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miércoles, 6 de mayo de 2015

El fantasma en la máquina II: el Reiki

     En la primera entrega de esta entrada, "El fantasma en la máquina I: la homeopatía", partía del concepto de "fantasma en la máquina" con el que el filósofo Gilbert Ryle definió el dualismo cartesiano y lo aplicaba a ciertas pseudociencias que pretenden que lo inmaterial (sea esto lo que sea), el fantasma, interactúe con lo físico, la máquina. Así, decía allí, "mucha gente está dispuesta a admitir el mágico efecto de lo que no existe físicamente (la molécula ausente en el medicamento homeopático, el campo de energía de los cuerpos en el Reiki) sobre lo físico (sobre la carne y los huesos humanos, sobre la materia, sobre nuestros cuerpos enfermos)". En la anterior entrada, me centré en el caso de la homeopatía, aquí abordaré el caso del Reiki.

Otra terapia fantasmal: el Reiki

     El Reiki, en japonés "energía universal", (no voy a distinguirlo de la terapia del biocampo o del toque terapéutico, pues comparten los mismos principios) consiste en presuntamente canalizar a través de las manos, que nunca llegan a tocar al paciente, una fuente de vibración (ojo, pero no el airecillo por mover las manos, es vibración "energética"), que está fuera, hacia uno mismo o hacia otras personas para curar enfermedades físicas o sanar emociones. El fantasma en este caso recibe el nombre científico de "energía" (o sea, trabajo, o masa acelerada al cuadrado), pero no describe ningún hecho físico real, sino el espacio entre las manos y el cuerpo del paciente, esto es, al aire, aunque esto sería solo un caso particular ya que el Reiki trabaja con la "energía vital universal" (en este caso cada alma no sería un fantasma, sino que existiría más bien un alma del universo, un fantasma omnipresente). Ciñéndose a los hechos, el Reiki es sanación por imposición de manos (a una distancia prudencial): una mano a 10 cm de mi riñón presuntamente podría curarme mi insuficiencia renal porque de hecho esta sería fruto de un desequilibrio energético producido por una falta de sintonía entre mi alma y mi cuerpo que esa mano, moviéndose a 10 centímetros de mi riñón o del resto de mi cuerpo, puede resolver (o si no curarme, como mínimo me aliviará el dolor). El Reiki resintoniza al fantasma y la máquina, que si ya es difícil explicar su interacción estando sintonizados, imagínense si además cada uno puede tener su propia frecuencia.
     Emily Rosa, con solo once años se convirtió en la más persona más joven que jamás hubiera publicado un artículo en una revista científica con un sencillo experimento que refutaba la validez de la terapia del toque terapéutico (basada en los mismos principios que el Reiki):
Emily ideó un experimento simple para comprobar si los practicantes del Toque Terapéutico sienten realmente un “campo humano de energía”, tal como dicen. La terapeuta y Emily estaban sentadas a una mesa, una frente a la otra, separadas por una pantalla opaca, en cuya base se habían recortado dos agujeros. La terapeuta colocaba en ellos las manos, cubiertas por una toalla. Antes de cada serie de pruebas, se le daba un tiempo para que “se concentrara” o hiciera las preparaciones mentales que juzgara necesarias. Emily lanzaba una moneda al aire y, de acuerdo con el resultado, situaba su mano derecha o izquierda a unos diez centímetros por encima de una mano de la terapeuta. Entonces le preguntaba qué mano estaba más cerca de la suya; la terapeuta disponía del tiempo que quisiera para decidir.
Alan Sokal, Más allá de las imposturas intelectuales

     En 280 pruebas con 21 terapeutas, el 44% de ellos escogieron la opción correcta, esto es, ligeramente por debajo de la posibilidad estadística de acertar por puro cálculo de probabilidades. Futuros terapeutas se han guardado muy mucho de someterse a pruebas semejantes, ojos que no ven... (se han hecho no obstante estudios más rigurosos tras el experimento de Emily Rosa, que no hacen sino confirmar sus resultados).

"Alteración del campo de energía": no es ciencia todo lo que reluce

     Como decía en la anterior entrada, parte de la fuerza persuasiva del Reiki y otras pseudociencias estriba en su jerga. Ciertamente la palabra "energía" describe algo (la capacidad para hacer), y existen los campos eléctricos y los campos magnéticos, pero ambos son campos físicos (y no místicos, ni espirituales), como físicas son también las vibraciones (propagación de ondas, perturbaciones tensionales en un medio continuo). Si mezclamos estos conceptos que describen realidades físicas para referirnos a otra cosa que no es su referente real parecerán tener significado careciendo no obstante de referencia (como el concepto de unicornio, que tiene significado por la fusión de los conceptos de caballo y cuerno, careciendo no obstante de referencia real). Y sin embargo se habrá conseguido el efecto deseado, por el uso de expresiones de carácter científico se habrá investido a esa entelequia inventada del prestigio del lenguaje científico, de su aura de certidumbre y fiabilidad. Las creencias pseudocientíficas pues, a diferencia de las creencias religiosas, pretenden estar basadas en la evidencia, en el conocimiento racional y científico y no en la fe, y no solo lo pretenden, pasan por estarlo, son tenidas por tales, el disfraz científico funciona. Pero aunque la magia se vista de ciencia, magia se queda.
     Un ejemplo del éxito del abuso del lenguaje científico relacionado con el Reiki sería que increíblemente existía un diagnóstico enfermero llamado "alteración del campo de energía" en la taxonomía de diagnósticos de NANDA (la asociación internacional encargada de estandarizar los diagnósticos de enfermería) hasta este año 2015 en que ha sido retirado porque "toda la literatura que defiende este diagnóstico trata de la intervención más bien que del diagnóstico enfermero propiamente dicho" (¿quién lo iba a sospechar?). Dado que la "alteración del campo de energía" no refiere a nada, es fácil que el Reiki sea la mejor terapia para curar eso que no existe, ninguna terapia real podría curar lo que no es nada. Que dicho diagnóstico figurara en la taxonomía NANDA se debe al mal que ha hecho a la enfermería científica el hippismo y postmodernismo de ciertas teóricas como Martha Rogers. Afortunadamente la taxonomía NANDA ha sido revisada implementando el nivel de los criterios de evidencia, lo que ha dejado fuera de la ecuación eso que puede que suene científico (aunque a mí me suena más a los midiclorianos de Star Wars o a los poderes de Susan Storm) pero que de hecho no lo es: que hay un campo de energía rodeando nuestros cuerpos, y que puede sufrir alteraciones (con lo que mover las manos a su alrededor podría corregir dichas alteraciones).
     El diagnóstico enfermero (insisto, desde 2015 no admitido ya como tal) de "alteración del campo de energía" ha funcionado como un cajón de sastre en que ha caído toda terapia alternativa que no haya probado su eficacia para hacer frente a cualquier otro diagnóstico real, y es lo que ha dado pie a la intrusión del Reiki en hospitales públicos tanto en aulas de formación, como en proyectos de investigación, como en atención terapéutica (por ejemplo en el Hospital de Guadarrama de Madrid). Revistas de referencia en enfermería en España como Metas de enfermería han publicado estudios de escasa validez científica sobre el Reiki. Teniendo en cuenta que falsar la efectividad del Reiki es algo que como hemos visto está al alcance de una niña de once años (muy lista y honesta, eso sí), desde mi punto de vista esto último habla muy mal de estas publicaciones y de cierta investigación que se hace en enfermería en este país (¿resolverán los estudios de grado este problema?). Prestemos ahora atención a dos de estos artículos.

Un par de estudios recientes

     La mayor parte de estudios que concluyen a favor del uso de terapias alternativas o complementarias no respetan el método científico y presentan un claro sesgo de información, mientras que la evidencia científica en contra es cuantiosa pero sistemáticamente ignorada por sus defensores. Permítanme comparar dos estudios publicados en Metas de enfermería: "Impacto del Reiki en el manejo del dolor por pancreatitis aguda" (estudio realizado en el Hospital Gregorio Marañón de Madrid) y "Aplicación de la terapia Reiki en el cuidado de pacientes con perturbación del campo de energía" (estudio realizado en el Hospital de Guadarrama de Madrid).
     Aunque ambos me ponen los pelos de punta solo por el hecho de poner de manifiesto que el Reiki tiene hueco en hospitales públicos, el primero pretende medir algo cuantificable objetivamente, es honesto en su método (utiliza un doble ciego con grupo control para aislar la variable individual, y reconoce que el tamaño muestral es escaso) y en sus resultados, pero no completamente, pues presenta cierta resistencia a aceptar dichos resultados añadiendo varias conclusiones ad hoc. El estudio concluye que "no se produjeron diferencias estadísticamente significativas entre los tres grupos [el de pacientes tratados con Reiki, el de aquellos tratados con Reiki placebo y el de aquellos no tratados con Reiki] en lo que a las mediciones del dolor se refiere", pero añade que el Reiki "podría ser más eficaz en el dolor crónico, pero no en el agudo" y que si no hay diferencia en los resultados de Reiki auténtico (practicado por maestros) y Reiki placebo (practicado por voluntarios sin formación) esto "se podría relacionar con la capacidad que todos tenemos para transmitir energía". Con ambas afirmaciones se está cometiendo una falacia de petición de principio, pues se da por hecho al menos parcialmente justo aquello que debería probarse. En cualquier caso, respecto al impacto del Reiki en el manejo del dolor por pancreatitis aguda, "los resultados obtenidos en este estudio parecen estar en la misma línea de resultados que algunas publicaciones con estudios similares al nuestro que no han encontrado relación entre el manejo del dolor y la utilización de este tipo de terapias".
     Menos honesto es el segundo estudio, nada sorprendente por otra parte si se parte de un diagnóstico errado, la famosa "perturbación del campo de energía" que ya no es tenida por un diagnóstico válido por NANDA (aunque probablemente lo fuera aún en el momento de hacerse el estudio). Es cierto que es más una memoria de resultados que un experimento científico (aparece en el apartado "Gestion sanitaria" de Metas de enfermería, y no, no lo hace como ejemplo de mala gestión), pues no hace esfuerzo alguno por aislar la variable individual (la terapia Reiki): "los indicadores recogidos dependen de múltiples factores, no exclusivamente de la terapia Reiki, como medicación, evolución de la enfermedad, estado emocional, nivel sociocultural, creencias, etc." El "no exclusivamente" es aquí fundamental, ¿pues cómo se sabe que la terapia Reiki ha contribuido en algo al bienestar del paciente, si precisamente los resultados del estudio son fruto de la acción simultánea de varios factores (algunos de probada eficacia)? Nueva falacia de petición de principio, se da por hecho la efectividad del tratamiento por Reiki, cuando es precisamente aquello que habría que probar. El caso es que la terapia perece tener aceptación, así que se subraya "la necesidad de más personal cualificado para su realización". Obvio: no hay conclusiones válidas... luego invirtamos más en ello.

Fantasmas, placebos y Sanidad Pública

     Personalmente, pensar que parte de los valiosos y cada vez más escasos recursos del sistema público de salud (el tiempo siendo uno de los recursos fundamentales) se dedique a estas terapias, tanto a su ejercicio como a su investigación y estudio, me parece escandaloso. Y si se considera que es tiempo dedicado al cuidado integral del paciente, a tratar también sus necesidades afectivas y psicológicas y no solo las físicas, entonces que sea denominado como tal. Es fácil que un paciente al que se le dedica la atención personalizada que supone el Reiki se sienta mejor, pero no por el reequilibrio de su inexistente campo de energía alterado, sino por el contacto, que es algo que con toda seguridad sí necesitamos los seres humanos. El modelo naturalista de actuación enfermera de Florence Nigthingale o modelos de ayuda basados en la psicología humanista como los de Virginia Henderson o de Dorothea Orem dan perfecta cuenta de esto, los añadidos pseudocientíficos de campos de energía no aportan nada al modelo, lo desvirtúan, lo fantasmagorizan.
     Propongo como posible experimento que en lugar de Reiki se lleve a cabo, por ejemplo, una "terapia por lectura". Se informaría al paciente de que el dolor y el confort dependen en parte de su forma de afrontarlos, que su optimismo y el contacto humano pueden influir positivamente en su condición, porque pueden liberar neurotransmisores (endorfinas) que actúan como calmantes (hay evidencia de que distracción y compañía suben el umbral de dolor), y por ello se va a proceder a acompañarle media hora diaria, leyéndole un libro. Se le preguntaría al paciente qué libro o historia querría que se le leyera (tal vez un relato de la infancia, algo que recuerde momentos felices, que le haga sentirse querido...), y se le leería regularmente, dedicándole a la lectura el tiempo que se dedicaría a sesiones de Reiki. Esa sería la terapia: leerle a un paciente cogiéndole la mano, todos los días. Me juego el cuello a que los resultados también mostrarían "una mejora sustancial de la ansiedad, la angustia, el miedo y la confortabilidad, además de una disminución del insomnio y el dolor", así como "aumento de la empatía entre el paciente y los profesionales enfermeros", como aparece en el estudio del Hospital de Guadarrama citado más arriba. Yo preferiría esta "terapia por lectura" porque me parece un placebo mucho más honesto y que no contradice nuestras teorías científicas.
     Hay una verdad en lo que los maestros de Reiki dicen: "Autosanamos nosotros, es una capacidad natural que todos tenemos". Pero afirmar esto no es honestidad, es una forma de hacer infalsable la teoría propia: si yo no sano a mi paciente no es por incapacidad mía o de mi método, sino del paciente. Claro, es lo que tiene el efecto placebo, que si el enfermo no cree que realmente le ha sido dado un medicamento que es de utilidad, entonces no funciona. Y del efecto placebo sí que hay evidencia científica (véase el final del próximo vídeo) y lo que es más importante, una explicación de su mecanismo causal. Vamos, que el efecto placebo funciona, pero claro, alguien tiene que darnos el placebo, no podemos dárnoslo nosotros. La paradoja es que, o nos engañan, o no hay efecto placebo. ¿Pero de verdad queremos ser engañados, no deberíamos exigir terapias de cuya eficacia haya evidencia, que no establezcan solo correlaciones sino también relaciones causales? Hay a quien no le importa (y por eso estas terapias siguen vivas), como la paciente de este vídeo sobre el experimento de Emily Rosa y el toque terapéutico (segundo 54):

 

     "No necesito explicaciones, porque tengo fe en el proceso, eso es algo realmente maravilloso, cuando te sientes indefensa, aterrada, cuando te han dado un diagnóstico, como me ocurrió a mí." Marx diría que el Reiki es el opio postmoderno del pueblo, es pura analgesia por convicción. Y mucha gente dirá: "bueno, si el autoengaño funciona..."
     Yo preferiría que el engaño no existiera, porque sin respeto a la verdad no hay conocimiento científico (y por tanto no habría quimioterapia, vacunas o analgésicos), porque el engaño que vende prácticas inocuas no es él mismo inocuo, pues puede llevar a algunos pacientes a renunciar a un tratamiento real, basado en la evidencia científica, y por tanto poner en riesgo su salud y en casos extremos sus vidas (por mucho que los terapeutas insistan en que sus terapias son complementarias y no alternativas). No obstante, lo mínimo que pido es que no se engañe con mi dinero, y que por tanto se engañe en los sitios tradicionales: los templos, iglesias, santuarios y consultas de videntes. Esos son lugares en los que decir "tengo fe" cobra todo su sentido, no en los hospitales públicos. 

     Gracias a Elena Vacas Tapia por su asesoramiento en temas de enfermería.

jueves, 23 de abril de 2015

El fantasma en la máquina I: la homeopatía

En memoria de Rocío Orsi Portalo, la persona más sabia que he conocido

Descartes y el fantasma en la máquina

     Descartes es el padre de la filosofía moderna y de una concepción dualista del ser humano que distingue entre dos sustancias: alma y cuerpo. El alma es, según Descartes, "res cogitans" (cosa pensante) libre, inmaterial e inmortal. Por otra parte el cuerpo es "res extensa" (cosa extensa) y por tanto es materia sujeta a las leyes de la física. La primera es etérea, esto es, carece de existencia física, es imperceptible para los sentidos porque es, desde el punto de vista de la existencia material, inexistente. Por el contrario todo objeto material, como un cuerpo, ofrece resistencia, ocupa un lugar en el espacio e interactúa con otros cuerpos de forma puramente mecánica, por contacto.
     La concepción cartesiana de la mente ha impregnado nuestra cultura hasta el punto de que muchos son más o menos intuitivamente cartesianos (entre otras cosas porque el universo dualista encaja perfectamente con la mayor parte de creencias religiosas, es más, es fruto del intento de Descartes por hacer compatible la metafísica con el universo mecanicista de la modernidad). Dicha concepción de lo mental entraña un problema de difícil solución (por no decir irresoluble), que ha llevado a la mayor parte de filósofos de la mente a abandonar el dualismo de sustancias (a pesar de sus innegables ventajas, verbigracia, ser compatible con el libre arbitrio y con la inmortalidad). Dicho problema es el de la interacción del alma y el cuerpo, lo que el filósofo Gilbert Ryle bautizó como el problema del "fantasma en la máquina".


     El problema del fantasma en la máquina es el siguiente: si el alma es, por definición, no material y por tanto físicamente inexistente, ¿cómo puede mover el cuerpo si este es, por definición, pura extensión y solo se mueve por contacto con algo físico que le transmita dicho movimiento? ¿Qué parte del alma contacta con o empuja los átomos del cuerpo para moverlos? ¿Cómo el pensamiento, que carece de componentes materiales, se transforma en impulso nervioso? Si el fantasma es incorpóreo e inmaterial, ¿cómo puede ni tan siquiera asir los mandos de esa máquina que sería el cuerpo? Este problema, el de la causación mental, es uno de los más complejos de la filosofía de la mente, y lo es especialmente si uno acepta el universo dualista cartesiano.
     A día de hoy hay múltiples teorías en filosofía de la mente que tratan de solventar dicho problema, y en general lo que hacen es desistir de la hipótesis del fantasma (del alma incorpórea), pero la religión ha acostumbrado a mucha gente a concebir la mente de esa forma fantasmal, como alma, y a aceptar como natural su mágico control sobre el cuerpo. El cartesianismo ha triunfado en su versión para el vulgo y en la era contemporánea muchos están dispuestos a aceptar la acción de entidades físicamente inexistentes sobre los cuerpos. Eso es lo que lleva a que mucha gente esté dispuesta a admitir el mágico efecto de lo que no existe físicamente (la molécula ausente en el medicamento homeopático, el campo de energía de los cuerpos en el Reiki) sobre lo físico (sobre la carne y los huesos humanos, sobre la materia, sobre nuestros cuerpos enfermos). Dos perfectos ejemplos pues de acción del fantasma en la máquina serían la homeopatía y el Reiki

Una terapia fantasmal: la homeopatía

     La homeopatía consiste en curar con aquello que enferma pues presuntamente "lo semejante cura lo semejante", pero como resulta obvio que un segundo atropello no nos curaría de otro previo, la homeopatía defiende que eso "semejante" que podría curarnos debe someterse a diluciones sucesivas en agua que de facto hacen desaparecer el compuesto original pero permaneciendo en la "memoria" del agua (todo el mundo sabe que el agua, como los elefantes, nunca olvida). Hahnemann, el padre fundador, pensó que las causas subyacentes de las enfermedades eran fenómenos que llamó "miasmas" y que las fórmulas homeopáticas actuaban sobre ellos, y sin duda lo hacen, de la misma forma que las balas de plata son un remedio infalible contra los licántropos. Otra cosa es ya sobre las enfermedades reales. No hay "miasmas" que tratar, y tampoco hay tratamiento pues tras cada una de las diluciones va quedando una menor cantidad de moléculas de la sustancia original por litro de solución hasta estar la solución tan diluida que la probabilidad de encontrar una única molécula de la sustancia original en un litro del producto final tiende a cero. Por ello la homeopatía carece de efectos secundarios, es más, es imposible que los tenga se empeñan en asegurar sus defensores, y esto es así porque carece también de efectos primarios. La homeopatía es inocua (para bien y para mal), pues en el medicamento homeopático no hay dosis alguna de medicamento, luego no hay riesgo alguno de sobredosis, es imposible consumir en exceso aquello que no hay. Agua y azúcar, el principio activo ha sido eliminado mediante sucesivas diluciones, no hay molécula, y no obstante queremos que lo que no existe físicamente, esa molécula ausente, sane el cuerpo, que el fantasma arregle la máquina, pero esto es imposible.
     Estas conclusiones han sido probadas y defendidas científicamente repetidas veces. En 2010 el Comité de Ciencia y Tecnología de la Cámara de los Comunes del Parlamento Británico publicó los resultados de un estudio exhaustivo sobre homeopatía cuya conclusión fue: "Concluimos que no debería prescribirse placebos de forma rutinaria en el Sistema Nacional de Salud. No debería seguir subvencionándose a hospitales homeopáticos (hospitales especializados en la administración de placebos), y los médicos del Sistema Nacional de Salud no deberían remitir a los pacientes a homeópatas."
     Mucha gente confunde homeopatía con naturopatía y no son lo mismo. No es que yo sea un gran fan de la naturopatía, pero en un medicamento natural existe un principio activo, el de la planta, que sencillamente no ha sido aislado en el laboratorio sino que está en su estado natural: la cicuta en estado natural posee cicutina, el opio de la amapola posee morfina... Digo que no soy un gran fan de la naturopatía porque la ventaja del principio activo sintetizado en laboratorio me parece obvia: sabemos con precisión su concentración, en el caso del producto "natural" lo normal es que la concentración sea demasiado escasa pues esta es la única forma de prevenir una sobredosis por ignorar exactamente la cantidad de compuesto que hay en la planta. Además, la concentración del principio activo en la planta podría ser insuficiente para lograr efecto alguno (el aceite de oliva extra contiene una molécula en común con el ibuprofeno que tiene poder antiinflamatorio, pero invito a cualquiera a tratar de calmar el dolor de un flemón con 650 miligramos de aceite de oliva virgen extra, a ver qué tal). En cualquier caso, el genuino ejemplo de fantasma en la máquina es la homeopatía, o más bien uno de ellos, también lo es el Reiki (del que me ocuparé en detalle en la segunda entrega de esta entrada).

El peligro de la pseudociencia

     Descartes, en su Tratado del Mundo sostuvo que la interacción entre los espíritus animales (las partes más sutiles de la res extensa) y el alma tenía lugar en la glándula pineal del cerebro. Descartes fue un brillante científico, y eso separó sus explicaciones de las explicaciones directamente religiosas, pero ese mismo espíritu científico fue el que llevó a sus discípulos racionalistas a renegar del dualismo de sustancias (a Leibniz mediante su monadología y a Spinoza con su panteísmo): su cientificismo sencillamente chirriaba con esa concepción de la mente. Ignoro si hablar de la glándula pineal causaba estupor en sus contemporáneos de tal forma que tenían las afirmaciones más metafísicas de Descartes por científicas. En lo que respecta a la homeopatía y el Reiki, es el recurso a jerga científica lo que les ha dado cierto prestigio sumado a su efecto en la cura de síntomas (no de enfermedades) en algunos pacientes que se explica sencillamente como fruto del efecto placebo y del efecto cuidado.
     La gracia pues de estas terapias es el carácter pseudo-científico, y eso es lo que separa a estas terapias de la magia de toda la vida: la fe, la plegaria. Por un lado la homeopatía tiene nombre griego ("homoios" = igual, "pathos" = padecimiento), se produce en laboratorios farmacéuticos y el proceso de dilución suena razonable a quien no tenga rudimentos de química. Por su parte el Reiki se parece mucho a la labor de un hechicero, pero las palabras "energía", "vibración" o "campo magnético" tienen un uso científico (el problema es que de hecho la explicación científica de tales fenómenos dista de ser sencilla). 
     Su carácter pseudo-científico es lo que hace de homeopatía y Reiki  un grave peligro, porque no se dispensan en lugares donde la magia es norma como templos, iglesias, santuarios o consultas de videntes, donde se admite explícitamente la existencia de fantasmas (aunque "espíritu" es el término que goza de prestigio en estos lugares). No, la homeopatía se dispensa en farmacias (y no es barata) y el Reiki, para mi sorpresa e indignación, se practica en hospitales públicos (por ejemplo en el Hospital de Guadarrama de Madrid), su cursos se hacen en hospitales públicos y se escribe artículos sobre ello en revistas españolas de referencia en enfermería como Metas de enfermería (en la segunda entrega de esta entrada comentaré algunos de estos estudios). Pero yo lo último que querría es que mi hospital algún día se acabara pareciendo a este:




        Apéndice: sobre la dedicatoria de este post. El 28 de noviembre de 2014 falleció mi amiga Rocío Orsi Portalo con tan solo 38 años de edad. Me es muy difícil recopilar todas sus virtudes y me es imposible citar siquiera algún defecto. Resumo sus virtudes en su sabiduría porque esta es según Aristóteles la virtud que aúna todas las demás, y de nadie aprendí yo más de Aristóteles que de ella. Tenía una de las sonrisas más bellas que he visto y yo siempre admiré profundamente su inteligencia, una inteligencia que no era solo analítica sino también emocional, su sabiduría era sophía y era phrónesis. La última vez que estuve con ella su salud estaba ya muy deteriorada y pensé que tal vez era la última vez que la veía, así fue. Hablamos de muchas cosas, sobretodo de lo más importante, los niños. También hablamos de homeopatía y otras pseudociencias, porque Rocío en su enfermedad siguió conservando la lucidez con la que había vivido, su coherencia y su honestidad intelectual. Si algo amaba Rocío era la vida, sin excusas, así que no buscó remedios de última hora que obrasen milagros en los que no creía (aunque quienes sí creían en ellos lo intentaran), sino que quiso vivir todo lo intensamente que pudo, aprovechando cada instante hasta más allá de donde le permitían las fuerzas. Rocío fue sabia como lo son los sabios de verdad, también en la muerte. Parte de mi conversación con ella está en este post, porque el filósofo no se quita nunca la ropa de trabajo, la filosofía se vive como una segunda piel, y ella fue una gran filósofa no solo por lo que pensó y escribió, sino también por como vivió y cómo hizo frente a sus últimos meses de vida (y si la filosofía no nos ayuda con esto, es mala filosofía). Un ejemplo para todos. Sin ella, el mundo es un lugar claramente más triste y más tonto y yo no puedo sino celebrar que Rocío haya podido ser parte de mi vida.

viernes, 3 de agosto de 2012

El problema de España

          "La decadencia española consiste pura y simplemente en falta de ciencia, en privación de teoría" sentenciaba Ortega hace poco menos de un siglo, y me temo que esto no es menos cierto ahora. Para Ortega, España en sí misma era un problema filosófico pues, a diferencia de Europa que representaría la actitud científica, nuestro país trataba de construir el conocimiento sobre los cimientos de un subjetivismo visceral. Frente al rigor, la precisión y el método del objetivismo europeo que garantiza una discusión racional como camino hacia la verdad, en España "alabamos o contradecimos con los nervios" sobre cuestiones no definidas previamente, confusas, tratadas sin método alguno y sin acuerdo sobre los criterios que permitirían a una de las partes en liza ceder ante los argumentos de la otra parte. El objetivismo europeo permite la construcción de teorías, de las que se compone la ciencia, mientras que el voluntarismo español no genera sino ideales (ni siquiera ideas), que nunca logran constituir un saber en tanto son puramente subjetivos, y por tanto inconmensurables.
          Es cierto que Ortega abandonó esta primera etapa objetivista dando paso al perspectivismo, y que la posmodernidad en que vivimos representa el fin de los grandes relatos, pero cabe entender ambos hechos no como el fin absoluto de la objetividad y de los metarelatos históricos, sino del dogmatismo objetivista y teleológico de la modernidad, esto es, la asunción de que nuestra fe en la razón y la historia debe cohabitar con una cierta distancia irónica (algo así como las reservas con que Sócrates trataba el conocimiento aun estando dispuesto a defenderlo con su vida). Creo que el diagnóstico de Ortega es acertado, "España es el problema y Europa es la solución". No, obviamente, por el inminente rescate, sino desde el punto de vista de la actitud respecto del conocimiento, del método, del rigor, del esfuerzo y el trabajo incluso. España (y el resto de países rescatados o en vías de rescate) está aún a medio europeizar, y quiero tentar aquí un pequeño relato indagando sobre las causas de este atraso que dura ya siglos y que ingenuamente creímos haber enterrado, pero que la realidad se ha ocupado de sacar de nuevo a la superficie de forma brutal.
          Mi metarelato no es muy original, es también bastante clásico: la culpa la tiene la Iglesia. Pero no la institución, sino los valores que esa institución representa y que han ido calando hasta el tuétano de los españoles, incluso de aquellos que ahora no reconocen autoridad alguna a la Iglesia sino todo lo contrario (porque aquí, la izquierda, es tan católica en su izquierdismo como la derecha en su derechismo, de ahí esas frases manidas, tontorronas y en el fondo ultraconservadoras de "Jesús era de izquierdas" que con cierta autocomplacencia recitan como una letanía algunos pseudoateos de la pseudoizquierda). Y creo que concretamente atenaza el progreso de España un valor, o una idea: esfuerzo equivale a sacrificio.
          A poco weberiano que se ponga uno, creo que es difícil no atribuir parte de nuestro desastre a la cultura del catolicismo frente a la del protestantismo, de ahí la gravedad de la crisis en Portugal, Irlanda, Italia, España y en la ortodoxa Grecia. La del catolicismo es una cultura del pelotazo espiritual que se aplica a la vida en general, un arrepentimiento de última hora permite obtener el máximo premio, que en el caso del protestantismo es incierto. Basta la extrema unción y por arte de birlibirloque una vida de latrocinio es purgada y el paraíso queda asegurado. La tan cacareada cultura del esfuerzo de la derecha española es irreal porque en la cultura católica el esfuerzo se entiende como sacrificio, no como trabajo. En España el sufrimiento es un fin en sí mismo, es nihilismo puro, es el dolor por sí solo lo que acerca a Dios y no la prosperidad que resulta del mérito. La desgracia es lo que garantiza el Cielo, la prosperidad no es un indicio, como en el protestantismo, del amor de Dios, pues se sobreentiende que dicha prosperidad no tiene que ver con el trabajo sino con la buena familia, el apellido, la nación, las creencias... o en general con estar en el bando de los buenos. Lo importante es pertenecer a la ecclesia, a la comunidad (adecuada, auténtica, pura). Así que de cultura del mérito y el esfuerzo, nada, vivimos en una especie de aristocracia salvífica.
          Un elemento que los países de la Europa mediterránea tienen en común (y diría que no es sino un corolario del catolicismo) es el machismo, que es lo que hace, entre otras cosas que la productividad no se mida en objetivos cumplidos, sino en tiempo. Esos machotes que parecen odiar a su familia y entienden el trabajo como pasar el día en la oficina sin llegar a casa más que cuando los hijos están dormidos, o como mucho listos para un besito de buenas noches, conducen a esa demencial jornada laboral del sector privado que empieza tarde y acaba más tarde aún, con una enorme pausa para comer. Una vez más el esfuerzo se entiende como sacrificio y no como trabajo: hay que sacrificar la familia, o las vacaciones, o los hobbies, o, ¿por qué no?, la felicidad. En España lo que mide el esfuerzo realizado es el tiempo dedicado a la labor que sea y no los resultados obtenidos, se paga la hora extra, no el contenido de dicha hora, se entiende que trabaja mucho quien pasa muchas horas en el trabajo. A parte de porque pone el acento no ya en el trabajador sino en el empleador, el cambio de nombre del Ministerio de Trabajo por el de Ministerio de Empleo es significativo, pues un empleo se define en el fondo por la pertenencia a una plantilla (una vez más no importa el hacer, sino el ser, el pertenecer) pero el trabajo consiste en la labor realizada, en la tarea, en la producción. Las agencias de empleo son agencias de colocación, precisamente lo que hacen al emplear es colocar a alguien en un lugar, ubicarle. Nótese la diferencia entre "he conseguido trabajo" y "he conseguido un empleo", ambas expresiones no son equivalentes, en la primera se sobreentiende que uno ha encontrado una labor que realizar (remunerada por supuesto), en la segunda una colocación, una fuente de ingresos (sea la labor que sea). La diferencia es sutil, pero por eso puede encontrarse "trabajo" pero no "empleo" sino "un empleo", esto es, una forma de ser empleado, una utilidad para alguien. De los escalones que distingue Hanna Arendt, no es que no alcancemos el nivel de la vita activa, es que ni siquiera alcanzamos el de homo faber, somos meros animal laborans. No se valora otro fruto del trabajo que el que sea medio de subsistencia, porque en eso consiste precisamente el sacrificio (esto es, según nuestra cultura, el esfuerzo) en renunciar a disfrutar la vida por sí misma, incluso en la acción productiva, el trabajo será mera ocupación, el premio está más allá de la vida. Y así es imposible generar un sistema productivo competitivo, dado que no creemos en esa competición, sino en la remuneración del tiempo de sufrimiento, que es lo que entendemos por trabajo, y por ello nuestro sector privado en gran parte no participa del liberalismo, sino de una cultura de la subvención (por poner un ejemplo, la mayor parte de colegios privados no busca clientes para su servicio, busca el concierto, esto es, que el Estado subvencione su servicio).
          En fin, deberíamos entender el trabajo como praxis, como acción transformadora, pero no, es mero "sudor de la frente" con que ganar el pan, aunque eso no debería preocuparnos porque, ya se sabe, frente a nuestra desidia y desdicha, Dios (el Estado, la nación, el partido, papá...) proveerá.
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