sábado, 23 de enero de 2016

Parlamentarismo

          El día llegó, por fin es obvio que España es un sistema parlamentarista y no presidencialista. Por fin será fácil distinguir entre poder ejecutivo y poder legislativo. Por fin cuando explique la diferencia entre sistemas presidencialistas y parlamentaristas y diga que España pertenece a lo segundos, mis alumnos en clase de Educación Ético-Cívica entenderán algo. ¿Qué es eso de que el Congreso de los Diputados puede rechazar una ley propuesta por el gobierno? ¿Qué, que gobierno y partido con mayoría en el Congreso no son sinónimos?
          Toca formar gobierno con un Congreso de los Diputados fragmentado, tras más de treinta y cinco años de existencia el parlamento español se somete a una prueba que demuestre que ya puede salir de su autoculpable minoría de edad, que no somos aquel país que necesitaba mayorías amplias en el Congreso porque veníamos de una dictadura precedida por una guerra civil y no sabíamos de qué iba esto de ceder y votar leyes que no había diseñado uno mismo. La duda es, ¿realmente han madurado nuestros políticos, somos capaces de superar la prueba? Por lo escuchado estos últimos días, lo dudo.
         El Presidente en funciones ha renunciado a buscar una mayoría para gobernar (no es tan grave, prácticamente ha gobernado renunciando a gobernar), el programa de gobierno de Pedro Sánchez parece agotarse en ser Presidente y a la izquierda del PSOE cada célula parece hacer la guerra por su cuenta y no pide, exige. Apenas hay países europeos en que no hayan existido gobiernos de coalición. España es una anomalía, y es fácil entender por qué, aquí los partidos entienden la política en sentido schmittiano: el otro es el enemigo y el pluralismo del parlamento es solo una ficción útil, no hay acuerdo posible entre izquierda y derecha. Nada. Nuestros políticos no saben lo que es un parlamento, así de simple. Pero vivimos un momento esperanzador porque los resultados de las últimas elecciones les obligan a aprender lo que es. A la fuerza ahorcan.
         Y aún así, diríase que se resisten a asumirlo, y unos y otros aún aspiran a imponer de forma hegemónica y unilateral medidas a la otra mitad del parlamento siguiendo con el argumento de "vosotros tuvisteis vuestra oportunidad, ahora nos toca". No habrá canovismo de partidos ya, pero sigue habiéndolo de ideologías: la democracia no es pluralismo político parecen pensar, solo alternancia entre monopolios ideológicos que son compartimentos estanco. ¿Discutir, ceder, acordar? ¡No diga tonterías por favor! ¡Esto es un parlamento, ni que fuese una junta de vecinos! Cada partido cree que solo su fórmula es útil, ¡que le den a los hechos!, lo que hace buena mi fórmula es precisamente que es mía, yo soy gente y los otros gentuza. Sí, Carl Schmitt estaría orgulloso de España.
         Somos muchos los que creemos que lo que se ha venido haciendo en este país con las distintas leyes de educación es un desastre, y que dicho desastre habría podido evitarse tal vez con un Congreso de los Diputados que hubiese obligado, contra su voluntad, a llegar a un consenso a partidos sin mayoría absoluta y sin posibilidad de formar gobierno estable con muleta nacionalista. Imaginémonos dicha situación y valoremos las virtudes del parlamentarismo de las que hasta ahora no hemos podido disfrutar y a las que aún nos resistimos. Recordemos que en la primero tan ensalzada y ahora tan denostada Transición le fue posible entenderse mediante un afán aristotélico por el bien común a personas no solo de ideologías opuestas, sino que se tenían mutuamente por asesinos. Que ahora muchos de nuestros representantes sean electoralistas y partidistas, o incluso niñatos que parecen no entender bien el momento crítico en que se encuentra el país (o lo entienden demasiado bien y lo que desean es llevarlo a su colapso final), no parece una barrera insuperable para el entendimiento.
          ¿Y qué decir de reformar la Constitución? La ausencia de mayorías absolutas podría hacerlo posible (y yo creo que es necesario), ahora, lo que hace falta es un acuerdo si no absoluto, casi. Ya hay algunos que andan calculando que bastaría con tener dos tercios de la cámara. ¿Bastaría para qué? ¿De verdad cambiaríamos una Constitución, con todos sus defectos, con la aprobación de la inmensa mayoría del Congreso en su día, y de la ciudadanía, por otra aprobada pírricamente por la mayoría suficiente del Congreso? Por poner un ejemplo: personalmente quiero vivir en una república, pero solo si va a ser una república de todos (o de la inmensa mayoría), si va a ser la república de las fuerzas de izquierda entonces no es mi república, no puede no contarse con la mitad de la población para definir la Constitución del país. Así, hay muchos que lamentan la imposibilidad de reformar la Constitución dada la mayoría del PP en el Senado, que pondría freno a cualquier reforma aprobada por el Congreso de los Diputados. Pero eso no es que haga imposible la reforma, es que la hace indeseable, ¿cómo puede plantearse la posibilidad siquiera de cambiar la Constitución sin la derecha, sin la participación del partido más votado? Insisto: parlamentarismo, se llama parlamentarismo, y exige llegar a acuerdos y por lo tanto ceder (también, o tal vez sobretodo, al partido más votado).
          ¿Qué tipo de acuerdos? No sé, ¿qué criterio podría haber que sirviera de base contra maximalismos ideológicos? A ver... ¿el bien común? Volvamos al ejemplo de las leyes educativas. La LOMCE nació sin consenso y por eso estaba condenada. Lo mismo las leyes anteriores (aunque quiero recordar que hubo un Ministro de Educación, Ángel Gabilondo, que buscó el consenso y estuvo dispuesto a ceder en aspectos importantes, y el electoralismo del PP, que ya se veía gobernando, hizo fracasar dicho consenso). Por otra parte, cada ley educativa se ha venido basando en una gran idea fuerza como prejuicio pedagógico-ideológico que hiciera de principio rector de toda la ley. Así, oímos eslóganes baratos como "educación comprensiva", "educación y no instrucción", "cultura del esfuerzo", "cultura del emprendimiento" y demás ocurrencias. Lo que hay que hacer, no obstante, es evidente, pero hay otra cosa que falta en el parlamento español: cultura científica. Basta estudiar los hechos: qué se ha hecho aquí, qué resultados ha dado, qué se ha hecho en otros países, qué resultados ha dado, cuál es nuestro punto de partida, cuál fue el de otros países. En fin, es el método experimental, y basta ya de experimentar en carne propia, observemos los experimentos llevados a cabo en otros lugares, indaguemos en las causas que los hicieron fracasar o triunfar, adaptémolos a nuestro medio (porque no olvidemos que no somos esos países). En fin, así funciona la ciencia, a base de hechos y razones, y así debería funcionar un parlamento que funcionara, a base de hechos y razones. Pero no, como pensaba Ortega aquí se discute con las entrañas. El problema de nuestro parlamentarismo podría ser el tradicional problema de España: falta de ciencia.
          Ha llegado el momento de que los muchos partidos que componen el parlamento español se entiendan entre sí, y pongan en primer lugar los intereses de los españoles y no los del partido, que entiendan que da igual lo seguros que estén de que solo lo que ellos llevan en el programa es justo y eficaz, deberán renunciar a parte de ello y asumir lo que otros proponen. Lo que los españoles han votado es tan diverso como la propia España. Los españoles somos capaces de convivir, convivan pues ustedes señorías, que son menos y tienen una responsabilidad mayor. Por fin, tras muchos años es posible que se aprueben leyes que perduren y que miren más allá de una o dos legislaturas porque sean fruto de muchos y no solo de algunos. Muchos lo celebramos, señores Diputados no hagan que nos traguemos nuestras palabras con la intransigencia en la que han demostrado estar instalados estos días.


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