martes, 30 de diciembre de 2014

Usos y abusos del Estado de Derecho

          No era la primera vez que escuchaba como presunto argumento contra una noción liberal de estado de derecho la falsedad de que “el III Reich ha sido el mayor estado de derecho que ha habido”, pero en esta ocasión quedé aterrado porque la frase salía de boca de una jueza (ni más ni menos que Garbiñe Biurrun, Presidenta de la Sala de lo Social del Tribunal Superior de Justicia del País Vasco). Esto ocurrió hace meses en el interesante debate del programa Salvados que siguió a su falso documental del 23F "Operación Palace". Creo que no hubo réplica de los contertulios por una auto-asumida falacia de autoridad: uno tiende a esperar que si alguien sabe lo que es un estado de derecho es precisamente un experto en derecho, un juez. Se ve no obstante que la ideología es capaz de nublar toda objetividad y llevarnos a abusar de cualquier término con tal de salvar nuestros muebles ideológicos. Últimamente el concepto de estado de derecho está siendo desvirtuado por ser empleado con total ligereza tanto por sus detractores como por sus defensores, y dado que el estado de derecho es una conditio sine qua non de la democracia (como trataré de mostrar y contrariamente a lo que quiere la citada jueza) querría dedicar una líneas a reivindicar su uso legítimo frente a los abusos a los que es sometido con demasiada frecuencia, porque cuando un término acaba siendo tan polisémico que tiene como referencia prácticamente todo, esto es, cuando la noción de estado de derecho es tan vaga que sirve para designar prácticamente cualquier estado, entonces estamos ante un concepto absolutamente equívoco y por tanto inútil y confuso. Pero no creo que la noción de estado de derecho sea confusa, sino que hay usos malintencionados del término que buscan sembrar la confusión no tanto para desdibujar los límites del término como para borrar las fronteras del estado de derecho mismo.

            Sé bien que estado de derecho puede entenderse de forma puramente legalista o formal como “estado en que hay derecho”, esto es, lugar en que impera la ley, y esto es lo que llevaría a afirmar que estados como la Alemania nazi lo serían de derecho (existir una ley, existía). No obstante creo que este es un uso abusivo del término, como entenderemos a poco que reflexionemos acerca del concepto de ley. Rousseau defiende en El contrato social que un contrato que enajena derechos es un no-contrato, la ley me hace libre solo si no supone renuncia a mis derechos sino si garantiza en pie de igualdad los de todos los ciudadanos. Cualquier ley que me convierta en súbdito y no en ciudadano no es realmente ley sino fuerza, es por tanto una disimulada prolongación del estado de naturaleza donde solo rige una ley, la del más fuerte, que es precisamente el imperio de la violencia no legítima o no legal, esto es, el imperio de la no-ley. No quiero adentrarme en la noción rousseauniana de ley o de estado, tan solo recoger la idea de que si una ley no obliga por igual a todos entonces no es plenamente ley. De la misma forma un derecho no es tal si es excepcional, esto es, si solo parte de la ciudadanía es sujeto de derecho (entonces recibe el nombre de privilegio). Así pues, considero que un estado no puede serlo de derecho si no hay igualdad ante la ley (y de hecho la moderna noción de estado de derecho se opone a la de estado absolutista, en que haber leyes, habíalas), pues lo contrario supone que hay una excepcionalidad a la ley (una negación de la ley en la ley misma), que hay un poder superior al de la ley y es por tanto aquel, y no esta, el que impera.
            Por todo esto hay que decir que las leyes de Nuremberg del III Reich pondrían fin el estado de derecho (heredado de la República de Weimar), pues consolidan una desigualdad ante la ley de los judíos, les desposeen de su ciudadanía por ley. No obstante la ley lo que hace, o debería hacer en un estado de derecho, es generar ciudadanos y no desintegrarlos. Para aquellos que defienden la noción más puramente formal de estado de derecho mi concepción se antojará excesiva, en lo que sigue no obstante me voy a ceñir a ella porque creo que es la única forma de entender el concepto de estado de derecho que lo convierte en una noción significativamente útil. Si se entiende estado de derecho sencillamente como estado legal la noción es puramente redundante y tanto vale decir “estado” a secas. Ahora bien, creo que aún atendiendo a una definición muy deflacionaria de estado de derecho como mera existencia de la ley (aun cuando sea una ley tiránica, esto es, que obliga solo a algunos), tampoco el III Reich lo sería sencillamente porque no imperaba la ley, sino Hitler: su palabra era ley, podía perfectamente contradecirla y prevalecer, sus discursos eran fuerza de ley. La Alemania nazi no sería pues en ningún caso un estado de derecho porque no había igualdad ante la ley y porque había arbitrariedad en la ley, pues el poder de Hitler estaba por encima de ella, él mismo era la ley. Pero si la ley no manda no hay estado de derecho, si el derecho no precede a todo lo demás (a los poderes ejecutivo, legislativo y judicial en cualquiera de sus formas) el estado no lo es de derecho. La ley, y más concretamente los derechos civiles, son el a priori del estado de derecho, todo lo demás es su consecuencia.
¿Pero por qué querría nadie decir que el III Reich era un estado de Derecho? No son filonazis quienes lo hacen como uno podría tender a creer (aunque argumentando así se les hace el caldo gordo), sino cierta izquierda. La idea es asociar nociones centrales de la democracia liberal al nazismo para así desprestigiar dichas nociones en pro de ideas más próximas a eso que llaman “democracia orgánica”, de este modo se difumina la diferencia entre totalitarismo y democracia (todo sería estado de derecho salvo el estado de naturaleza) y sería más fácil justificar dictaduras o dictablandas de izquierda. Se trata de una falacia de reductio at hitlerum, que además de falaz señala algo falso pues como he tratado de dejar claro en ningún caso el término “estado de derecho” es aplicable al III Reich.

Hay otro frente en esta batalla semántica que es el que lideran no ya revolucionarios irredentos, sino los miembros del gobierno. El ejecutivo con demasiada frecuencia abusa también del término, para el gobierno “estado de derecho” es intercambiable por “acción de los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado o de su sistema judicial”, pero una vez más esto es incorrecto. Se respeta el estado de derecho cuando dicho uso de la fuerza coercitiva es legítimo, esto es, cuando esos cuerpos y fuerzas de seguridad del estado actúan conforme a la ley, sometidos a ella, y eso solo siempre que dicha ley respete los derechos humanos. Así, hay estado de derecho cuando no hay tortura, juicios arbitrarios o terrorismo de estado. No es que el estado sea el derecho mismo y lo que no es estado no lo sea, los terroristas y delincuentes en general no violan el estado de derecho, violan la ley, no tienen capacidad para romper el estado de derecho (por desgracia sí a sus ciudadanos, desestabilizando así en ocasiones el estado de derecho hasta su disolución). Quien actúa fuera del estado no quiebra el estado de derecho aunque quiera, este sigue existiendo independientemente de su acción porque dado el monopolio del uso legítimo de la violencia por parte del estado, solo es conforme o no a derecho la acción del propio estado.
De un tiempo a esta parte, desde que desaparecieron los GAL y otras formas de terrorismo de estado se ha dado por hecho desde el poder que acción policial y estado de derecho son sinónimos pero no es así: tan policiales eran la acciones de la Stasi como lo son las de la policía nacional. Que la acción sea del estado es condición necesaria para que sea un ejercicio de la fuerza conforme a derecho, pero no es condición suficiente, ni mucho menos toda acción policial es legal por el simple hecho de que la policía sea un órgano ejecutor de la ley. Como defendí más arriba, sólo la aplicación de la ley de igual forma para todos y respetando siempre los derechos humanos es conforme a derecho (de no ser así hemos de darle la razón a quien considera que el III Reich fue un estado de derecho), y esto cuando no ocurre no suele ser gracias a las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado o de sus distintos poderes, sino a su pesar.
            Así pues, el mayor peligro para el estado de derecho no es ni la perversión del lenguaje ni son, como quiere el gobierno, la acciones ciudadanas fuera o en el límite de la ley (y solo estas pueden ser tenidas por desobediencia civil, nunca la acción del poder como querría Artur Más), la más terrible amenaza del estado de derecho es el abuso del propio estado de derecho y eso es algo que solo los gobiernos pueden hacer porque si contra alguien protegen los derechos humanos es precisamente contra el poder del estado, y por ello es de derecho aquel estado que garantiza su defensa dentro de su territorio.
            Por ello lo que debería preocupar al gobierno, lo que supone un auténtico atropello al estado de derecho es la recién aprobada ley de seguridad ciudadana (ley mordaza) y en general la represión cada vez mayor del ejercicio de derechos civiles fundamentales como el de expresión o de reunión. Es sencillamente un escarnio para el país que exista el informe de Amnistía Internacional “España: el derecho a protestar, amenazado”, que las UIP (que insisten en  no llevar identificación) puedan invadir violentamente la estación de Atocha de Madrid sin consecuencias y que mossos d’esquadra ¡condenados por torturas! sean indultados. Si toda acción de los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado por el hecho de serlo va a ser tenida por legítima se desmorona el imperio de la ley, si el abuso de poder y de fuerza es impune, entonces la fuerza es la ley y no el derecho.

            La batalla contra el estado de derecho es pues propia de totalitaristas (pues como he tratado de mostrar el estado totalitario no lo es de derecho) y de anarquistas (pues buscan la abolición de cualquier forma de estado), pero en España la ganan para ellos cierta izquierda condescendiente con regímenes dictatoriales y autoritarios y el gobierno, del cual cabría preguntarse entonces si no pertenece de forma oculta a alguno de esos bandos (y juraría que no es al de los anarquistas). Si el Partido Popular está realmente preocupado por el auge del populismo y la desafección con las instituciones democráticas, que sencillamente deje de pervertir la democracia y de abusar de un Estado que, con cada nueva ley referida a la seguridad que aprueba, lo es menos de derecho.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

La ficción dialéctica y el neobipartidismo de Podemos



          Si hay algo que me desconcierta ya desde segundo de filosofía, es la facilidad con que se está dispuesto a creer, incluso en nuestra presuntamente postmoderna sociedad, en una estructura dialéctica del devenir y de la realidad. Me llena de estupor por qué se concede ese privilegio al dos, cuando la tendencia más natural parece que debería llevarnos a oponer como opciones alternativas monismo y pluralismo, y no monismo y dualismo, pues tan opuesto al uno es el dos como el tres o el cuatrocientos treinta y seis. Pero parece que la cuerda de un arquetipo ancestral fuera pulsada en nuestra psique cada vez que se nos ofrece un esquema dialéctico con que asumir nuestra posición en el mundo, y así cayéramos rendidos en los brazos de cualquier relato de lucha y superación de opuestos.


          La dialéctica es hija del logocentrismo defiende Derrida, pues si el pensamiento racional se centra en la verdad y esta es entendida como aletheia, desvelamiento, es que hay algo que la vela, que la oculta, por ello todo discurso privilegia algo entendido como originario, el logos, lo Uno, y esto conlleva necesariamente la presunción de un parásito que de él se deriva, pura alteridad, lo Otro, y que trata de ocultarlo. Así es como se permite resumir un no derridiano una de las claves del pensamiento del máximo artífice de la deconstrucción (no gastronómica). Lo fundamental es que todo "sí", toda afirmación, todo intento por asumir una identidad, genera un no-yo, y así todo discurso fundacional genera una ficción dialéctica, conduce irremisiblemente a una reducción dicotómica del ser a dos realidades siendo una auténtica o superior, y otra bastarda. Y así, hasta Nietzsche, se estira la historia del pensamiento occidental, asumiendo la dialéctica como algo consustancial al espíritu o a la materia, a la Historia, a la Razón.


          Yo diría que si hay algo de razón en estas profundidades metalingüísticas de Derrida, aparece sobretodo a nivel psicopolítico. Triunfa el dualismo en las mentes y en las sociedades. Donde no hay un monismo impuesto (una dictadura), el pluralismo supuesto de la democracia es efímero y tiende a consolidar bipartidismos más o menos imperfectos. Pablo Iglesias parece haber entendido esta tendencia, este instinto de la mente humana, ese filtro que las pulsiones de Eros y Thanatos imponen a nuestra mirada política (si no tomamos precauciones, y se ve que no las tomamos) generando inevitablemente un "nosotros" que deseamos y un "ellos" que ansiamos aniquilar. Es la política de tercio excluso. De este instinto, de esta ficción dialéctica que se ve que estructura nuestra visión política, la amansa, la simplifica, la conforma en todos los sentidos de la palabra, de ella beben los ismos políticos más poderosos de los últimos siglos: el comunismo y el nacionalismo. Son las teorías políticas epítome del pensar dialéctico del XIX, hijas de la misma ilusión reduccionista: solo hay clase dominada y clase dominante (ojo, en la sociedad en la que escribe Marx esto no es una completa ilusión, sí convertirla en esquema aplicable a toda sociedad pasada y futura) o solo hay autóctonos y extranjeros.


          Pablo Iglesias ya no habla de clases, suena viejuno y desde luego no responde a la realidad (los mejores pensadores marxistas como Erik Olin Wright hablan de una sociedad en que pervive la explotación pero entre múltiples clases), y el nacionalismo es el corazón del fascismo (aunque algunos ciegos quieran creer que los nacionalismos sin Estado no lo son). Pablo Iglesias habla de "casta". Sencillo, directo, fácil, ya tenemos el "ellos", y el "nosotros" es sencillamente Podemos o cualquiera que se diga "no casta" (¿y quién querría decir de sí mismo que lo es?). Es tan vago y general que es una verdad absoluta, infalsable. ¿Qué es casta? Pablo Iglesias no señala con el dedo, responde con eslóganes (let’s the show begin). ¿Un diputado honesto es casta? No se sabe, en el fondo dependerá de si “le ajuntamos” o no, de nuestra voluntad de incluirle en el “nosotros” o en el “ellos”, porque no existen los diputados honestos y deshonestos, ni los partidos, toda responsabilidad personal queda difuminada en un colectivo borroso (no se nos vaya a colar el pluralismo en el invento y realmente acabemos con el bipartidismo), solo existe “la casta”, perpetuamente redefinible ad hoc.


Pablo Iglesias ha dicho directamente que aspira a sustituir al PSOE (se entiende que a lo que el PSOE fue, no a este PSOE tumefacto), o sea, Pablo Iglesias aspira literalmente al bipartidismo y por eso su discurso es de una dialéctica tan simple como el "y tú más" del bipartidismo agonizante, y el PP acoge con alborozo ese juego de invisibilización de terceros (y cuartos y quintos). “O yo o el caos” consagra al PP como la otra pieza fundamental del binomio del que participe Pablo Iglesias, y por eso los populares hablan de Podemos más que de sí mismos. No hay corruptos, no hay partidos, no hay PP, por no haber no hay ni gobierno, solo "casta", el mal, el otro, el adversario que me define como lo que soy porque de hecho soy meramente "no casta". Pablo Iglesias solo dice con lo que va a acabar, no lo que va a crear, y por eso valen fórmulas tan generales, tan simples. No necesita más para apelar al dualismo atávico del ser humano que enmascara un monismo totalizador (susurra Derrida) y que impregna Podemos desde su logo-tipo mismo, un círculo, la bienredonda pelota de lo Uno parmenídeo, la Verdad. Hay que ser iluso para creer en una democracia de múltiples partidos o sin partidos piensa para sus adentros Pablo Iglesias: o eres la escupidera de uno de los dos grandes o eres el que escupe. El bipartidismo ha muerto, viva el bipartidismo. No necesitáis conciencia de clase, ni de nación, esas entelequias huelen a formol, escojamos una nueva: somos los que sí que pueden, y ellos, la casta. ¡Bienaventurado el pensamiento dicotómico, pues él os hará ganar elecciones!



viernes, 5 de septiembre de 2014

El 15M vota

          El 15M no es ningún partido, pero el 15M vota. Un sector del 15M no, es más, un sector del 15M no solo no querría votar, sino que tampoco querría que lo hiciera el resto. Así, desde el principio algunos torpedearon cualquier intento de acceso del 15M a las instituciones mediante los mecanismos de la democracia representativa. Hubo (hay) en el 15M quien no cree en ese modelo de democracia, quien reclama una que llaman "directa" o "participativa" cuando en realidad corresponde más bien a lo que Giovanni Sartori llama "una exasperación de la participación de tipo activista" que "nos propone a un ciudadano que vive para servir a la democracia (en vez de una democracia que existe para servir al ciudadano)". Pero el 15M es un movimiento con altas aspiraciones, con sueños, pero anti-utópico (recordemos, "sí se puede") o por lo menos renuente a utopías pasadas. A quienes se empecinan en aquellas utopías les costó (les cuesta aún) entender y aprobar esto, están tan convencidos de que la calle son ellos que cuando pasa algo en la calle creen que son ellos mismos lo que ha pasado (aunque ni pasaran por allí).

          Pero muchos del 15M querían votar y estaban huérfanos de partido. #NoLesVotes no supone defender la abstención (eso sería #NoVotes) sino no transigir con la corrupción votándola. Así que el 15M creó sus propios partidos. "Ningún partido es el 15M" se aprestan a gritar algunos. Claro, cualquiera que haya participado en el 15M desde la 1ª, la 2ª o la 3ª fila lo sabe, pero también cualquiera que haya participado en el 15M, en sus asambleas o en la red, reconocerá a algunos de sus compañeros de 1ª, 2ª o 3ª fila en estos partidos. No hace falta que presuman de haber participado en el 15M, los hemos visto, los conocemos aunque solo sea de forma virtual. En Podemos y en el Partido X (con el que colaboré muy tímidamente haciendo propuestas, votando y divulgando) los hemos reconocido.

          Sí, en Podemos hay una figura mediática, sí, estampó su retrato en la lista electoral. ¿Es personalista Podemos? Yo diría que sí pero participar en las elecciones es aspirar a llegar a las masas, ¿de verdad se pretende que si un partido tiene un icono mediático prescinda de él? Un partido si es pequeño, ¿acaso debe aspirar a obtener votantes en secreto? Me parece antiestético (como poco) ver el jeto del candidato en la lista, pero cuando la marca que se tiene es "ni su", habrá que emplear cuanto permita al partido salir del anonimato. ¡De eso va ganar elecciones! (Todo lo dicho no justifica en cambio cosas como lo ocurrido en Murcia, que habla no solo de personalismo sino de autoritarismo.)

          Y de nuevo: ¿Hay por tanto partidos del 15M? No, es un movimiento plural, nadie puede pretender ser su representante (aunque algún partido del establishment, pero que cree no serlo, lo haya intentado). Aún así hay partidos que recogen sus formas, propuestas y parte de su gente. Por supuesto que hay 15M en otros partidos, también los conocemos. De hecho, en pasadas elecciones parte de ese 15M que quería votar, votó, y eligió entre los partidos que ya había. Algunos votaron a IU por su apoyo a las protestas ciudadanas y su presencia en las mismas (pero muchos otros jamás votarían a un partido con consejeros en Bankia o sin primarias), otros a UPyD por sus primarias abiertas y su proyecto de regeneración democrática (pero muchos no quieren saber nada de su encastillamiento en el asunto territorial o su discurso meritocrático), EQUO no fue capaz de aglutinar suficientes votos pero recibió muchos, y puede que incluso hubiera quien votara al PSOE o al PP o a partidos nacionalistas, sí. Pero había una mayoría de votantes del 15M que no quería símbolos o caras del pasado, y los partidos existentes, sobretodo aquellos a la izquierda, no entendieron esa reticencia y les acusaron de adanismo político. Era todo lo contrario, la historia les había hecho desconfiar de ciertos símbolos, no era adanismo, era prudencia.

          Ahora parece que hay otras opciones, las maneras del 15M (para bien y para mal) han llegado a partidos nuevos porque suponen una contradicción de las maneras de los partidos antiguos (PSOE, PP, IU...), del aparato. El 15M no abjura de la democracia representativa (una parte sí, su lucha está fuera de las instituciones y ahí sigue), pero cree que esta puede ser realmente participativa mediante fórmulas de democracia interna en los partidos. El 15M ha germinado en múltiples iniciativas y ahora también en votos (no tanto en mi opción, el Partido X, se ve que las redes pueden organizar ideas y estructurar una candidatura electoral, pero de momento parece que solo los grandes medios pueden hacerla visible).

          Hay quien teme la irrupción de Podemos en las instituciones, pero yo lo veo como un tábano que haga despertar a un sistema de partidos y de votantes dormido (sí, UPyD y EQUO llegaron antes, pero no lograron un impacto así, lo cual no resta mérito a su temprana proeza). Confío en una suerte de selección natural que convertirá el programa de Podemos en algo cada vez más razonable cuanto más cerca esté de poder ser aplicado, pero al margen de lo que me guste o no Podemos (de eso me ocuparé en otra entrada más adelante), mi esperanza es que gracias al hype de Podemos en breve sea una realidad lo que le oí decir a Inés Sabanés en una tertulia, que "dentro de unos años cualquier partido sin primarias abiertas parecerá medieval", porque la mejor forma de participación en las democracias representativas es a través de los partidos políticos, y cuanto más abiertos sean estos mejor será para nuestra democracia en general.

domingo, 22 de diciembre de 2013

El aborto en un par de argumentos y un experimento mental

          El PP ha decidido que volvamos a la ley del aborto de 1986, empeorada (salvo en lo que respecta al hecho de que en ningún caso la mujer tendría responsabilidad penal). Al igual que con la LOMCE, parece que el PP ha decido atender a sus sectores más conservadores y ahondar en la intrusión de los principios religiosos en la esfera pública, esto es, restringir las libertades y hacer retroceder el conocimiento científico frente a una concepción particular del bien. Cuando es en un país árabe a esto se le llama teocracia, aquí, "proteger a los más débiles" y "legislar siempre en interés de la mujer", claro, no vaya ser que la pobre se condene. Gracias a Dios [sic] papá Estado vela por ella.
          Un sector del Partido Popular y los antiabortistas tienen la extraña convicción de que se aborta a la ligera, que es una suerte de capricho, que poco menos se hace por maldad o casi por integrismo político, pero el hecho es que verse en la necesidad de abortar es una situación que nadie busca y que nadie desea, es por sí misma una tragedia. Y ante la tragedia cabe hacer dos cosas, tratar de paliarla o negarla y fiat iustitia, pereat mundus.
          Hay ciertamente embarazos no deseados que son fruto de la irresponsabilidad (negarlo sería cínico), pero también hay embarazos deseados que dejan de serlo (porque la pareja nos abandona, porque descubrimos que nos engaña o porque deseábamos un niño sano y no un bebé anencefálico, por ejemplo), hay tantas situaciones distintas como mujeres embarazadas. Una primera prevención para tratar el problema del aborto es huir de estereotipos.
          No conozco ningún argumento a favor de la interrupción voluntaria del embarazo que sea definitivo (y viceversa), no pretendo simplificar la cuestión. De hecho considero que de todos los problemas clásicos de la bioética, este dilema es el más complejo. Soy padre por partida doble, y no me falta empatía con embriones y fetos, porque he querido a mis hijos cuando no eran más que eso aún. El problema es pues endiablado y por eso requiere de un tratamiento muy preciso y matizado, sin simplificaciones groseras. Y así es como, sencillamente, actúa la ciencia, con un análisis pormenorizado de los hechos, sin embargo los discursos de carácter religioso son tajantes, se permiten opiniones del tipo: "desde el momento de la concepción hay persona porque hay alma". Ahora, desde Condorcet sabemos que las leyes deben basarse en los saberes y no en las opiniones, como ya traté de demostrar aquí. Permítanme una reducción al absurdo para refrendar la idea de que la religión no debe ser un agente legislador en ningún caso, pero menos aún en una cuestión como la del aborto: si el aborto debe estar prohibido porque mi religión asegura que en el cigoto hay un alma humana, supongamos que mi religión defendiera que existe la reencarnación y que hay un alma humana encerrada en todo animal, ¿habría que considerar legalmente homicidio el sacrificar a cualquier animal para alimentarse de él?
          La cuestión es que mis creencias religiosas no deberían contar lo más mínimo a la hora de legislar. ¿Y si me diera por defender que hay un alma humana no ya en el cigoto, sino en los gametos masculinos? ¿Debería la ley perseguir y penar la masturbación o la contracepción? ¿Cuándo y por qué razón habría que empezar a tener en cuenta una religión a la hora de legislar en una sociedad científica democrática? ¿Es cuestión de número, de tradición? Ambas posibilidades son falacias: la verdad de un enunciado no depende de que una mayoría lo suscriba (falacia ad populum) ni de que siempre haya sido tenido por verdad (falacia ad antiquitatem). Y por ello, mejor centrémonos en los hechos.
          En lo que sigue trataré de profundizar en la idea de que el conocimiento científico y la razón han de guiarnos en cuestiones de bioética, y no concepciones particulares del bien, aportando con ello un par de argumentos a favor del derecho a decidir de la mujer sobre su cuerpo interrumpiendo voluntariamente su embarazo. Finalmente reproduciré un conocido experimento mental de Judith Thomson que pretende guiar nuestras intuiciones a favor de dicho derecho.

          Según la embriología humana, el futuro niño, desde la unión de los dos gametos, pasa por las siguientes fases: cigoto (primer día), embrión (a partir de las 22 horas, al 4º día recibe el nombre de mórula y al 5º día el de blastocisto, y se parece ya a la idea que tenemos de un embrión, con proto-órganos, en torno a la 5ª semana) y feto (a partir de la 9ª semana). Esto sería un blastocisto:


          Y esto un feto:


          Sin blastocisto no hay feto y sin feto no hay niño, pero ¿es por ello lo mismo un blastocisto, que un feto y que un niño? ¿Es lo mismo una semilla que un árbol? La religión tiene las cosas claras: sí. Yo les insto a mirar las fotografías anteriores para hacerse una idea de mi propio punto de vista, que se resume en lo siguiente: un embrión no es una persona, aún, y tampoco es algo absolutamente ajeno a una persona, es una persona en potencia, la posibilidad de ser una persona. ¿Y en qué medida podemos legislar tratando de proteger personas en potencia?
          El problema de los seres en potencia es que casi cualquier cosa es un ser en potencia (el deseo de tener un hijo es también un hijo en potencia y mis espermatozoides y los óvulos expulsados en la menstruación) y que, de hecho, no son aún más que una posibilidad, podrían no llegar a actualizarse nunca (podría tener lugar un aborto espontáneo), pero da la impresión de que habría que legislar sobre seres humanos en sentido propio y no seres humanos posibles, o de lo contrario deberíamos por ley obligar a tener cuantos hijos fuera posible pues no actualizar cualquier ser humano en potencia sería negarle el derecho a vivir. Discutir acerca de seres humanos en potencia da lugar a problemas de lo más peregrino: imaginemos a una mujer joven, sin recursos y abandonada con un embarazo no deseado, una mujer en cuyo plan de vida encajaba tener tres hijos más adelante con una pareja estable, pero si se viera obligada a tener ese hijo que no desea decidiría no tener más. ¿Qué es mejor, uno en potencia o tres en potencia? ¿Qué deberíamos hacer, obligarla a dar a luz a su hijo condenando a los demás a no llegar a nacer? Las posibilidades de ser no permiten decidir... o tal vez sí, porque todos nos damos cuenta de que hay una diferencia entre un embrión y el deseo de tener un hijo, por muy niños en potencia que sean ambos. Ahora, si podemos distinguir entre el deseo de tener un hijo y un embrión, también podemos hacerlo entre un blastocisto, un embrión de ocho semanas, un feto de tres meses y otro de siete. Y somos capaces porque atendemos a la realidad de los hechos, no a seres en potencia. La ley se aplica a los seres en acto, y entre esos seres es fácil matizar y distinguir entre un feto el día antes de nacer y el blastocisto, y pretender que en ambos casos hablamos de una misma cosa, de un ser humano en potencia, es cometer una falacia de pendiente resbaladiza.

          Centrémonos entonces en los seres en acto, un blastocisto, un embrión, un feto, son algo. ¿Son lo mismo? ¿Qué nos permite distinguirlos? ¿Merecen todos la misma consideración? Normalmente nuestra moral nos lleva a relacionarnos con los demás según dos principios: la prohibición de hacerlos sufrir y el respeto a su autonomía . ¿En qué medida afectan a nuestra relación con el nasciturus? Estos principios nos obligan a responder a dos preguntas que solo la ciencia puede responder:
          1/ ¿A partir de qué momento el feto es capaz de sentir dolor o de sufrir?
          2/ ¿A partir de qué momento el feto es capaz de vivir autónomamente (sin parasitar el cuerpo de la gestante)?
          Respondiendo a la primera pregunta, el consenso científico más amplio es que esto tiene lugar alrededor de la semana 24 de gestación (aunque algunos quieren hablar de sufrimiento fetal a partir de la semana 20).
          Respondiendo a la segunda pregunta, ha habido algún caso excepcional en que gracias a los avances terapéuticos un bebé prematuro ha sobrevivido incluso naciendo en la semana 22, pero se tiende a considerar que en los países desarrollados un bebé prematuro puede sobrevivir sin graves secuelas a partir de la semana 24 de gestación.
          Podríamos por tanto decir que antes de la semana 24 el feto no posee autonomía (no es un individuo independiente de la gestante, sino más bien parte del cuerpo de esta, lo cual parece reforzar la idea del derecho de esta a decidir sobre su cuerpo) ni capacidad de sentir dolor (y por tanto no se le puede causar sufrimiento, pues vive en un estado semejante al de muerte cerebral). En cierto sentido pues, el feto antes de la semana 24 vive en estado vegetativo, sobrevive sostenido artificialmente por la madre. Parece por tanto que hasta ese momento debería prevalecer el derecho a decidir de la madre (tiempo suficiente para ejercerlo, por otra parte) y a partir de entonces no podría dejarse de tomar en consideración el derecho del feto a ser protegido y amparado por el Estado aún no siendo una persona todavía (estatuto que, religión aparte, otorga el haber nacido).
          La ley vigente permite el aborto libre hasta la semana 14 de embarazo y excepcionalmente "en casos de graves riesgos para la vida o la salud de la madre o el feto" se amplía hasta la semana 22 y más allá si se detectan "en el feto anomalías incompatibles con la vida" o "una enfermedad extremadamente grave e incurable". Esos plazos y estos supuestos parecerían tomar en consideración el bienestar del feto y protegerlo suficientemente atendiendo a criterios razonables (aunque podría discutirse sobre la forma de aplicarse dichos plazos y su cronología).


          Hasta aquí el punto de vista del nasciturus, pues hay otro protagonista en el dilema del aborto, y si de seres en acto y no en potencia se trata, yo diría que el principal protagonista: la madre. La madre es autónoma y está dotada de un sistema nervioso, piensa, siente y padece pues. Podemos defender su derecho a decidir desde muchas ópticas diferentes: aludiendo a que el aborto es un mal menor puesto que muchas madres, aún siendo ilegal, deciden llevarlo a cabo de forma clandestina con grave riesgo para sus vidas (de hecho el llamado aborto inseguro es una de las principales causas de mortalidad materna en el mundo), o que no se salvaguarda la vida del nasciturus prohibiendo el aborto dado que podría practicarse en países colindantes con legislaciones menos restrictivas. Pero lo interesante del experimento mental de Judith Thomson en su clásico articulo "A Defense of Abortion" de 1971 es que nos recuerda hasta qué punto el centro del debate es o debería ser el derecho de la mujer a decidir sobre su propio cuerpo, y hace esto dejando de lado la cuestión de si hay o no un ser humano en su cuerpo, si es o no una persona. Vamos a dar por hecho que sí:

          “Te despiertas una mañana y de espaldas a ti se encuentra en la cama un violinista inconsciente. Un famoso violinista inconsciente. Se ha comprobado que tiene una enfermedad renal grave, y la Sociedad de Amantes de la Música sondeó todos los registros médicos disponibles y encontró que sólo tú tienes el tipo de sangre requerido para ayudarlo. Por ello, te han secuestrado y esa noche han conectado el sistema circulatorio del violinista al tuyo, así tus riñones podrán ser usados para extraer el veneno de la sangre de él, así como el de los tuyos. El director del hospital te dice: 'Mire, nosotros sentimos que la Sociedad de Amantes de la Música haya hecho esto  –si lo hubiésemos sabido nunca lo hubiésemos permitido. Pero el hecho es que ha ocurrido y el violinista está ahora conectado a usted. Desenchufarlo sería matarlo. Pero no importa, es sólo por nueve meses. Para entonces, ya se habrá recuperado de su enfermedad y con seguridad podrá serle desconectado.' ¿Es moralmente vinculante para ti acceder a esta situación? No cabe duda de que sería muy amable de tu parte si lo hicieras, una gran bondad. ¿Pero tienes que acceder a ella? ¿Qué pasa si no fueran nueve meses, sino nueve años o todavía más?, ¿qué pasa si el director del hospital dice: 'Mala suerte, estoy de acuerdo, pero ahora tiene que permanecer en la cama, con el violinista conectado a usted para el resto de su vida. Porque recuerde, todas las personas tienen derecho a la vida y los violinistas son personas. Sin duda usted tiene derecho a decidir sobre su cuerpo, pero el derecho de la persona a la vida pesa más que su derecho a decidir lo que ocurre en su cuerpo. Así, nunca podrá ser desconectado de él.' Me imagino que tú considerarías esto algo indignante (...)."

          Lo interesante de esta analogía es que deja claro cómo y por qué podríamos limitar el derecho a la vida (cosa que de hecho hacemos, pues consideramos legítimo, por ejemplo, matar en defensa propia) partiendo del supuesto más radical, que el feto es una persona viva como el violinista del ejemplo, pues sin embargo Thomson defiende que "tener derecho a la vida no garantiza que uno tenga derecho a usar el cuerpo de otra persona o a que se le permita continuar usándolo, aunque uno lo necesite para la vida misma". El derecho a la vida del feto no agota, pues, el debate. Por ello me inclino porque sea tenido en cuenta el desarrollo del feto, su autonomía y su capacidad de sufrir, pero sobre todo la libertad de la mujer, además de otras consideraciones no desarrolladas aquí como la mortalidad materna o el bien que se le hace a los bebés mismos que vayan a presentar graves malformaciones al nacer. La nueva ley del aborto es en este sentido un gran paso atrás, uno más de este gobierno, que debería haberse limitado a corregir las imperfecciones o los puntos más polémicos de la actual ley de plazos que corregía los graves defectos de la anterior ley, a la que esta nueva nos retrotrae. Ruiz Gallardón suma y sigue...

viernes, 2 de agosto de 2013

Rajoy y la democracia espuria

          Si hay algo que ha demostrado el Presidente Rajoy en su comparecencia de ayer en el Senado ante los diputados del Congreso es una concepción de la democracia vergonzosamente pobre, y que todo un Presidente del Gobierno pueda tener una idea tan limitada, tan inexacta de la democracia, explica perfectamente la actual crisis política.
           La intervención de Rosa Díez señaló dos aspectos interesantes de ese sonrojante analfabetismo político de Rajoy: el primero concierne a la separación de poderes, en este caso entre el legislativo y el ejecutivo (cierto que en sistemas parlamentaristas como el nuestro cuando hay mayorías absolutas esta separación se desdibuja, pero existe) y el segundo atañe a la diferencia entre legitimidad de origen y legitimidad de ejercicio.
           Empezando por el segundo aspecto, nadie discute a quien haya sacado plaza en su oposición a maestro que esté legitimado para enseñar en un colegio público, salvo que falte sistemáticamente a clase, enseñe lo que no corresponde a ese ciclo educativo o maltrate a sus alumnos (nótese que en el tercer supuesto la actuación del maestro sería además constitutiva de delito, pero no por ello debería dejar de asumir su responsabilidad en calidad de docente, aunque Rajoy quiera hacernos creer que la responsabilidad penal que determinan los jueces, y no la profesional, política en el caso del Presidente, es la única que existe). Que en esos casos el maestro dijera en su defensa “es que yo saqué una oposición” equivale al “yo obtuve una mayoría de los votos” de Mariano Rajoy. La concepción de la democracia de Rajoy no va más allá de la existencia de elecciones y de pluralismo político, condiciones sine qua non de la democracia, sí (mal que le pese a los partidarios de “democracias orgánicas”), pero no suficientes. Ya puestos, cualquier dictador comunista podría aducir para legitimar su poder: “oiga, que yo hice una revolución y derroqué a un dictador”, y no parece que Rajoy fuera capaz de aceptar dicho argumento, pasmosamente semejante al suyo, pues ambos consideran que solo el origen del poder, y no su ejercicio, es fuente de legitimidad. ¿Y qué me dicen de: “Hitler llegó al poder mediante unas elecciones”? ¿Qué podría aducir Rajoy en contra de ese argumento? Su torpe concepción de la democracia le obliga a reconocer la legitimidad del dominio del Partido Nacional-Socialista en la Alemania de los años treinta del pasado siglo. Pero la realidad es que las leyes de Núremberg desposeyeron a Hitler de la legitimidad de las urnas, pues suponían una limitación de los derechos civiles y políticos, una disolución del Estado de Derecho, y por tanto una destrucción de la democracia que ningunas elecciones podrían justificar. La democracia necesita de otras cosas, es un formalismo complejo y las elecciones forman parte de ese formalismo, pero no son todo el formalismo. Uno de los aspectos esenciales de dicho formalismo es la separación de poderes, y esto nos permite pasar al siguiente aspecto.
           Rajoy olvida que a él personalmente no le han elegido los españoles. Los españoles hemos elegido a los diputados, y ellos son los que le han elegido a él, por ello debe responder ante los diputados, que son los representantes de la soberanía popular, y no el gobierno. Rajoy parece ignorar que el ejecutivo y el legislativo deberían ser contrapoderes, por eso se niega a contestar, porque para él, como para el portavoz del PP, el Congreso, sus comparecencias, las sesiones de control, son un mero circo, una pantomima, un formalismo esta vez en el mal sentido de la palabra, un adorno, un trámite burocrático de cara al público. Amasar enormes cantidades de dinero por parte del partido, invertirlo en unas elecciones, salir elegido y... ancha es Castilla. Lo normal es amasar más dinero aún para el partido en general y para sus miembros en particular colocados a dedo en puestos de confianza y en empresas públicas creadas como agencias de empleo para correligionarios que esquivan el sistema normal de acceso a la función pública. Oiga, y durante cuatro años, si hay mayoría absoluta, ¿rendir cuentas a quién, de qué? La democracia es ganar un concurso de votos cada cuatro años y hasta que acabe la legislatura no me moleste usted que estamos gobernando.
           Mi sospecha es que la ignorancia de Rajoy de lo que la democracia es se debe a que jamás se ha interesado por estudiarla, sino que tan solo ha aprendido de su práctica en esta degenerada democracia que tenemos en España. Rajoy realmente cree que independencia del poder judicial significa que este pueda ser politizado por distintos partidos, realmente cree que Gobierno y Estado son sinónimos, realmente cree que libertad de prensa es que haya medios al servicio de más de un partido, realmente cree que las promesas electorales no son en absoluto vinculantes, realmente cree que en la carrera por ganar elecciones todo vale y que no existen las responsabilidades políticas, solo las penales. Lo ha mamado toda su vida y se lo cree, no sabe lo que es una democracia avanzada porque nunca ha tenido contacto con ella y no se ha preocupado por saber en qué consiste.
           En todo este asunto de Bárcenas, Rajoy me recuerda al capitán Renault de Casablanca que cierra Rick's diciendo “qué escándalo, qué escándalo, he descubierto que aquí se juega” mientras recibe el fajo de billetes de sus ganancias. Eso sí, tengo total convencimiento de que no encontrará una punzada de honestidad hacia el final que le permita resarcirse y que nos lleve a augurar el principio de una gran amistad, porque para rectificar hay que ser capaz de reconocer que uno está equivocado y Rajoy realmente cree que la única democracia posible, la única que existe, es esa en la que él está inmerso, una democracia espuria.

domingo, 12 de mayo de 2013

¿El 15M eran los padres?

          Antes de comenzar quiero dejar clara una cosa: para mí el 15M no ha sido estéril sino muy productivo, ha sido una rebelión necesaria de evolución (citando a una tradición filosófica que odio) rizomática, por lo que ha dado sensación de dispersión cuando en realidad se ha tratado de una expansión subterránea, algo que ha llegado a impregnar nuestra sociedad en su sustrato. Lo que ha quedado en ese sustrato no siempre ha llegado a aflorar, pero lo hará, espero que para bien, y en ocasiones, con más o menos vigor, ya lo ha hecho (el 15MpaRato es un ejemplo y una flor que me parece especialmente prometedora es el Partido X). En este artículo quiero mostrar mis anhelos frustrados pero eso no significa que abjure del 15M, ni de lo que representó, ni que no me tenga ya por 15M. Siguiendo con la metáfora, me habría gustado que el 15M hubiese germinado en un gran y único árbol del cual hubiesen podido surgir las ramas más variopintas, pues creo que si intentara nacer y crecer ese árbol ahora, dos años después, carecería de la fuerza necesaria, y todas las ramas serían prácticamente idénticas porque las ideologías de las que se nutre el movimiento han tendido a homogeneizarse. Así pues no quiero criticar el espíritu del 15M, siempre lo defenderé y lo llevaré dentro, sino hablar de su materialización, porque ese espíritu era solo ser en potencia, y no ha llegado a ser en acto de tanto pensar cómo debía actualizarse. Defiendo aquí que el 15M ha sido una oportunidad perdida, y por ello hablo de ello en pasado a pesar de que siga existiendo, porque creo que fue una ilusión, en tanto que esperanza pero también en tanto que espejismo. No, España no había madurado tanto como parecía hace dos años. Eso sí, el 15M fue un enorme revulsivo, creo que fue por fin el pistoletazo de salida de la definitiva democratización de nuestro país, el principio del fin de la transición en que llevamos inmersos más de 30 años. El 15M ha dejado muy buenos posos, ya es algo, pudo ser más.
 
 
          ¿Por qué algunos no estamos hoy en Sol y otros sí? ¿Qué ha fallado? Que el 15M nació con un error congénito. Tanto unos como otros, los que siguen y los que ya no estamos, nos equivocamos creyendo que éramos más de los que realmente éramos, porque en realidad muchos no estábamos en lo mismo, estábamos contiguos pero no unidos. Unos se (lo) han quedado, otros nos hemos ido quedando. Unos han tomado el centro y otros hemos aparecido en los suburbios del 15M.
 
 
          Aquellos que queríamos más democracia y aquellos que querían un tipo concreto de democracia, para entendernos: los republicanos y los socialistas (en toda su rica variedad). A pequeña escala el teatro de operaciones de la 2ª República Española: la división entre aquellos que querían república y los que lo que querían era una república popular, esos que siguen pensado que la república es en esencia de izquierdas, cuando en realidad las únicas republicas explícitamente de izquierdas han sido las dictaduras comunistas, o sea, falsas repúblicas.
          Permítanme por favor ahondar en este asunto de la 2ª República que veo, salvadas las enormes distancias, extrapolable a la evolución histórica del 15M porque, por así decirlo, en el 15M inicial cabían los Azaña, Alcalá-Zamora e incluso los Lerroux, pero poco a poco hasta los Prieto fueron puestos bajo sospecha y ya solo se pudo estar a la izquierda de Largo Caballero. Cada vez veo en las manifestaciones más banderas republicanas con una estrella roja en el centro que jamás tuvo la tricolor, es el símbolo que enarbolan aquellos que tienen una imagen de la 2ª República como una república de izquierdas, pero si eso fue así habría que preguntarse por qué hubo una suerte de revolución en 1934, ¿habría tenido sentido en una república de izquierdas? Obviamente no. Alguien dirá, "es que la revolución no era contra la República, sino contra el gobierno de la derecha". O sea, que efectivamente era contra la República, porque las repúblicas, las democracias, tienen esas cosas, que igual puede gobernar la izquierda que la derecha porque existe pluralismo político, y no una ideología de Estado impuesta a todos sus ciudadanos. Al final fracasó aquel intento de acabar con la República y por desgracia triunfó el segundo intento, el golpe de estado franquista. Siempre digo lo mismo, pero el problema de la 2ª República Española es que apenas había republicanos. Algunas actitudes me hacen preguntarme si en esta democracia actual, en forma de monarquía parlamentaria, no ocurrirá también que los demócratas escasean, puesto que muchos anhelan los 40 años de franquismo, y otros tantos sueñan con una república popular.
 
 
          Pues bien, estos acabaron triunfando, son mayoría en el 15M activo presente, muchos intentábamos democratizar este país, perseguíamos estructuras de participación en que cupieran todas las ideologías, no porque no tuviéramos la nuestra, sino porque lo que queríamos era cambiar las reglas del juego para que fuesen más justas. Otros claramente no querían cambiar las reglas del juego, querían ganarlo haciendo las reglas a su medida, porque dan por hecho que la justicia reside en ellos, y no en la forma en que se llega a ganar. Imaginemos un juego para seis jugadores con fichas de seis colores distintos, imaginemos que las reglas del juego impidieran de facto que los verdes ganaran nunca, o que el punto de partida de los rojos y azules fuese claramente ventajoso, o que el jugador amarillo fuese al mismo tiempo jugador y árbitro. En fin, imaginemos que fuera lo que en el argot de los jugadores se llama un "juego roto" (mal diseñado), el 15M nace de la constatación de que nuestra democracia actual es un juego roto en este sentido. El 15M en el que yo creía, en el que yo estaba, a pesar de que la mayor parte de nosotros fuéramos, por ejemplo, verdes y negros, buscaba que las reglas fueran más justas para todos, aún cuando esas nuevas reglas no fueran a garantizar ni mucho menos la victoria de verdes y negros. No se trataba de defender los intereses/ideas de unos u otros, sino unas reglas de juego justas, en que cualquiera pudiera luchar por sus intereses en igualdad de condiciones. En eso, en cambiar las reglas del juego podíamos ponernos de acuerdo todos.
 
 
          Muchos pensamos en un principio que había que alcanzar un consenso de mínimos, para algunos dichos mínimos eran ínfimos porque ellos defendían una postura maximalista, unas políticas concretas, el triunfo de las fichas de su color, y no unas nuevas reglas de juego. Algunos plantearon la conveniencia de crear un partido político, y aquel habría sido el momento de haberlo creado, en que el 15M rezumaba un pluralismo casi ingenuo, casi imposible. Las primeras semanas de la acampada de Sol fueron algo único: todo el mundo acudía, la realidad de las asambleas era absolutamente variopinta, un ágora auténtica. Creo que entonces la oportunidad de algo grande, algo nuevo, se perdió. Algunos están ahora en lo que estábamos muchos hace dos años, y es así porque sencillamente ya todos están de acuerdo no porque las razones les hayan permitido llegar a algún consenso, sino porque ha desaparecido el disidente y ya solo están los que comparten los mismos principios ideológicos, ya son todos de la misma familia, no hace falta casarse con nadie. En fin, ahora ya vale crear un partido 15M porque sería de izquierdas, y no aquello del principio en que cabíamos todos. ¿Para qué ir despacio si se iba a llegar tan lejos como ya querían muchos llegar desde el principio, a un partido? Pues para ir haciendo una limpieza ideológica pasiva (sin purgas efectivas, boicoteando algunas acciones, colmando la paciencia de las minorías). La realidad es que se ha perdido un tiempo valioso, muchos quincemayistas han (hemos) encontrado acomodo en algún otro lugar o se han sumido de nuevo en la desesperanza. O tal vez no se ha perdido el tiempo en absoluto: ya no estamos los que nunca debimos estar, los que estorbábamos, los que no sabíamos que aquello no era algo nuevo sino lo de siempre, los ilusos, los que creíamos que habían venido los Reyes Magos. Mierda, eran los padres.
 
 
          Intuyo que este año habrá menos gente que el anterior y mucha menos que hace dos, y sin embargo hay más motivos que entonces para la indignación. ¿Qué ha fallado? Que muchos creímos que el 15M era una cosa y resultó no serlo, o tal vez si lo era, pero algunos decidieron que no debía serlo. Quienes han capitalizado el movimiento, quienes han suprimido el "no somos de derechas ni de izquierdas" porque efectivamente no son de izquierdas, sino muy de izquerdas, tal vez tenían razón, tal vez siempre la tuvieron y algunos ingenuos participamos de algo que no era lo que creíamos, no era un hito en nuestra historia, no era la ocasión por fin del todos a una. Pero yo creo que sí lo era, y que algunos intolerantes quisieron que no fuera de todos sino solo suyo. Algunos se dedicaron a boicotear acciones y propuestas ajenas, ¿ocurrió eso al revés, boicoteamos los "inclusivistas" acción alguna? ¿Qué actitud demuestra más voluntad democrática, la de aquelllos que admiten propuestas aunque no las compartan, o la de aquellos que dedicidamente boicotean las propuestas que no comparten? Unos han quedado, otros ya no estamos, no sé si el 15M fue una ilusión de la cual soy culpable o no, tal vez nunca fue lo que yo creía, tal vez sí pero no supe luchar porque siguiera siéndolo. El 15M para mí suponía un movimiento que trataba de generar unas nuevas condiciones de posibilidad para la política, y no un movimiento de una política concreta, el 15M era una revolución de la forma, no del contenido. Eso creí yo, veamos este segundo aniversario si había muchos como yo o fuimos unos pocos ingenuos, porque hace dos años fuimos muchos, hace uno algunos menos. Y sin embargo, no por eso el 15M se perderá como lágrimas en la lluvia, ha calado dentro, en los huesos, ya está en el tuétano de muchos de nosotros y ya no consentiremos nunca más la impunidad, el fatalismo con que tratan de silenciar nuestra voluntad, nuestra responsabilidad como ciudadanos.
 
 
          Algunos ya no militamos en el 15M, pero ya nunca podremos volver a la autoculpable minoría de edad de la que nos hizo salir, sabemos que no estamos solos, sabemos que sí se puede, ya no volveremos a nuestro letargo, algo ha cambiado, nosotros, ya nada es invisible, ya nada es imposible, ya no renunciamos a ir lejos, aunque lleguemos todos por caminos muy distintos.

martes, 7 de mayo de 2013

Razones para derogar la LOMCE

          Demasiado a menudo eludimos tratar de convencer a quien piensa de forma distinta a nosotros, por un falso sentido del pudor o por algo peor, por complacencia. Hablamos para los ya convencidos, nos negamos a jugárnosla enfrentando nuestros argumentos a argumentos ajenos, pero mediante ello renunciamos de antemano a tener razón, pues la verdad requiere de dicho enfrentamiento. Nuestros argumentos no pueden ser de carácter ideológico, pues entonces requerirían para ser persuasivos de un compromiso previo con la ideología de quien habla.
          Convencer a los correligionarios es inútil si el éxito de nuestras propuestas depende del apoyo de la mayoría. Aquí por tanto, me gustaría dar alguna razón para derogar la LOMCE a aquellos que en principio no estarían a favor de hacerlo, que dan por hecho que oponerse a la LOMCE es dar su apoyo a leyes anteriores y que creen que es imposible ser partidario del Gobierno y no obstante oponerse a esta ley educativa.

          Así, si dijera que la LOMCE relega la Historia de la Filosofía a un lugar residual y elimina la asignatura de Ética, condenando con ello a los futuros alumnos a tener que renunciar a construir desde la razón su propio sistema de creencias y valores, una construcción que cristaliza en ciudadanos autónomos, dotados para el ejercicio pleno de la razón y de la argumentación, y con una visión global y crítica de la realidad de la que forman parte, si dijera esto, por ser yo filósofo se me acusaría tal vez de gremialismo.
          Si añadiera entonces que la LOMCE escamotea la enseñanza del arte, la cultura clásica, la música y la tecnología, haciendo imposible que muchos alumnos lleguen a tener algún contacto con asignaturas que abarquen estas disciplinas, si dijera esto, pensando que solo busco defender a los profesores de dichas asignaturas se me acusaría tal vez de corporativismo.
          Si argumentara entonces que la LOMCE prevé un sistema insuficientemente flexible, donde decisiones tomadas a la temprana edad de 14-15 años serían prácticamente irreversibles y cerrarían durante años las puertas a otras opciones, un sistema que no pretende dar lugar a ciudadanos formados de manera integral, sino a especialistas profesionales, herramientas del mercado, renunciando a la cultura y la instrucción como fin de la educación, si dijera esto, a pesar de sostener que esta deriva instrumentalista la iniciaron anteriores leyes educativas perpetradas por gobiernos de signo contrario al actual, se me acusaría tal vez de socialista encubierto.
          Si constatara que la LOMCE atribuye unas competencias excesivas a los directores de los centros, y que autonomía de los centros no es sinónimo de autarquía del director, porque el despotismo no siempre es ilustrado, y en cualquier caso no son democráticos ni el escaso peso del claustro en el proceso de selección del director ni la desposesión de competencias de los órganos colegiados de dirección, claustro y Consejo Escolar, y que por ahí se nos cuela la politización de los centros educativos al depender el nombramiento de sus gestores de cargos de confianza de las consejerías de Educación, si dijera esto, se me acusaría tal vez de demagogo y populista.
          Si recordara que la LOMCE no recoge gran parte de los compromisos anunciados en el programa con el que el PP concurrió a las elecciones de hace cuatro años, aludiendo por ejemplo al hecho de que en dicho programa se planteaba un bachillerato de tres años que no recoge la LOMCE, y que esto ocurrió para no perjudicar a la escuela concertada dado que los conciertos solo abarcan los años de enseñanza obligatoria, y que por tanto se trata de una decisión que no obedece al bien común sino a intereses particulares, si dijera esto, se me tacharía tal vez de defensor fanático de la Escuela Pública.
          Si insistiera que la LOMCE al convertir la religión en asignatura evaluable y plantear como alternativa una asignatura de valores éticos parecería implicar que aquellos dotados de principios religiosos no participarían de dichos valores sino de otros distintos, y coloca los valores propios de una confesión concreta al mismo nivel que aquellos que cohesionan a la ciudadanía en su conjunto en torno a la ley y a valores éticos universalmente compartidos como los que refleja la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, si dijera esto, a pesar de estar defendiendo un laicismo extraordinariamente escuálido se me tendría tal vez por un militante del ateísmo.

          Por todo ello no voy a recurrir a estas razones para criticar la LOMCE, sino a otra que cualquier profesional de la educación o ciudadano podría compartir: ciertamente es necesaria una reforma educativa, nuestro sistema de enseñanza no funciona bien, pero es necesario, indispensable, que haya consenso en torno a ella, y no es el caso.
          Es más que posible que las sucesivas leyes educativas que se han implementado sean una de las causas del estado insatisfactorio de la educación en España, pero es absolutamente seguro que los continuos vaivenes educativos la han perjudicado muy seriamente, y haber hecho esta nueva ley sin el consenso necesario ha sido ponerla en riesgo de nuevos vaivenes.
         Es necesario estabilidad, un largo plazo, lograr implementar por completo una ley de consenso mediante un gran pacto de estado, la LOMCE no es esa ley y por ello merece ser derogada.


P.S. Este texto ha sido editado ante la posibilidad de que el nuevo Congreso de los Diputados derogue la LOMCE. Antes fue empleado para llamar a la huelga general de educación del 24/10/2013, y fue escrito originalmente para la huelga general de educación del 9/5/2013.
Licencia de Creative Commons
El niño que juega a los dados is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported License.