen, limitar el mercado internacional), también comparten el rechazo a una élite política y económica a la que no obstante en muchas ocasiones pertenecen los propios líderes de los movimientos populistas (Trump es millonario), pero el rechazo al extranjero es patrimonio de los populismos de derechas.
          Nacionalismo (frente a la pérdida de soberanía ante el FMI o la Comisión Europea) y rechazo a la democracia representativa (que enmascararía la oligarquía dicen) son temibles, pero lo que hace que esta década empiece a recordar peligrosamente a los años treinta del pasado siglo es añadirle a estos factores el racismo y la xenofobia del Frente Nacional, el UKIP, el Freiheitliche Partei Österreichs.... y ahora Trump.
          Se le puede reprochar a los populismos en general su demagogia, pero los populismos xenófobos son especialmente tramposos. Porque hay mucho de cierto en el relato de que una élite económica ha salido indemne de la crisis mientras que los demás hemos pagado sus desmanes, en que los partidos viejos son responsables de dicha crisis y que solo parecen perseguir perpetuarse en el poder y no el bien común, pero es de todo punto falso que los culpables de la crisis (del desempleo, de los bajos salarios, de la pérdida de derechos laborales) sean los emigrantes.
          El populismo se nutre de la vanidad de los electores que están deseando que alguien les diga que nada de lo malo que les ocurre tiene que ver con ellos, el chivo expiatorio por antonomasia son los inmigrantes, los extranjeros, los judíos, los gitanos... sí, la trampa de estos trumposos es vieja, pero parece que muchos siguen dispuestos a caer en ella. Y yo empiezo a temer que caigamos en horrores del pasado, entre otros el de creer cosas como "se moderará", "cuando llegue al poder no hará exactamente todo lo que dice", "las instituciones no pueden caer"... confundiendo deseos con realidad. Recuerdo ahora lo que se dice a sí mismo el padre de Wladyslaw Szpilman en la película El pianista de Roman Polanski cuando oye relatos terribles de lo que están haciendo los alemanes a los judíos, insistiendose en que no es posible que tengan lugar esas atrocidades. Nos autoengañamos pensando que no puede ser, y sí puede.
         "Nunca más" dijimos hace cincuenta años, pero se ve que cada generación solo es capaz de escarmentar en carne propia. Hijos de puta, juegan con las cartas marcadas y aún así ganan elecciones.

domingo, 3 de enero de 2016

Populismos

         Si populismo y demagogia son, como creo, prácticamente sinónimos, el populista es el enemigo acérrimo del filósofo, pues el populismo entrañaría tanto el uso recurrente de falacias (argumentos ad populum o sofismas patéticos) como escaso amor por la verdad y lo bueno (el demagogo amaría por contra lo verosímil y lo agradable, la opinión común aún a costa de lo cierto y lo justo). El populismo sería el gobierno del sentimiento y la intuición frente al de la razón y la argumentación. 
          En contra de esta idea se viene defendiendo recientemente que existe un populismo chachi que bebe de la obra del teórico postmaxista Ernesto Laclau. A mí el constructo teórico de Laclau de la “razón populista” (un oxímoron según lo dicho en el párrafo anterior) me parece neolengua, pero aquí lo voy a comprar. Pongamos que es adecuado distinguir entre un populismo (el bueno) donde el “populum” hace referencia al pueblo, al demos, y sus necesidades y demandas insatisfechas, variopintas y plurales agregadas hasta sumar una mayoría y que se oponen a las de una oligarquía que, en este sentido, estaría excluida del pueblo (por haber excluido previamente a este de las instituciones); y otro populismo (el malo) en que los ciudadanos son reducidos a un colectivo borroso a base de difuminar su individualidad y exaltar rasgos identitarios (esto es, son convertidos en lo que Ortega llamaba “hombre masa”) y sus sentimientos son instrumentalizados para crear un poder omnímodo que se erigiría en auténtico y único representante del auténtico pueblo (formado por aquellos que compartan los rasgos comunes exaltados). Por mor de la simplicidad llamemos a estos populismos “populismo de izquierdas” y "populismo de derechas” respectivamente.
          ¿Qué pinta tiene un discurso populista de izquierdas? Creo que este es un discurso que aplaudirían si no los dirigentes de un populismo de izquierdas, sí muchos de sus votantes: 
"Y, por último, el Estado liberal vino a depararnos la esclavitud económica, porque a los obreros, con trágico sarcasmo, se les decía: "Sois libres de trabajar lo que queráis; nadie puede compeleros a que aceptéis unas u otras condiciones; ahora bien: como nosotros somos los ricos, os ofrecemos las condiciones que nos parecen; vosotros, ciudadanos libres, si no queréis, no estáis obligados a aceptarlas; pero vosotros, ciudadanos pobres, si no aceptáis las condiciones que nosotros os impongamos, moriréis de hambre, rodeados de la máxima dignidad liberal"."
          Es obvio que el populismo es un antiliberalismo, y tiende a defender una forma superior de democracia frente a la liberal pues, como reza el texto anterior, el liberalismo entraña una falsa libertad en lo que se refiere a la clase obrera (en la dicotomía clásica, en el marco postmarxista hablaríamos del 99%, de “los de abajo”, de “la gente”) dado que no hay libertad sin los medios para ejercerla de forma efectiva. De hecho, en la teoría de Laclau, el populismo es caracterizado como un “discurso que trata de dirigirse a los excluidos por fuera de los canales de institucionalización”, esto es, a todos aquellos cuyas demandas son insatisfechas y que perciben dicha insatisfacción como exclusión del sistema (de las instituciones). La suma de los insatisfechos es un ente colectivo, “la pluralización de las demandas”, y por ello el populismo sería un antiliberalismo, pues el liberalismo en principio sería individualista (los sujetos de demandas, incluso agregadas, seguirían siendo los individuos, no un ente colectivo). 
          El fragmento anterior, no obstante, no pertenece a un todo que suela considerarse de izquierdas (como saben ya quienes hayan leído en mi blog “El 15M y los discursos para lelos”), pertenece a un discurso populista muy extendido en los años treinta en Europa: el fascismo. En concreto la cita anterior pertenece al manifiesto fundacional de la Falange. ¿Estoy diciendo que todo populismo es fascismo? No, lo reconozco, he hecho trampas, el discurso es más largo, no quiero caer en una falacia de falsa analogía. He aquí otro fragmento del mismo discurso:
“La Patria es una unidad total, en que se integran todos los individuos y todas las clases; la Patria no puede estar en manos de la clase más fuerte ni del partido mejor organizado. La Patria es una síntesis trascendente, una síntesis indivisible, con fines propios que cumplir; y nosotros lo que queremos es que el movimiento de este día, y el Estado que cree, sea el instrumento eficaz, autoritario, al servicio de una unidad indiscutible, de esa unidad permanente, de esa unidad irrevocable que se llama Patria.” 
          Este segundo fragmento hace ya perfectamente reconocible el populismo de derechas, esto es, el fascismo, porque el contenido de este segundo fragmento, el nacionalismo, es un ingrediente indispensable para hablar de fascismo, el componente antiliberal del primer fragmento no basta, es condición necesaria pero no suficiente, y pretender lo contrario sería una falacia de falsa analogía. El populismo de izquierdas sostiene un discurso antiliberal sin componentes xenófobos (de ahí la fallida participación de Jorge Vestrynge en Podemos, pues no se acomodaba a esta separación, y por eso muchos de los participantes en los círculos de Podemos no querían, con razón, la ansiada hegemonía a costa de integrar a sujetos como Vestrynge y su discurso contra la inmigración, por eso este no cabía en Podemos, porque quería el pack completo de antiliberalismo y xenofobia, porque Vestrynge obviamente nunca dejó de ser lo que había venido siendo toda su vida, un fascista que ha llevado su fascismo allí donde ha militado). 
          Para mí esta es una diferencia crucial entre el populismo de izquierdas y el de derechas, y si bien no soy populista, para mí es claramente peor el segundo, que no es otra cosa que el fascismo: un antiliberalismo xenófobo, un colectivismo identitario, un populismo nacionalista. Es una fórmula fácil de aprender: colectivismo + nacionalismo = fascismo.
          De esta forma, suponiendo que el populismo no fuera malo en sí mismo, sin duda el componente nacionalista lo pudre. Tal vez exista un nacionalismo no fascista, pero si el nacionalismo convive con el populismo entonces lo que tenemos es falangismo puro y duro. Así que el populismo haría muy bien en no hacerle el juego a discursos identitarios, porque todo discurso identitario es sencillamente xenófobo, porque la identidad propia se define por oposición al otro, al extranjero. El populismo no puede (o no debe) agregar cualquier demanda insatisfecha, sino solo las legítimas (¿qué habría de la demanda insatisfecha de vengarse por su cuenta, por ejemplo, de muchos familiares de víctimas de violaciones o asesinato?), esto es, aquellas que se refieran a derechos menoscabados en mayor o menor medida y que puedan ser satisfechas entro de la ley (aunque está por ver que un populismo que discriminase entre demandas insatisfechas pudiera tenerse por populismo en sentido laclauliano). No hay derechos menoscabados de los ciudadanos catalanes que defender (desafío a cualquier nacionalista a que sea capaz de citarme un solo derecho, uno solo, del cuál él carezca respecto a mí, madrileño, por el hecho de ser catalán), luego la defensa de la excepción para Cataluña es necesariamente la defensa de privilegios, esto es, de la superioridad de unos presuntos poseedores de la identidad catalana. No es compatible la izquierda con el nacionalismo, no es posible el populismo que confraterniza con el nacionalismo sin ser fascistoide. Y añado: con cualquier nacionalismo, porque soy radicalmente antinacionalista, a mi antinacionalismo no le añado ninguna coletilla como “catalán”, para mí no hay nacionalismos buenos o justificados (aunque no todos sean totalitaristas). Mi postura es camusiana, la del resistente. Defender que no se puede ser antinacionalista a secas, que siempre se es nacionalista respecto a una nación es tan falso como decir que solo hay tipos de fascismo, pero que no se puede ser genuinamente antifascista. Sí se puede.

domingo, 22 de noviembre de 2015

París, ¿y ahora qué?

En clase de Ética

          Era inevitable, mis alumnos en clase de Educación ético-cívica me preguntaron qué pensaba de los atentados de París. Se trataba de una pregunta de fácil respuesta: los atentados de París son una cruel y despiadada matanza de inocentes que me produce la más absoluta repulsa. Pero esa pregunta llevaba aparejada otra más complicada: "¿Qué hay que hacer?"
          Esa es la pregunta de la ética, "¿qué debo hacer?", y mi tarea como profesor es enseñar a los alumnos a responderla pero (al menos así enfoco yo la asignatura) sin darles la respuesta (al igual que el profesor de matemáticas enseña a resolver ecuaciones con la esperanza de que a los alumnos, conforme avance el curso, cada vez se les dé mejor resolver ecuaciones por sí mismos). Mi respuesta ante preguntas así no puede ser la del sacerdote, el moralista o el comisario político "debes hacer esto", porque si hay una cosa que deberían aprender los alumnos en clase de ética es algo tan complicado como a no ser ni dogmáticos ni relativistas, luego yo no puedo ser ni lo uno ni lo otro. No puedo ser dogmático porque entonces la única fuerza de mis enseñanzas sería la de la autoridad (y se trata de desarrollar la autonomía individual de los alumnos), pero tampoco puedo ser relativista porque los alumnos deben aprender a reexaminar sus preconceptos y desterrar prejuicios sin que ello conlleve un nihilista rechazo a cualquier tipo de principio o valor moral. Enseño pues cosas como que la violencia engendra violencia, que la venganza es estéril, que sin libertad, justicia y tolerancia no hay democracia y que ideologías del odio como la xenofobia o el racismo son incompatibles con el debate libre que llevamos a cabo en clase de ética y por eso su apología constituye un delito y no cabe en nuestras aulas, porque no se debe ser tolerante con el intolerante, por el bien de todos. Enseño, por tanto, cosas que harán de mis alumnos ciudadanos aptos para la convivencia pacífica con otros ciudadanos, pero no les evalúo por sus ideas ni por sus valores, sino por su capacidad de explicarlos, justificarlos y defenderlos sin otra fuerza que la de la razón y el mejor argumento, pues eso es lo que han de aprender a hacer.
          ¿Cuál fue entonces mi respuesta al "¿qué hay que hacer tras los atentados?" de mis alumnos? Un frustrante "¿qué crees tú que habría que hacer?". Así todos pudieron hablar, muchos para pedirme que "me mojara"... pero no soy su líder, ni su cura, ni su padre, soy su profesor de ética e hice lo que como tal me toca hacer: no responder por ellos, sino darles herramientas para que pudieran construir ellos mismos su propia respuesta sin más fuerza que la de las mejores razones y los mejores argumentos. Así, tocaba dilucidar qué era lo que realmente estábamos discutiendo, excluir razones que no eran sino reacciones viscerales, aclarar cuáles eran las opciones reales y cuáles un brindis al sol, señalar que casi siempre no hacer nada es también elegir y que en democracia la violencia no es la respuesta. Pero también tocaba considerar cosas menos obvias como que justificamos la violencia en casos excepcionales (defensa propia, tiranicido) y ya que estábamos hablando de Francia poníamos como ejemplos la Revolución Francesa y la resistencia armada contra la ocupación nazi, y también supimos de otras ocasiones en que (como en tantos procesos de transición a la democracia) se restaura la paz tras episodios terribles de violencia unilateral gracias a que los verdugos reconocen públicamente su culpa y las víctimas renuncian a hacer justicia (o a hacerlo con todo el peso de la ley) por el bien común. Y tras esto les tocaba a ellos, mis alumnos, evaluar si este era un caso de excepción o no, decidir cómo debían aplicarse algunos de los principios generales mencionados a este caso particular. Yo les presté la ayuda que pude desmintiendo falsas creencias y separando lo relevante para el debate de lo accesorio, la razón del prejuicio.
          No sé si un profesor de ética que no da la respuesta sin más es un buen profesor de ética, solo sé que yo no podría serlo de otro modo (aquí tenéis a otro profesor de ética, que sé es un gran profesor, enfrentándose al mismo problema). Pero al igual que el profesor de matemáticas tiene las respuestas a sus problemas aunque no las dé sin más, así también el profesor de ética ha de tener una respuesta (aunque resulta obvio que un problema complejo no puede tener una respuesta sencilla, por mucho que tantos se hayan aprestado a llamar imbéciles, mojigatos, cobardes, sanguinarios y demás improperios a aquellos que disentían de la opinión propia). Aquí trato de construir mi respuesta.

De aquellos polvos...

          En los últimos días ha habido bastantes personas que han buscado atenuar de alguna forma la responsabilidad de los terroristas de París, o por lo menos establecer responsabilidades colaterales que alcanzarían a los gobiernos de estados (¿y a los estados mismos?) que condenan dicha violencia y que tienen a los terroristas por enemigos. De hecho, muchos han hecho el siguiente razonamiento para llegar a acusar al gobierno de las propias víctimas como responsable de su asesinato: Francia decidió ayudar a los rebeldes contra el régimen de Al-Asad en Siria con armas y financiación, algunos de esos rebeldes se desgajaron de los demás y comenzaron una guerra por su cuenta para instaurar un gran califato semejante al Califato Omeya de los siglos VII y VIII, estos últimos prepararon a los terroristas (franceses en su mayoría) que perpetraron los atentados de París la noche del 13 de noviembre de 2015, luego el gobierno de Francia, de hecho, es responsable del atentado. A este argumento añaden otro: Francia (al igual que Rusia) en septiembre empezó a bombardear posiciones del DAESH (Estado Islámico de Irak y el Levante) en Siria, los atentados son una represalia, luego el gobierno de Francia es responsable del atentado.
          Normalmente nadie llega a la conclusión "el gobierno de Francia es responsable del atentado" (aunque muchos memes y eslóganes apuntan en esa dirección), pero son muchos los que hablan de tener en cuenta otras consideraciones además de la voluntad de causar el mayor daño posible de los terroristas como única responsable de sus actos. Bueno, sin duda el comportamiento de los terroristas se explica en parte por la desigualdad social y la discriminación, sin duda el gobierno francés (como otros muchos gobiernos de Occidente) ha tomado decisiones de geopolítica lamentables e incluso criminales, es cierto que parte de la financiación y las armas que maneja el Estado Islámico proviene de países que se tienen por sus enemigos... pero todo apunta a que cometieron los atentados unos terroristas en nombre de un estado teocrático, y todo apunta a que los responsables de las muertes de (hasta la fecha) 130 personas en dichos atentados fueron los terroristas que, con metralletas, bombas y una enorme dosis de fanatismo religioso, los asesinaron. Esto último no quiere decir que no haya que investigar más allá, pero la duda es si poner el acento en todo lo que no sea la responsabilidad de los terroristas por sus atroces actos en este momento es pertinente.
          Ciertamente Francia venía participando en la Guerra Civil Siria, pero me gustaría recordar que dicha guerra civil surgió al calor de la Primavera Árabe en 2011, que algunos ciudadanos sirios se levantaron pacíficamente contra la tiranía de Bashar Al-Asad y fueron duramente reprimidos (disparos a manifestantes, arrestos y tortura de prisioneros) y que con una esperanza ingenua (y tal vez irresponsable) muchos creímos que todos los rebeldes sirios eran iguales a aquellos manifestantes pacíficos y que defender su causa era la de defender la democracia frente a la tiranía. Reconozco que colaborar con esos rebeldes con financiación y armas me pareció terrible pero acertado, pues pensé que la participación directa (como se llevó a cabo en Libia) sería peor, y que la comunidad internacional no podía permanecer impasible ante los crímenes de Al-Asad sobre su propio pueblo (pues eso en el fondo es lo que reclamaban los partidarios de la no-intervención). El tiempo ha demostrado que las decisiones adoptadas fueron un terrible error (aunque no era fácil prever sus consecuencias exactas), pero quiero dejar bien claras las tres opciones: intervenir militarmente, colaborar con los insurgentes o contemporizar con las violaciones de Derechos Humanos de Al-Asad (la mejor para Europa, Rusia y EEUU, por cierto, la pregunta es si era la mejor para los sirios, que es de lo que va todo esto). El problema de la opción por la que se optó es que ha hecho posible el crecimiento de algo terrible, del grupo terrorista fundamentalista DAESH. Para quien no recuerde bien la cronología de los hechos, aquí hay un excelente resumen de la Guerra Civil Siria en cinco minutos. Lo que no hay que olvidar es que la ayuda de Francia al DAESH fue en su momento involuntaria (el DAESH no era aún el DAESH), que Al-Assad es un tirano sanguinario y que hace unos años fuimos muchos los ingenuos que, esperanzados, vimos en la Primavera Árabe el principio del fin de las teocracias islamistas y de tics medievales en el  Magreb y el Mashreq árabes.
          Pero Francia no ha sido el único estado occidental acusado subrepticiamente de ser responsable de los atentados de París, también EEUU. Y no he llegado a ver acusaciones hacia España, pero sí hacia su gobierno de hace una década. En fin, muchos establecen una relación causal entre la última Guerra de Irak y el nacimiento del DAESH. No obstante creo que Aznar, Bush y Blair no necesitan ser responsables de lo ocurrido en París para ser juzgados con toda severidad por aquello de lo que son responsables directos y que es ya suficientemente terrible por sí mismo: la última Guerra del Golfo, llevada a cabo por motivos espurios y en contra de una resolución directa de la ONU. Parece como si su culpa no fuera suficiente y hubiera que añadirles cada nuevo mal que tenga lugar en Oriente Medio. Pero si se trata de remontarse en la cadena causal entonces hay que retroceder algo más, pues yo diría que lo que empezó a desestabilizar la zona fue la Guerra Fría. Debemos recordar que los Estados Unidos reaccionaron a la invasión de Afganistán por parte de la URSS financiando y suministrando equipo militar a los rebeldes, lo cual también se ha revelado un error que traería consecuencias funestas a largo plazo (en ese caso y siempre que se ha hecho en la zona, como nos recuerda este artículo). Así que si la culpa de los asesinatos de París la tiene el imperialismo occidental, aquí tienen a los dos líderes de los principales imperialismos de la segunda mitad del siglo XX en el momento de los hechos:


          Estos son Leonid Brézhnev (Presidente de la URSS de 1964 a 1982) y Jimmy Carter (Presidente de los EEUU de 1977 a 1981), los principales actores en el inicio de la primera Guerra de Afganistán. Bien, tenemos a los culpables, ¿ahora qué?
          ¿Y por qué parar aquí? Si nos ponemos muy quisquillosos con los orígenes de los males de Oriente Medio, podemos ir más atrás, estos serían los responsables:


          Se trata de François Georges-Picot (en representación de Francia) y Sir Mark Sykes (en representación de Gran Bretaña) que firmaron el pacto durante la Gran Guerra por el cual Francia y Gran Bretaña se repartían Oriente Medio. O si no ellos, los responsables serían los gobiernos de sus países y más en general la política de colonización occidental.
          Podríamos ir más atrás aún, a la propia colonización, o al Imperio Otomano, o a las Cruzadas, o a la expansión del Islam, o al Imperio Romano o las conquistas de Alejandro Magno. Diseminen ustedes las responsabilidades cuanto quieran en la cadena causal de la Historia, el problema seguirá siendo el mismo, no nos habremos acercado ni una centésima más a la respuesta a nuestra pregunta: "¿Qué se debe hacer?" Podemos alcanzar a entender mejor las causas del conflicto para tratar de no repetir errores en el futuro, podremos forzar a dimitir a Obama u Hollande cuando todo haya acabado, o juzgarles, pero en este mismo instante (o mejor, hace una semana) la pregunta, obstinada y persistente, sigue en pie tras todas nuestras disquisiciones sobre el origen del mal que golpeó París: "¿Qué se debe hacer?" Ese es el dilema moral que hay que resolver y sobre el cual trataré de arrojar algo de luz empleando un pequeño experimento mental. Quien quiera conocer un poco la historia de la zona puede encontrarla en este vídeo en que se cuenta la historia de Siria en 10 minutos con 15 mapas o este artículo que explica los orígenes de la Guerra Civil Siria con 9 mapas. Pero ahora centrémonos en el atentado de París empleando para ello el ejemplo de otra guerra civil.

El atentado

          Imaginemos que durante la Guerra Civil Española los sublevados del bando franquista deciden que, puesto que la URSS está ayudando a la República con armas y otros medios, han de atacar a la URSS. Dado que el territorio de la URSS les resulta inalcanzable, deciden emplear a simpatizantes fascistas nacidos en la URSS que, en nombre de la Junta de Defensa Nacional, cometerán una serie de atentados en suelo soviético que Franco y demás líderes de la sublevación reivindicarán como propios. Dichos fascistas matan de hecho a 130 civiles inocentes en Leningrado. ¿No sería una invitación a que la URSS bombardeara las posiciones del autodenominado bando nacional en España? Y nótese que la España oficial es toda España, pero que de hecho el estado como tal, representado por su gobierno legítimo, no ha atacado a la URSS. Ciertamente la situación no es idéntica a la que nos enfrentamos, pero la duda es si las diferencias entre ambos casos son moralmente relevantes. En nuestro experimento mental todo sugiere que sería razonable que la URSS bombardeara el cuartel general del ejército sublevado.
          A las intuiciones que genera esta ficción, hay que añadirle algunas consideraciones, como la constatación de que Francia (y Estados Unidos, y Rusia, que por cierto también ha sido golpeada por el mismo terrorismo) desde septiembre de este año ya estaba tomando parte activa en la Guerra Civil Siria (como la URSS, Alemania e Italia en la Guerra Civil Española, lo cual refuerza el paralelismo) bombardeando posiciones del DAESH (y los rusos no solo del DAESH) en Siria. ¿La respuesta al atentado debería ser entonces dejar de intervenir? ¿No sería eso a todas luces admitir la derrota frente al DAESH? ¿Es esa una opción? Si un dilema es una elección forzosa entre dos posiciones contradictorias, ambas indeseables, que nos obliga a escoger el menor de dos males, entonces estamos ante uno muy serio.
          

El dilema moral

          El dilema moral no es si Francia tiene o no derecho a bombardear posiciones del DAESH en Siria (he tratado de resolver esta cuestión con el experimento mental de más arriba), ni siquiera si es mejor o no que lo haga para sus propios intereses porque el totalitarista en su versión nazi, etarra o fascislamista (gloriosa y afortunada expresión de Bernard-Henry Lévi en su indispensable artículo "La guerra, manual de instrucciones") solo ansía la aniquilación de quienes no son como él, luego lo único que le conduce a no destruirlos es que se le impida hacerlo, que de hecho los que no son como él lo hagan imposible.
          Volvamos a la primera mitad del siglo XX y escuchemos cómo suenan las palabras de aquel que dijera en 1940: "Bombardear Alemania solo servirá para generar más violencia, debemos lograr que se desarmen las partes y que entreguen las armas." No me puedo creer que nadie se tome en serio en estas circunstancias el argumento de la infinita espiral de violencia, pues no se puede ser tolerante con los actos intolerantes y la defensa de la intolerancia. O recordemos a los profetas que predijeron que la Ley de Partidos daría alas al terrorismo de ETA y que este no podría ser vencido únicamente con acción policial y judicial (aunque hay que reconocer que en esto había algo de verdad, fue necesario algo más, la repulsa, el rechazo público de la sociedad civil vasca que durante mucho tiempo consintió con su silencio pero finalmente fue capaz de vencer su más que comprensible miedo a sufrir represalias, y hay que puntualizar que en el caso que nos ocupa también son más que bienvenidas la repulsa y condena públicas e inequívocas del DAESH por parte de la comunidad musulmana).
          No, el auténtico dilema no es "¿qué le conviene hacer a Francia?", el auténtico dilema moral es este: ¿Justifica matar a inocentes el objetivo perseguido de acabar con los terroristas?
          Para responder a esta brutal cuestión hay que detenerse a analizar bien el problema. Si se tratara la cuestión dentro de una democracia la respuesta sería sencilla: no, en ningún caso está justificado. Si consideramos en cambio que la cuestión se dirime dentro de una guerra... la guerra (o al menos esta "guerra") es un juego de suma cero en que quien no vence, pierde. Si, como parece sugerir el experimento mental llevado a cabo con la Guerra Civil Española, los atentados de París son un acto de guerra, entonces el que hubiera víctimas civiles al atacar al DAESH sería un precio asumible (lo cual es decididamente terrible, y por ello nos hayamos ante un dilema brutal). El dilema en este caso es entonces decidir entre el menor de estos dos males: perder contra los fascislamistas o vencer pero sin poder evitar matar a una minoría (pero toda vida humana es preciosa) inocente (porque el mundo ideal en que los bombardeos solo matan a los malos no existe).
          Mi idea es que, de estas dos malditas opciones, la de perder contra los fascislamistas es inasumible. Tal vez empezar esta guerra podrá traer consecuencias funestas en territorio europeo (ya lo está haciendo) pero perderla las traería peores. Yo diría que si la historia nos ha enseñado algo es que la mayor parte de las intervenciones extranjeras en guerras civiles son un fracaso y casi siempre empeoran las cosas ("el infierno está lleno de buenas intenciones" decían las abuelas), pero el daño ya está hecho y no cabe volver atrás. Hay que elegir en el marco actual, con DAESH como factor determinante de cualquier movimiento. Y quien pretenda que mi dilema "ganar o perder" es un falso dilema porque habría terceras opciones tendría que entender que el DAESH no es cualquier cosa, son los nazis, son fascislamistas, porque el enemigo del DAESH es toda la civilización, su único objetivo es la aniquilación del que no sea de los suyos... y muchos no lo somos. Para el DAESH el dilema es obvio: matar o morir, y al juego de la paz dos no juegan si uno no quiere. Luego un DAESH consentido provocaría muchas más muertes inocentes que tratar de aniquilar al DAESH. De hecho ya lo está haciendo y no olvidemos que la mayor parte de las víctimas del DAESH son musulmanas y sirias, y de lo que se trata también es de defender a los sirios.
          Así que el resultado de nuestro dilema es atroz, como no podía ser de otra forma, Francia debe tratar de aniquilar a los terroristas del DAESH aunque eso sin duda implicará la muerte de inocentes, pero dejar de hacerlo sería con toda probabilidad consentir un número de víctimas inocentes mucho mayor a largo plazo (también hay que pensar que una operación con efectivos sobre suelo sirio sería probablemente más rápida... ¿pero estaría Francia dispuesta a enviar soldados a morir a Siria?, ¿sería aconsejable vista la experiencia de las guerras del Golfo?).
          Por supuesto, puedo estar equivocado, y por eso no respondo en clase de ética y solo ayudo a que los alumnos elaboren su propia respuesta, pero se responda o no a los alumnos, no se puede no tener una respuesta, porque no tenerla es también tener una repuesta, y añadir datos que nos distraen de los hechos y de la necesidad de responder, gritar cuánto se ama toda vida humana como si los demás no lo hicieran tanto como nosotros, discutir sobre intenciones y principios posponiendo sine die la acción, es lo que Jean Paul Sartre llamó mala fe.

Apéndice

          Me gustaría apuntar una cosa al hilo de las reflexiones anteriores. Francia ha podido hacer mal muchas cosas, pero hubo algo que sin duda hizo correctamente: educó a los futuros terroristas como ciudadanos y no los dejó a merced de quienes sembraron el odio en ellos. Fracasó pero lo intentó. Se trata de educar en lo que une y sustenta la democracia y el pluralismo, no en lo que separa, porque los valores cívicos nos unen a todos por igual mientras que las religiones nos separan por confesiones (a menos que sean hegemónicas como en una teocracia, pero eso es justo lo que persigue el DAESH). ¿Qué podemos pues hacer a largo plazo? Educar en los valores cívicos universales, en el laicismo. En eso hay que persistir, porque los hechos demuestran que por desgracia no es condición suficiente para la tolerancia, pero sí necesaria. Nadie invoca el nombre de Aristóteles, Kant o Stuart Mill para matar.

P.S. Hollande ha sido un zorro astuto y no nos ha dejado pensar, ha actuado antes de que el debate prosperara realmente y de repente el debate, como esta entrada, parece irrelevante, pretérito, vetusto. El problema es que la razón (incluso una tan calculadora y utilitarista como la de esta entrada) en ocasiones no es tan rápida como la voluntad quisiera... "La lechuza de Minerva levanta el vuelo al atardecer" Hegel dixit.





domingo, 1 de noviembre de 2015

De la necesidad del estudio de la filosofía

          Aquellos que sean asiduos de este blog ya sabrán muy bien de tres de mis grandes vicios: las introducciones que dan largos rodeos, las entradas demasiado extensas y el quintacolumnismo. Es sin orgullo que declaro que esta entrada no va a ser una excepción, no obstante confío en que al final de sus muchos vericuetos y sus tribulaciones autocríticas logre su objetivo principal: defender la necesidad del estudio de la historia de la filosofía en el bachillerato (a quien solo le interese esa parte puede saltar directamente a la sección final del post).
          Creo que toda defensa de la filosofía, aunque en ocasiones pueda revestirse de épica (yo mismo lo he hecho en las entradas ¿Por qué la filosofía? y No hay ética) por motivos retóricos, debe sin embargo tratar de ceñirse a los hechos si no quiere convertirse en aquello que nos pasamos la vida criticando los profesores de filosofía en clase: la erística de los sofistas. Es así que vengo leyendo encendidas y dramáticas defensas de la necesidad de la filosofía que parten de afirmar una falsedad (la desaparición de la filosofía del bachillerato) y que emplean dos argumentos contrafácticos falaces: a) si no hubiera estudio de la filosofía, entonces no habría pensamiento crítico y b) si no hubiera estudio de la filosofía, entonces no habría democracia. Soy profesor de filosofía, así que obviamente adoro mi disciplina, pues filosofía no es precisamente algo que se estudie como medio para ganar fortuna y gloria. Ahora, de ahí a tener la osadía de pretender que todo aquel que no estudie filosofía será un borrego o un antidemócrata va un trecho tan largo que creo que solo ayudará a sumar a la causa de los filósofos el apoyo de borregos capaces de creer en tamaña falsedad (generalmente el tipo de borregos que confunde filosofía con ideología, y más concretamente con su ideología).

La filosofía no desaparece del bachillerato
          "¿Cómo? ¿Qué es eso de que no desaparece la filosofía del bachillerato? ¡Si he leído artículos, posts y cartas al director que afirman que el gobierno elimina la enseñanza de la filosofía!" Pues no, no es así, y lo siento por todos esos artículos, posts y cartas al director en cuyos titulares (no siempre el cuerpo) abundan las buenas intenciones pero no el amor a la verdad. A día de hoy es obligatoria la enseñanza de la asignatura Filosofía en 1º de Bachillerato, con una dotación de cuatro horas lectivas a la semana (una más que con la ley anterior), y sus contenidos formarán parte del futuro examen de reválida (respecto al despropósito que supone ese futuro examen tal cual está planteado a día de hoy ya haré una entrada específica en el blog). Lo que sí ocurre con la nueva ley es que la asignatura de 2º de Bachillerato Historia de la Filosofía pasará de ser obligatoria a ser optativa (salvo en el Bachillerato de Humanidades y Ciencias Sociales en que será materia de modalidad). De esta forma, la aserción "desaparece la filosofía del bachillerato" es literalmente falsa.
          Es cierto que el profesorado español de filosofía en su mayoría tiene un sesgo historicista, y probablemente en las mentes de muchos de mis colegas Filosofía e Historia de la Filosofía son equivalentes (no hay más que echar un vistazo a muchos de los libros de la asignatura Filosofía, donde un tratamiento en apariencia sincrónico de los principales interrogantes filosóficos esconde muchas mini-historias de la filosofía). Hay que decir también, en honor a la verdad, que la existencia de asignaturas de filosofía (sin tener en cuenta asignaturas de ciudadanía o ética) es algo bastante poco habitual en los bachilleratos del mundo, yo apenas tengo noticia de tres casos aparte del nuestro: Francia, Italia y Finlandia.
          En Italia se enseña filosofía como le gustaría a muchos: Historia de la Filosofía a lo largo de los tres cursos de bachillerato (primer curso Filosofía Antigua y Medieval, segundo curso Renacentista y Moderna, y tercer curso Moderna y Contemporánea). En Finlandia y Francia el enfoque es sistemático y problematizador, no histórico (espero poder dedicar una entrada del blog a defender ese modelo frente al historicista). En Francia, el modelo que mejor conozco, no se estudia filosofía hasta el último curso de bachillerato, se dan tres horas semanales en el bachillerato científico, cuatro en el económico-social y la friolera de ocho horas en el literario. En todos estos itinerarios al menos dos horas de filosofía han de ser consecutivas para favorecer hacer exámenes de dos horas, exámenes que consisten en un comentario de texto (sin preguntas guía) o una disertación. Que yo sepa no se enseña filosofía en países que tan grandes filósofos han dado como Alemania o el Reino Unido. De hecho, en la mayoría de países europeos no se enseña filosofía como tal, con una asignatura específica en el bachillerato (este informe de la UNESCO que parece decir lo contrario contabiliza asignaturas de valores éticos). Así que si nos comparamos con todos esos países afirmaciones como "la filosofía queda de facto eliminada en los institutos" da vergüenza ajena (demuestra muy poco amor por la asignatura de filosofía que a mí me parece más valiosa, la de 1º). Como mucho podríamos decir que la asignatura de Historia de la Filosofía queda arrinconada, pero es obvio que como titular no resulta suficientemente sensacionalista (pero qué somos, ¿filósofos o sofistas?).

El pensamiento crítico y la democracia no dependen de la enseñanza de la filosofía
          La verdad de esta afirmación es tan obvia que parece mentira que nadie pueda decir lo contrario, y sin embargo son muchas las defensas de la presencia de la filosofía en bachillerato que afirman cosas tales como que sin la filosofía desaparecerán tanto el pensamiento crítico como la democracia (o al menos el espíritu democrático). Vale la pena preguntarse entonces lo siguiente: ¿Aventajamos acaso en pensamiento crítico, por ejemplo, a los ciudadanos alemanes gracias a nuestros (voy a contar solo los años de la democracia) 37 años de enseñanza de la filosofía en bachillerato? ¿Es nuestra democracia superior a la británica o a la de Estados Unidos? ¿Son las virtudes cívicas y actitudes democráticas de los españoles superiores a las de aquellos ciudadanos europeos que tienen la desgracia de no estudiar filosofía en el bachillerato?
          Martin Heidegger, uno de los más grandes filósofos del siglo XX fue un nazi redomado, ¿cómo iba servida su filosofía en cuanto a democracia? La enseñanza de la filosofía en bachillerato en España existe desde el año 1953, en plena dictadura franquista, ¿es de suponer que el régimen se hacía el hara-kiri enseñando el pensamiento crítico que haría de sus ciudadanos demócratas antifranquistas?
          Está bien que nos contemos a nosotros mismos y a nuestros alumnos los cuentos de lo que idealmente es, o debería ser, la filosofía, porque es la mejor forma de acercarnos (acercarles) a dicho ideal, pero no sé si es legítimo (o filosófico) recurrir al mito cuando se trata de legislar. Sería mejor atenerse a los hechos (¿dónde ha quedado eso de que la filosofía es el paso del mito al logos?), y los hechos demuestran que los argumentos a) "si no hubiera estudio de la filosofía, entonces no habría pensamiento crítico" y b) "si no hubiera estudio de la filosofía, entonces no habría democracia" son incorrectos.
          Algun filósofo bien pensante me acusará de falacia del hombre de paja, dirá que nadie defiende que la filosofía sea condición suficiente para el pensamiento crítico y la democracia, sino tan solo condición necesaria. La democracia nació con la filosofía y la relación no es accidental. Tal vez, pero temo que podamos cometer en esta ocasión una falacia post hoc ergo propter hoc. Diría que en todo caso la democracia fue causa de la filosofía y no al revés, la democracia ateniense (o la autonomía democratizante de las colonias de Jonia) hizo necesario y posible el pensamiento discursivo de la filosofía. Tampoco deberíamos olvidar que la democracia ateniense excluía a todas las mujeres, a gran parte de los varones y permitía la esclavitud, algo que difícilmente consideraríamos hoy democrático (pero que desde luego era legitimado por muchas filosofías). También, si hubo un momento de la Historia de Europa en que la enseñanza de la filosofía fue absolutamente obligatoria (para aquellos pocos que estudiaban), fue en la Edad Media, una filosofía que muchos no dudarían en tachar de no suficientemente crítica sino dogmática, y una época en que la democracia brillaba por su ausencia (aunque ya oigo a filósofos que sostienen una interpretación whig de la historia protestando panglossianamente por mi falta de visión de conjunto).
          Tratando se salvar los muebles tal vez el filósofo bien pensante acudiría a una nueva versión deflacionaria (más aún que la anterior) del argumento de que si no hay filosofía entonces no hay pensamiento crítico y democracia, vendría a decir algo así como que "la filosofía garantiza democracia y pensamiento crítico si es buena, o si se enseña como es debido". Pero si hemos arrinconado hasta ese punto a la filosofía entonces hemos perdido: habría que demostrar que la filosofía que efectivamente se enseña y el cómo se hace son "buenos" o "cómo es debido" (lo cual parece quedar desmentido por el hecho de que los españoles no seamos más críticos ni más demócratas que otros muchos europeos que no estudian filosofía en bachillerato) y además habría que demostrar que precisamente el hecho de que dejara de ser obligatoria no la enseñanza de la filosofía, sino la historia de la filosofía, desvirtuaría su carácter fundador de la democracia y del pensamiento crítico.
          No, los argumentos a) y b) son insostenibles. Es más, son vergonzantes y contraproducentes, porque demuestran la falta de pensamiento crítico de aquel que los esgrime. El pensamiento crítico es comprendido a menudo como capacidad de crítica a la verdad o el bien oficiales, como sinónimo de sospecha de lo establecido por la mayoría o las instituciones. Sin embargo el interés del por qué crítico de la filosofía es que alcanza cualquier recoveco, y eso incluye el pensamiento propio, también el de las autodenominadas minorías críticas que creen tontamente que precisamente por el hecho de ser minorías o alternativas a lo abundante u oficial ya son críticas. Nada más lejos de la realidad. Sin ir más lejos las llamadas terapias alternativas no son las representantes del pensamiento crítico en cuanto al conocimiento y la medicina, por el contrario son dogmáticas, es la ciencia oficial la que representa el pensamiento crítico (o algo que se le acerca). Más nos vale pues a los filósofos demostrar que no somos propensos a los discursos autocomplacientes con respecto al valor de nuestra disciplina, o la presunta conexión entre pensamiento crítico y filosofía resultará a todas luces vacía de contenido.

La enseñanza de la filosofía en bachillerato es necesaria
          Ya que he mencionado las terapias alternativas (sobre mi crítica a algunas pseudociencias véanse El fantasma en la máquina I: la homeopatía y El fantasma en la máquina II: el Reiki) voy a aprovechar para emplearlas en un ejemplo que muestra por qué la enseñanza de la filosofía es, si no necesaria, como mínimo muy útil: porque combate el pensamiento mágico. Cualquier persona sensata dirá que eso ya lo hace la ciencia, y así es, pero no en el bachillerato. Las materias de ciencias en bachillerato consisten en la enseñanza de contenidos puramente científicos (afortunadamente), y no en la discusión acerca de los límites de la ciencia ni de sus fundamentos (o no explícitamente). Muchos estudiantes de bachillerato científico tienen creencias profundamente anticientíficas sin ser conscientes de ello, para ellos la ciencia es como un algoritmo que permite resolver problemas prácticos pero no implica necesariamente una visión científica de la realidad. Por el contrario en filosofía se trabaja la necesaria coherencia entre praxis y teoría, acción y principios, se enfrenta a los alumnos a preguntas por la consistencia de sus creencias, por los fundamentos de su cosmovisión.
          Como es bien sabido la filosofía es un saber de segundo orden y nos permite abstraernos de lo concreto (que es lo que se enseña en todas las demás disciplinas del bachillerato) para tratar de dotarnos de una perspectiva global que cohesiona los saberes dispersos. Muchos alumnos llegarán a clase de filosofía con espíritu crítico y con espíritu democrático (luego estos no provienen de la enseñanza de la filosofía), pero muy pocos con la capacidad de abstracción radical de la filosofía que les lleve a tener una visión salvajemente holista de la realidad. La filosofía sirve, entre otras cosas, de pegamento de saberes que de otra forma serían compartimentos estanco, y para tratar cosas que, de otra forma, no se tratarían. En biología se estudia el funcionamiento del cerebro, en física la naturaleza de la materia, ¿pero dónde cabe preguntarse sobre si mente y cerebro son la misma sustancia o no, sobre si lo mental es material en el mismo sentido en que lo es el cerebro o no, sobre si lo mental es idéntico al cerebro o es una propiedad suya, o un epifenómeno, o una función?
          Cierto, aún estudiando filosofía seguimos siendo dogmáticos, prejuiciosos e incoherentes pero como dice Deleuze "que nadie se atreva a proclamar el fracaso de la filosofía. Por muy grandes que sean la estupidez y la bajeza serían aún mayores si no subsistiera un poco de filosofía que, en cada época, les impide ir todo lo lejos que quisieran...". En fin, no voy a añadir aquí más argumentos a los ya aportados en ¿Por qué la filosofía? Voy en cambio, como prometí al principio de la entrada, a tratar de dar brevemente algunas razones por la cuales creo que no solo debe enseñarse en bachillerato filosofía, sino que sería conveniente mantener la obligatoriedad de la asignatura de Historia de la Filosofía.

La enseñanza de la historia de la filosofía en bachillerato es necesaria
          ¿Qué se enseña en Historia de la Filosofía en 2º de Bachillerato? Me temo que varía de unas comunidades a otras, en Madrid se enseña la historia del pensamiento desde la filosofía presocrática hasta la filosofía del siglo XX, desarrollando de forma pormenorizada el pensamiento de 13 autores: Platón y Aristóteles dentro de la Filosofía Antigua; Agustín de Hipona y Tomás de Aquino dentro de la Filosofía Medieval; Descartes, Locke, Hume, Rousseau y Kant dentro de la Filosofía Moderna; y Marx, Nietzsche, Wittgenstein y Ortega y Gasset dentro de la Filosofía Contemporánea. ¿Es necesario añadir la enseñanza del pensamiento de estos autores a lo visto en la asignatura de Filosofía de 1º de Bachillerato? Creo que es muy recomendable por las siguientes razones:
  • Al estudiar distintos sistemas filosóficos los alumnos tendrán ocasión de comprender el sentido de la filosofía no ya desde el punto de vista de las respuestas que da a interrogantes concretos, sino en cuanto sistema globalizador, en tanto que estructura de ideas jerárquica y coherente, en cuanto visión del mundo.
  • El estudio de "filosofías", del pensamiento de distintos autores con teorías a menudo enfrentadas permite desterrar el sesgo que pueda tener un profesor que imparta mal la Filosofía de 1º de Bachillerato. En Historia de la Filosofía se enseñan puntos de vista dispares y el profesor, aunque sienta un profundo disgusto con unos autores y admiración por otros se ve obligado a hacerlos todos tan convincentes y sólidos como le sea posible (y otro tanto le ocurre al alumno, que se ve obligado a poner entre paréntesis su propia filosofía). Así, en Historia de la Filosofía sale reforzado el pluralismo filosófico y de este modo también la tan cacareada disposición al pensamiento crítico.

          También es cierto que si ustedes me preguntaran "Si tuviera que elegir entre enseñar en bachillerato Filosofía o Historia de la Filosofía, ¿qué elegiría?", mi respuesta sería sin duda "Filosofía" pues bien planteada habría de ser tanto o más plural que Historia de la Filosofía, ¿pero por qué habría que elegir el menor de dos males si durante años ha sido posible enseñar ambas en bachillerato? Esta falacia también tiene nombre, se llama falso dilema.


          Aunque la petición hable grandilocuentemente de "salvar la filosofía", si consideras que la asignatura de Historia de la Filosofía merece seguir siendo obligatoria en 2º de  Bachillerato y que es necesaria la enseñanza de la ética filosófica y no de variantes baratas de autoayuda en la ESO, puedes firmar esta petición en change.org 

miércoles, 6 de mayo de 2015

El fantasma en la máquina II: el Reiki

     En la primera entrega de esta entrada, "El fantasma en la máquina I: la homeopatía", partía del concepto de "fantasma en la máquina" con el que el filósofo Gilbert Ryle definió el dualismo cartesiano y lo aplicaba a ciertas pseudociencias que pretenden que lo inmaterial (sea esto lo que sea), el fantasma, interactúe con lo físico, la máquina. Así, decía allí, "mucha gente está dispuesta a admitir el mágico efecto de lo que no existe físicamente (la molécula ausente en el medicamento homeopático, el campo de energía de los cuerpos en el Reiki) sobre lo físico (sobre la carne y los huesos humanos, sobre la materia, sobre nuestros cuerpos enfermos)". En la anterior entrada, me centré en el caso de la homeopatía, aquí abordaré el caso del Reiki.

Otra terapia fantasmal: el Reiki

     El Reiki, en japonés "energía universal", (no voy a distinguirlo de la terapia del biocampo o del toque terapéutico, pues comparten los mismos principios) consiste en presuntamente canalizar a través de las manos, que nunca llegan a tocar al paciente, una fuente de vibración (ojo, pero no el airecillo por mover las manos, es vibración "energética"), que está fuera, hacia uno mismo o hacia otras personas para curar enfermedades físicas o sanar emociones. El fantasma en este caso recibe el nombre científico de "energía" (o sea, trabajo, o masa acelerada al cuadrado), pero no describe ningún hecho físico real, sino el espacio entre las manos y el cuerpo del paciente, esto es, al aire, aunque esto sería solo un caso particular ya que el Reiki trabaja con la "energía vital universal" (en este caso cada alma no sería un fantasma, sino que existiría más bien un alma del universo, un fantasma omnipresente). Ciñéndose a los hechos, el Reiki es sanación por imposición de manos (a una distancia prudencial): una mano a 10 cm de mi riñón presuntamente podría curarme mi insuficiencia renal porque de hecho esta sería fruto de un desequilibrio energético producido por una falta de sintonía entre mi alma y mi cuerpo que esa mano, moviéndose a 10 centímetros de mi riñón o del resto de mi cuerpo, puede resolver (o si no curarme, como mínimo me aliviará el dolor). El Reiki resintoniza al fantasma y la máquina, que si ya es difícil explicar su interacción estando sintonizados, imagínense si además cada uno puede tener su propia frecuencia.
     Emily Rosa, con solo once años se convirtió en la más persona más joven que jamás hubiera publicado un artículo en una revista científica con un sencillo experimento que refutaba la validez de la terapia del toque terapéutico (basada en los mismos principios que el Reiki):
Emily ideó un experimento simple para comprobar si los practicantes del Toque Terapéutico sienten realmente un “campo humano de energía”, tal como dicen. La terapeuta y Emily estaban sentadas a una mesa, una frente a la otra, separadas por una pantalla opaca, en cuya base se habían recortado dos agujeros. La terapeuta colocaba en ellos las manos, cubiertas por una toalla. Antes de cada serie de pruebas, se le daba un tiempo para que “se concentrara” o hiciera las preparaciones mentales que juzgara necesarias. Emily lanzaba una moneda al aire y, de acuerdo con el resultado, situaba su mano derecha o izquierda a unos diez centímetros por encima de una mano de la terapeuta. Entonces le preguntaba qué mano estaba más cerca de la suya; la terapeuta disponía del tiempo que quisiera para decidir.
Alan Sokal, Más allá de las imposturas intelectuales

     En 280 pruebas con 21 terapeutas, el 44% de ellos escogieron la opción correcta, esto es, ligeramente por debajo de la posibilidad estadística de acertar por puro cálculo de probabilidades. Futuros terapeutas se han guardado muy mucho de someterse a pruebas semejantes, ojos que no ven... (se han hecho no obstante estudios más rigurosos tras el experimento de Emily Rosa, que no hacen sino confirmar sus resultados).

"Alteración del campo de energía": no es ciencia todo lo que reluce

     Como decía en la anterior entrada, parte de la fuerza persuasiva del Reiki y otras pseudociencias estriba en su jerga. Ciertamente la palabra "energía" describe algo (la capacidad para hacer), y existen los campos eléctricos y los campos magnéticos, pero ambos son campos físicos (y no místicos, ni espirituales), como físicas son también las vibraciones (propagación de ondas, perturbaciones tensionales en un medio continuo). Si mezclamos estos conceptos que describen realidades físicas para referirnos a otra cosa que no es su referente real parecerán tener significado careciendo no obstante de referencia (como el concepto de unicornio, que tiene significado por la fusión de los conceptos de caballo y cuerno, careciendo no obstante de referencia real). Y sin embargo se habrá conseguido el efecto deseado, por el uso de expresiones de carácter científico se habrá investido a esa entelequia inventada del prestigio del lenguaje científico, de su aura de certidumbre y fiabilidad. Las creencias pseudocientíficas pues, a diferencia de las creencias religiosas, pretenden estar basadas en la evidencia, en el conocimiento racional y científico y no en la fe, y no solo lo pretenden, pasan por estarlo, son tenidas por tales, el disfraz científico funciona. Pero aunque la magia se vista de ciencia, magia se queda.
     Un ejemplo del éxito del abuso del lenguaje científico relacionado con el Reiki sería que increíblemente existía un diagnóstico enfermero llamado "alteración del campo de energía" en la taxonomía de diagnósticos de NANDA (la asociación internacional encargada de estandarizar los diagnósticos de enfermería) hasta este año 2015 en que ha sido retirado porque "toda la literatura que defiende este diagnóstico trata de la intervención más bien que del diagnóstico enfermero propiamente dicho" (¿quién lo iba a sospechar?). Dado que la "alteración del campo de energía" no refiere a nada, es fácil que el Reiki sea la mejor terapia para curar eso que no existe, ninguna terapia real podría curar lo que no es nada. Que dicho diagnóstico figurara en la taxonomía NANDA se debe al mal que ha hecho a la enfermería científica el hippismo y postmodernismo de ciertas teóricas como Martha Rogers. Afortunadamente la taxonomía NANDA ha sido revisada implementando el nivel de los criterios de evidencia, lo que ha dejado fuera de la ecuación eso que puede que suene científico (aunque a mí me suena más a los midiclorianos de Star Wars o a los poderes de Susan Storm) pero que de hecho no lo es: que hay un campo de energía rodeando nuestros cuerpos, y que puede sufrir alteraciones (con lo que mover las manos a su alrededor podría corregir dichas alteraciones).
     El diagnóstico enfermero (insisto, desde 2015 no admitido ya como tal) de "alteración del campo de energía" ha funcionado como un cajón de sastre en que ha caído toda terapia alternativa que no haya probado su eficacia para hacer frente a cualquier otro diagnóstico real, y es lo que ha dado pie a la intrusión del Reiki en hospitales públicos tanto en aulas de formación, como en proyectos de investigación, como en atención terapéutica (por ejemplo en el Hospital de Guadarrama de Madrid). Revistas de referencia en enfermería en España como Metas de enfermería han publicado estudios de escasa validez científica sobre el Reiki. Teniendo en cuenta que falsar la efectividad del Reiki es algo que como hemos visto está al alcance de una niña de once años (muy lista y honesta, eso sí), desde mi punto de vista esto último habla muy mal de estas publicaciones y de cierta investigación que se hace en enfermería en este país (¿resolverán los estudios de grado este problema?). Prestemos ahora atención a dos de estos artículos.

Un par de estudios recientes

     La mayor parte de estudios que concluyen a favor del uso de terapias alternativas o complementarias no respetan el método científico y presentan un claro sesgo de información, mientras que la evidencia científica en contra es cuantiosa pero sistemáticamente ignorada por sus defensores. Permítanme comparar dos estudios publicados en Metas de enfermería: "Impacto del Reiki en el manejo del dolor por pancreatitis aguda" (estudio realizado en el Hospital Gregorio Marañón de Madrid) y "Aplicación de la terapia Reiki en el cuidado de pacientes con perturbación del campo de energía" (estudio realizado en el Hospital de Guadarrama de Madrid).
     Aunque ambos me ponen los pelos de punta solo por el hecho de poner de manifiesto que el Reiki tiene hueco en hospitales públicos, el primero pretende medir algo cuantificable objetivamente, es honesto en su método (utiliza un doble ciego con grupo control para aislar la variable individual, y reconoce que el tamaño muestral es escaso) y en sus resultados, pero no completamente, pues presenta cierta resistencia a aceptar dichos resultados añadiendo varias conclusiones ad hoc. El estudio concluye que "no se produjeron diferencias estadísticamente significativas entre los tres grupos [el de pacientes tratados con Reiki, el de aquellos tratados con Reiki placebo y el de aquellos no tratados con Reiki] en lo que a las mediciones del dolor se refiere", pero añade que el Reiki "podría ser más eficaz en el dolor crónico, pero no en el agudo" y que si no hay diferencia en los resultados de Reiki auténtico (practicado por maestros) y Reiki placebo (practicado por voluntarios sin formación) esto "se podría relacionar con la capacidad que todos tenemos para transmitir energía". Con ambas afirmaciones se está cometiendo una falacia de petición de principio, pues se da por hecho al menos parcialmente justo aquello que debería probarse. En cualquier caso, respecto al impacto del Reiki en el manejo del dolor por pancreatitis aguda, "los resultados obtenidos en este estudio parecen estar en la misma línea de resultados que algunas publicaciones con estudios similares al nuestro que no han encontrado relación entre el manejo del dolor y la utilización de este tipo de terapias".
     Menos honesto es el segundo estudio, nada sorprendente por otra parte si se parte de un diagnóstico errado, la famosa "perturbación del campo de energía" que ya no es tenida por un diagnóstico válido por NANDA (aunque probablemente lo fuera aún en el momento de hacerse el estudio). Es cierto que es más una memoria de resultados que un experimento científico (aparece en el apartado "Gestion sanitaria" de Metas de enfermería, y no, no lo hace como ejemplo de mala gestión), pues no hace esfuerzo alguno por aislar la variable individual (la terapia Reiki): "los indicadores recogidos dependen de múltiples factores, no exclusivamente de la terapia Reiki, como medicación, evolución de la enfermedad, estado emocional, nivel sociocultural, creencias, etc." El "no exclusivamente" es aquí fundamental, ¿pues cómo se sabe que la terapia Reiki ha contribuido en algo al bienestar del paciente, si precisamente los resultados del estudio son fruto de la acción simultánea de varios factores (algunos de probada eficacia)? Nueva falacia de petición de principio, se da por hecho la efectividad del tratamiento por Reiki, cuando es precisamente aquello que habría que probar. El caso es que la terapia perece tener aceptación, así que se subraya "la necesidad de más personal cualificado para su realización". Obvio: no hay conclusiones válidas... luego invirtamos más en ello.

Fantasmas, placebos y Sanidad Pública

     Personalmente, pensar que parte de los valiosos y cada vez más escasos recursos del sistema público de salud (el tiempo siendo uno de los recursos fundamentales) se dedique a estas terapias, tanto a su ejercicio como a su investigación y estudio, me parece escandaloso. Y si se considera que es tiempo dedicado al cuidado integral del paciente, a tratar también sus necesidades afectivas y psicológicas y no solo las físicas, entonces que sea denominado como tal. Es fácil que un paciente al que se le dedica la atención personalizada que supone el Reiki se sienta mejor, pero no por el reequilibrio de su inexistente campo de energía alterado, sino por el contacto, que es algo que con toda seguridad sí necesitamos los seres humanos. El modelo naturalista de actuación enfermera de Florence Nigthingale o modelos de ayuda basados en la psicología humanista como los de Virginia Henderson o de Dorothea Orem dan perfecta cuenta de esto, los añadidos pseudocientíficos de campos de energía no aportan nada al modelo, lo desvirtúan, lo fantasmagorizan.
     Propongo como posible experimento que en lugar de Reiki se lleve a cabo, por ejemplo, una "terapia por lectura". Se informaría al paciente de que el dolor y el confort dependen en parte de su forma de afrontarlos, que su optimismo y el contacto humano pueden influir positivamente en su condición, porque pueden liberar neurotransmisores (endorfinas) que actúan como calmantes (hay evidencia de que distracción y compañía suben el umbral de dolor), y por ello se va a proceder a acompañarle media hora diaria, leyéndole un libro. Se le preguntaría al paciente qué libro o historia querría que se le leyera (tal vez un relato de la infancia, algo que recuerde momentos felices, que le haga sentirse querido...), y se le leería regularmente, dedicándole a la lectura el tiempo que se dedicaría a sesiones de Reiki. Esa sería la terapia: leerle a un paciente cogiéndole la mano, todos los días. Me juego el cuello a que los resultados también mostrarían "una mejora sustancial de la ansiedad, la angustia, el miedo y la confortabilidad, además de una disminución del insomnio y el dolor", así como "aumento de la empatía entre el paciente y los profesionales enfermeros", como aparece en el estudio del Hospital de Guadarrama citado más arriba. Yo preferiría esta "terapia por lectura" porque me parece un placebo mucho más honesto y que no contradice nuestras teorías científicas.
     Hay una verdad en lo que los maestros de Reiki dicen: "Autosanamos nosotros, es una capacidad natural que todos tenemos". Pero afirmar esto no es honestidad, es una forma de hacer infalsable la teoría propia: si yo no sano a mi paciente no es por incapacidad mía o de mi método, sino del paciente. Claro, es lo que tiene el efecto placebo, que si el enfermo no cree que realmente le ha sido dado un medicamento que es de utilidad, entonces no funciona. Y del efecto placebo sí que hay evidencia científica (véase el final del próximo vídeo) y lo que es más importante, una explicación de su mecanismo causal. Vamos, que el efecto placebo funciona, pero claro, alguien tiene que darnos el placebo, no podemos dárnoslo nosotros. La paradoja es que, o nos engañan, o no hay efecto placebo. ¿Pero de verdad queremos ser engañados, no deberíamos exigir terapias de cuya eficacia haya evidencia, que no establezcan solo correlaciones sino también relaciones causales? Hay a quien no le importa (y por eso estas terapias siguen vivas), como la paciente de este vídeo sobre el experimento de Emily Rosa y el toque terapéutico (segundo 54):

 

     "No necesito explicaciones, porque tengo fe en el proceso, eso es algo realmente maravilloso, cuando te sientes indefensa, aterrada, cuando te han dado un diagnóstico, como me ocurrió a mí." Marx diría que el Reiki es el opio postmoderno del pueblo, es pura analgesia por convicción. Y mucha gente dirá: "bueno, si el autoengaño funciona..."
     Yo preferiría que el engaño no existiera, porque sin respeto a la verdad no hay conocimiento científico (y por tanto no habría quimioterapia, vacunas o analgésicos), porque el engaño que vende prácticas inocuas no es él mismo inocuo, pues puede llevar a algunos pacientes a renunciar a un tratamiento real, basado en la evidencia científica, y por tanto poner en riesgo su salud y en casos extremos sus vidas (por mucho que los terapeutas insistan en que sus terapias son complementarias y no alternativas). No obstante, lo mínimo que pido es que no se engañe con mi dinero, y que por tanto se engañe en los sitios tradicionales: los templos, iglesias, santuarios y consultas de videntes. Esos son lugares en los que decir "tengo fe" cobra todo su sentido, no en los hospitales públicos. 

     Gracias a Elena Vacas Tapia por su asesoramiento en temas de enfermería.

jueves, 1 de marzo de 2012

La democracia y la manipulación mediática

          Una de las condiciones sine qua non de la democracia es la existencia del pluralismo político, y dicha condición puede ser incumplida de diversas formas. Una de ellas, las más obvia, es mediante la existencia de un partido único como en las dictaduras franquista o soviética. Otra es mediante la supresión de la libertad de conciencia y de expresión, rasgo compartido también por todas las dictaduras. Y otra más, algo menos obvia, es mediante la perversión de los canales que alimentan la libertad de conciencia y de expresión, esto es, mediante la instrumentalización ideológica o partidista de los medios de comunicación. Pues bien, desde ese punto de vista nuestra democracia es a todas luces imperfecta, como vuelven a demostrar un día más las portadas, en este caso, de ABC y LaRazón.
          Se ha deslizado en nuestra sociedad la idea de que lo propio de la democracia no es que existan medios de comunicación desideologizados, sino que su instrumentalización ideológica, en lugar de llevarla a cabo un solo partido, el del gobierno, la compartan varios partidos o sectores de opinión. Se entiende por "pluralismo informativo" que existan medios de distintas ideologías, pero lo que garantiza el pluralismo es que la información sea veraz, porque es la realidad la que es plural. Los medios deben tratar de ser espejos de esa realidad multicolor, y no filtros que coloreen espacios de la realidad, porque la suma de estos filtros nunca será suficiente. No es lo mismo pluralismo que pluralidad. Lo que necesitan las democracias son medios independientes, y no medios con dependencias diversas, la democracia, el pluralismo político, se nutren de información honesta y no de propaganda plural. De lo contrario la prensa pasa de ser el cuarto poder a convertirse en un brazo hidráulico del poder político, en un instrumento de los partidos.
          Para entender la realidad que nos rodea nos vemos obligados a consultar cada vez más medios de comunicación, y eso solo significa que ninguno de ellos es capaz de cumplir con su cometido, porque la realidad es la que es, y no el resultado de hacer la media entre todos los puntos de vista. Que el heliocentrismo en su día fuera minoritario no lo hacía menos cierto.

          Tal vez este discurso resulte ingenuo, la auténtica realidad en toda su pureza objetiva es inaprehensible, pero lo que defiendo aquí es el rigor, no deberíamos rebajar nuestras exigencias de calidad con la excusa de que la perfección es imposible, se hace camino al andar. De lo que acuso a la prensa no es de no ser capaz de describir con asepsia científica la realidad, sino de haber renunciado a intentarlo, de haber dejado de considerar que informar verazmente, al servicio de los hechos y no de un presunto bien moral o político, sea su objetivo.
          Este hecho que señalo se ve claramente plasmado en las palabras que en una Junta General de Accionistas del grupo PRISA pronunciara el difunto Jesús de Polanco  y en la bizantina explicación que dio Pedro J. Ramírez recientemente para justificar un caso de manipulación informativa de su periódico.
         Lo que Jesús de Polanco afirmó fue: "Nosotros tratamos de ser neutrales. Lo que ocurre es que es muy difícil, muy difícil, estar de acuerdo con la acción política de algunos partidos." Estas palabras me llevan a preguntarme desde cuándo ha sido necesario estar de acuerdo con los protagonistas de la realidad de la que hay que informar, por esa regla de tres no deberíamos informar de los atentados terroristas porque es "muy difícil estar de acuerdo" con las acciones terroristas. Si lo que se requiere de los medios de comunicación son juicios de hecho, ¿qué necesidad de subrayar lo difícil que es hacer un juicio de valor positivo acerca de determinados hechos?
          En cuanto a Pedro J. Ramírez, justificó el uso de un encuadre fotográfico que claramente tergiversaba la realidad recurriendo en una entrevista a un relativismo bastante ramplón: "Preguntas si la foto ‘refleja la visión de EL MUNDO de la realidad’ y no la realidad misma. Claro que sí porque ‘la realidad’ no existe sino a través de la mirada de los demás. (...) Las ‘imágenes tal como son’ no existen. (...) El ejercicio responsable de la libertad de prensa no consiste en ceñirse a un sentido canónico de la objetividad que siempre terminará dictaminado por quien ostente el poder. No, la esencia del pluralismo es la concurrencia de subjetividades honestas." Querría aprovechar este espacio para formular una petición: periodistas e intelectuales de medio pelo, por favor, dejen la Hipótesis Duhem-Quine para los filósofos y el Principio de Incertidumbre para los físicos, sus versiones vulgarizadas son subjetivismo barato y no sofisticado antiabsolutismo epistemológico. Incluso Pedro J., aunque pretenda que no, es capaz de distinguir entre los siguientes sintagmas nominales: "un verde campo" y "un bello campo". Que no me venga con que no hay diferencia entre juicios de hecho y juicios de valor, entre descripción e interpretación, y menos aún con que lo que es propaganda es la exposición de datos acordes con la realidad, ¿ahora resulta que describir científicamente la fotosíntesis es hacer propaganda de la clorofila? Como expliqué más arriba, no hay que confundir la pluralidad con el pluralismo.

          ¿Y qué es manipulación? Considero que cabe distinguir cuatro grandes categorías de manipulación mediática, con en ocasiones límites borrosos, basándonos en el criterio del grado de elaboración de la realidad de la que el medio pretende informar, de la cantidad de trazas o de huellas de la realidad que quedan en la información final. Atendiendo a ese criterio diría que es posible manipular la información interpretando, alterando, sustituyendo o inventando los hechos.
          Manipulación por interpretación sesgada de la realidad: la información puede partir de la realidad pero ser sesgada como en el caso de este titular de Público, donde deliberadamente se obvia parte de la información, como que esa presunta obligatoriedad de la religión a la que hace alusión se daría tan solo en la escuela y que no consistiría en la obligatoriedad de profesar ninguna, sino de estudiar el fenómeno religioso. Ciertamente el titular no niega estos puntos, pero tal y como está redactado, al omitirlos los enmascara. Además de describir la realidad la interpreta mediante un juego de sobreentendidos basado en lo que Grice llamó "implicatura conversacional" (los mecanismos de interpretación que van más allá de lo manifestado en los enunciados), por lo que en estos casos no sería válido que el medio recurriese a la excusa de que lo que afirma el titular es "literalmente" cierto, porque la manipulación se da en el nivel del significado implícito. La expresión "vuelta de la religión obligatoria" a lo que remite tácitamente es a una época en que no existía la libertad religiosa, no a una ley educativa previa que contemplaba una asignatura no confesional de religión.
          Manipulación por alteración de la realidad: la información consiste en la realidad misma, en el hecho, pero este ha sido alterado de tal forma que ya no es el hecho original, sino un subproducto manufacturado, que no obstante se hace pasar como la realidad inalterada. Lo vemos en los retoques con el Photoshop en las fotos de modelos y actores, o en esta portada de La Razón acerca de la manifestación del movimiento 15M del 19 de Junio de 2011.
          Manipulación por sustitución de una realidad por otra: la información transmitida refleja una realidad, pero no aquella de la que se está informando, un hecho se hace pasar por otro. Esto puede hacerse de forma más o menos sutil, sugiriendo una correlación donde no la hay o no está suficientemente justificada (caso de las portadas de ABC y La Razón mencionadas al principio de la entrada); o directamente haciendo pasar por una fuente que ilustra un suceso, una perteneciente a un suceso distinto, como en el caso de estos informativos de Telemadrid en que se ilustra una noticia del 15M en España con imágenes de manifestantes en Grecia.
          Manipulación por invención de la realidad: esto es algo inaudito, solo visto en regímenes totalitarios y que en España hasta hace poco no se daba. Hasta donde sé, de momento un medio tiene el monopolio absoluto de esta la forma más sangrante de manipulación: Intereconomía. He aquí una prueba, este conocido vídeo en el que presuntamente se entrevistaba a un acampado de la Plaza de Catalunya en Barcelona, tratándose sin embargo de una entrevista dramatizada con un actor con guión haciendo de indignado (en torno al minuto y medio, mientras el entrevistado dice "no votar al PP y al PSOE" la entrevistadora musita esas mismas palabras). En este caso el medio no solo no refleja fielmente la realidad, sino que crea una realidad inexistente, inventa su propia noticia, informa acerca de una ficción.

          Todos estábamos acostumbrados al primer nivel de manipulación, pero de un tiempo a esta parte la ética periodística parece haberse hecho a un lado y distintos medios se han lanzado a una carrera armamentística desaforada escalando a los siguientes niveles de manipulación. El riesgo que entraña ese creciente juego sucio es muy alto, porque como explicaba al principio consiste en la supresión de las vías de alimentación de la libertad de conciencia y la libertad de expresión y por tanto del pluralismo, condición sine qua non de la democracia. En los tiempos que corren pues, luchar por la verdad en España es más que nunca luchar por la democracia, y si como decía Epícteto "la verdad triunfa por sí misma, la mentira necesita siempre complicidad", resistámonos a ser cómplices de la podredumbre de la democracia no siendo cómplices de la mentira.

martes, 14 de junio de 2011

La liga PPSOE I

            Existen más parecidos de los que todos querríamos entre la Liga BBVA (antes llamada Primera División) y nuestra vida política.
            La primera de estas semejanzas es que en ambos casos solo hay dos auténticos candidatos al título y el resto de participantes son meros comparsas que se disputan las sobras, y como mucho pueden aspirar a darle la victoria a los unos más bien que a los otros si en sus enfrentamientos directos hacen un buen partido.
            Otra similitud más entre liga de fútbol y política es que el equipo que pierde es incapaz de asumir su derrota, y culpa de ella al resto de equipos de la tabla por haberle vencido, como si no fuera la obligación del Athletic de Bilbao, del Sporting de Gijón, de UPyD o de IU tratar de ganar todos los partidos y lograr el mayor número posible de puntos, sino contribuir o no a la victoria de los dos equipos que aspiran al título.
            Por fin, en ambos casos también, los dos principales equipos cuentan con más posibles y mayor poder mediático que el resto, poseyendo un par de medios de prensa a su servicio, lo cual genera un círculo vicioso que perpetúa esa situación privilegiada.
            Pero la semejanza más preocupante es la que se refiere no a los propios equipos, sino a sus seguidores, a los motivos por los cuales se apoya a un equipo o a otro, y es especialmente preocupante porque en principio la política debería tener que ver con la razón y el fútbol con el sentimiento, pero no, la adhesión al PP o al PSOE de muchos de sus votantes a menudo parece más bien cuestión de entrañas que de meninges.
            No hace falta decirlo: hay de todo. Pero una inquietante masa de votantes de los dos principales partidos son, como los intransigentes del fútbol, ciegos a las faltas que comete su equipo, a los malos modos de sus integrantes, a los errores arbitrales a su favor y a los méritos del rival. Hay una clara confusión entre lo que es bueno para el fútbol, esto es, para España, y lo que es bueno para mi equipo, para mi partido.
            De este modo reina en la política un maniqueísmo de una ingenuidad culpable e indignante: los míos son los buenos y los otros son los malos, los míos quieren lo mejor para el país y los otros robar, aprovecharse o enriquecerse, los míos y sus medios afines son sinceros y los del otro ruines y deshonestos. Y a esta forma de leer la realidad sigue un corolario temible: los votantes (seguidores) de mi partido (equipo) son buenas personas, y buscan lo mejor para todos, y los del otro son malvados y persiguen fines espurios. Y esto aunque los votantes de mi partido, como yo, voten a un político corrupto, porque los casos de corrupción de los jugadores de mi equipo, perdón, las sucias entradas de los miembros de mi partido, no son reales, son calumnias debidas a la maledicencia del rival, que él sí que es corrupto.
            Parece pues que lo de apoyar al PSOE o al PP y creer en su honestidad es mera cuestión de fe y no de conocimiento, tan solo depende de a qué profetas esté uno dispuesto a seguir y cuál sea el libro sagrado que lea cada uno. Y por ello se está en la obligación de comprar el pack completo: si criticas algunos aspectos, le haces el juego al rival, fuera la disidencia. O eres amigo o enemigo, o estás conmigo o estás contra mí.
            Pues bien, si en fútbol resulta grotesca la pretensión de que un equipo encarna el bien frente al mal, que uno es el equipo del gobierno y el otro de la oposición, es más, que uno es el equipo del establishment mientras que el otro es el rebelde adalid de la libertad cuando... ¡ambos equipos son el poder y ninguno! Esto es, si la politización del fútbol es ridícula, la futbolización de la política es lamentable, porque el fútbol es un juego nada más, y la fidelidad a unos colores tienen que ver con un sentimiento nostálgico, con amor a los recuerdos, a lo vivido con tu equipo, en realidad con la fidelidad a uno mismo, al niño que en su día se hizo de ese equipo. Y a ese niño es al que traicionaríamos cambiando y por eso no se puede cambiar de equipo en fútbol, aunque se odie al presidente, al entrenador, a los jugadores y al patrocinador, porque es absurdo racionalizar el deporte y buscar causas ideológicas para ser de uno u otro equipo.
            ¡Pero con la política debería ser al contrario! Y sin embargo parece que el ser del equipo PSOE o PP es inamovible, una convicción irrenunciable. Da igual lo que hagan unos u otros el apoyo es incondicional, porque siempre existirá la excusa ad hoc de la "buena intención" de los míos y los "intereses particulares" de los otros.
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